Nuestra cosa latina

Nuestra cosa latina

Que el Diccionario de la Real Academia Española (Drae) es sumamente malo, apenas si se discute en ciertos nichos.

13 de diciembre 2012 , 11:02 p. m.

Pero lo que no se dice nunca, en ninguna parte, es que, a pesar de sus enormes defectos, el susodicho cumplió desde sus comienzos, hace casi 300 años, una función que merece nuestra gratitud y aplauso.

Veamos, el Drae es malo por conservador: hasta hace muy poco, una de sus normas fue la de no incorporar un vocablo mientras este no hubiera aparecido impreso durante un cuarto de siglo; así, incluyeron ‘corset’ justo cuando la prenda dejó de usarse. Malo, porque se empecinó en un purismo trasnochado que lo inclinó a presentar el significado más antiguo de la palabra como primera acepción y el significado actual y corriente en último lugar, convirtiéndose así en un diccionario de arcaísmos antes que uno del español vivo y actual. Malo, por la tendencia a dar definiciones tautológicas o a usarlas como vehículo para emitir juicios de valor. Malo, por la precariedad e imprecisión científica de muchas de sus definiciones.

Hasta su decimosexta edición, en 1939, el Drae definió perro como “…mamífero doméstico, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas, pero siempre con la cola más o menos enroscada a la izquierda…”. Supongo que al terminar la guerra civil española encontraron que la enroscaban más bien a la derecha.

Ahora, de no haber sido por el conservadurismo empecinado del Drae, me temo que la unidad lingüística hispanoamericana de hoy no sería lo que es. Creo que, sin la presencia tutelar de la Real Academia desde su fundación en 1713, sin uno de sus mamotretos en algunos hogares en la América hispana vigilando nuestro idioma de generación en generación desde su primera edición en 1780, es probable que, hoy por hoy, no nos entendiéramos unos a otros. Lo digo en serio: recuérdese que bastaron cuatro siglos (y mucho menos territorio) para que los distintos dialectos del latín derivaran en lenguas incomprensibles entre sí.

Y como no hay mal que por bien no venga, gracias al Drae también heredamos por ósmosis otras cositas que la obra exuda, verbigracia, la sana pereza, madre de la siesta; su católica tolerancia para con las flaquezas de la carne (asunto con el que luteranos y calvinistas son tan rigurosos), y así, muchos otros buenos malos hábitos humanos que aligeran la vida y nos permiten entender y gozar aquella anécdota que Julio Cortázar recrea en su novela El libro de Manuel, cuando la cofradía de latinoamericanos en París discute acaloradamente si invitar o no a sus amigos franceses a una celebración que están fraguando.

¡Que sí! gritan unos. ¡Que no! aúllan otros y, para cuando ya están a punto de irse a las manos, uno de ellos acalla a la multitud vociferante aseverando con autoridad que no invitarán a los franceses y punto.

-¿Por qué no?-, pregunta otro de los presentes.

Porque -replica el Cicerón cortazariano-, [los franchutes] no han entendido que cuando los hispanohablantes nos reunimos no se trata en absoluto de escuchar, sino de hacerse oír.

JUAN MANUEL POMBO

PROFESOR

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