TLC: obsesión fatal

TLC: obsesión fatal

Somos 26 millones de colombianos, de los cuales 20 a duras penas sobreviven. ¿Qué tal esos 20 millon

27 de enero 2011 , 07:10 p.m.

El país lleva cinco años o más obsesionado con el TLC con Estados Unidos. Para unos porque lo consideran la salvación del país y para otros porque es una tragedia. Más aún, en el Gobierno Uribe se volvió una cuestión de honor para demostrar que su mirada exclusiva a Estados Unidos producía grandes resultados, así se ignorara al resto del mundo. Por fortuna, el presidente Santos, o es más realista, o lee mejor las señales que le envía Estados Unidos. Pero allá está el vicepresidente Garzón, sacándose los ojos para volver con ese trofeo. Sin embargo, después del discurso del presidente Obama, ya declaró: “no nos vamos a poner a llorar si no aprueban el TLC”.
Lo grave de esta obsesión es que se están dejando por fuera de la agenda dos temas sustantivos: la oferta exportable y el mercado interno. Sin duda, Colombia tiene que entrar con fuerza a los mercados internacionales. Sigue siendo un país cerrado con un peso de exportaciones sobre PIB sólo superior al del Brasil, que tiene un gran mercado interno y, que por su tamaño, de todas maneras registra un volumen inmenso de exportaciones. Costa Rica, Chile y muchos otros, participan relativamente más en los mercados internacionales. Claro que tiene que haber tratados de libre comercio, ¿pero qué vamos a vender? Colombia sigue teniendo los mismos 11 o 12 productos que ofrece en cantidades significativas al resto del mundo y nada más. La última innovación en comercio internacional realmente importante en términos de generación de empleo y divisas son las flores y eso sucedió hace 40 años. No somos Chile, que si no exporta muere, porque es un país pequeño, pero de todas maneras necesitamos ampliar esa precaria oferta de bienes y servicios que podemos venderle al mundo. Con todo, para ello se necesita esa transformación productiva que no sale de su estado de timidez y que ahora, con el auge minero, parece estar en la trastienda de las prioridades del país.
Esa búsqueda de nuevos nichos de exportación requiere una política con recursos, investigación y estímulos claros, es decir, una verdadera estrategia productiva orientada a nuevos mercado. Pero mientras eso no suceda. ¿Qué más le vamos a vender a Estados Unidos, si todo lo que podemos ofrecer ya no lo compran? Eso sí, dichoso el país del Norte, que nos va a inundar de bines y servicios porque sus aranceles se vendrán abajo. Es hora de dejar de soñar y más bien estudiar mejor el panorama. Esto para quienes creen que el TLC con Estados Unidos es nuestra tabla de salvación. Realismo no mágico, sino realismo.
El segundo tema absurdamente marginado es el del mercado interno. Hasta China, el ejemplo mundial de la apertura, está dedicado a reforzarlo por múltiples razones. Somos 26 millones de colombianos, de los cuales hay 20 que a duras penas sobreviven. ¿Qué tal esos 20 millones comprando manufacturas y servicios, con menos exigencias que las que tienen los mercados internacionales? Para eso es el empleo; es el trabajo, y no las limosnas, las que ayudarán a que se convierta en el dinamizador de la demanda interna que explica más del 80% del producto colombiano. Pero junto a la transformación productiva debe darse esa transformación social que prepare la mano de obra para responder al tipo de trabajo que se demande. Los derechos económicos y sociales para todos son la vía, ahora en veremos gracias a la Ley de Estabilidad Fiscal. Conclusión: llegó la hora de reconocer que la obsesión con el TLC es fatal.
 

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