Un buen discurso...¿qué sigue?

Un buen discurso...¿qué sigue?

Sin reformas estructurales en impuestos, en sectores distintos a la minería; sin más regalías bien usadas; sin el verdadero compromiso de hacer realidad la Constitución de 1991 de responder por los derechos de los ciudadanos, las palabras del presidente Santos quedarán en eso.

18 de abril 2012 , 05:51 p.m.

El discurso inaugural del Presidente Santos en la Cumbre de las Américas planteó lo que muchos queríamos escuchar desde el inicio de su mandato, hace ya casi dos años.

No solo habló, como siempre, de pobreza, sino que hizo énfasis en el tema de la desigualdad como uno de los graves temas por resolver. Debe mencionarse además, y ha sido muy comentado, su habilidad para abordar temas nacionales e internacionales con mucha facilidad.

Lástima que como él mismo lo ha dicho, se le olvidaron las Malvinas, cuya mención le hubiera evitado la actitud agria de la presidenta de Argentina y su salida rápida de la Cumbre.

Sin duda, las palabras de los mandatarios siempre tienen influencia en sus gobiernos. Como lo que hacen fundamentalmente los funcionarios públicos es negociar, en el buen sentido de la palabra, el norte de cuál es la prioridad ayuda a tomar decisiones en una u otra dirección.

Si la equidad se convierte en una verdadera meta por alcanzar o, por lo menos, avanzar, muchas decisiones deberían tomar esa ruta. Sin embargo, surgen dudas. Al escuchar a Juan Manuel Santos dirigirse a los empresarios nacionales e internacionales, que aparentemente fueron pocos, quedaba la sensación de que el Mandatario entendía por gobernabilidad tener contento a este sector del país.

Aunque ya se conoce la habilidad del Ejecutivo para darles gusto a todos, es bueno retomar las palabras de su discurso inaugural y evaluar las posibilidades de que no se quede en solo buenas intenciones en lo que resta del periodo de su gobierno.

Cuando se miran con cuidado las políticas públicas en ejecución, es evidente que esa meta de hacer de Colombia una sociedad menos injusta, rebajar del 72% la proporción de la población vulnerable y duplicar la clase media que ahora solo es el 23%, honestamente no es posible. Empecemos por la economía.

La euforia de la clase empresarial, el Gobierno y los gremios que los representan es total. No caben de la dicha, con razón. Se esperan varios años de bonanza minera y para el país superar el histórico 4% de crecimiento es una proeza. A pesar de ello, hay cierta resistencia a creer que los ciclos económicos existen y que todo lo que sube baja, y China e India son los ejemplos para descartar esta realidad.

Pero aún, si la bonanza se extendiera, si no se reactiva y se transforma más rápido la industria, si no se saca al sector rural de su atraso y no se modernizan rápidamente los servicios, no se generará ni el empleo digno ni la sostenibilidad del crecimiento que se requiere.

El peligro es el engolosinamiento con las cifras y el olvido de la gente. Además, es imposible reducir desigualdades cuando el peso de los impuestos sobre PIB es uno de los más bajos de América Latina, fluctúa entre el 13% y el 15%, cuando el promedio latinoamericano es superior al 20% y el europeo del 35%.

No se quiere aumentar los impuestos pero el presidente anuncia que los ricos pagarán más. Seguramente le bajarán a la industria; pero se olvidan que sin plata no hay paraíso.

Y mientras tanto, qué pasa con la población. Con mucha pena, la salud está totalmente enredada y nadie quiere revisar la Ley 100 porque el modelo en el fondo no ha cambiado, mercado, sector privado, poco control estatal. Las quejas sobre todo de la mayoría que está en el régimen subsidiado, lejos de disminuirse aumentan, pero realmente no se ven cambios importantes. El fortalecimiento de la educación pública como mecanismo que homologue la sociedad para que cubra el grueso del país y no acuda la clase media a colegios privados malos o a universidades piratas, no se ve por ninguna parte. Se acabará el gobierno y la reforma educativa sigue en pañales.

La seguridad social, que en pensiones sigue igual a la que teníamos antes de la Ley 100, o sea ¾ del país no tienen este derecho, solo recibe paños de agua tibia, y no se ve una verdadera reforma solidaria que corresponda a las necesidades de una sociedad desigual como la colombiana.

La población rural sigue viviendo décadas atrás de la población urbana y, no obstante las buenas intenciones del gobierno de poner el tema en la agenda, son los enemigos poderosos que ya ni se ocultan los que impiden avances reales.

Sin reformas estructurales en impuestos, en sectores distintos a la minería; sin más regalías bien usadas; sin el verdadero compromiso de hacer realidad la Constitución de 1991 que plantea la necesidad de responder por los derechos económicos, sociales culturales y ambientales, de todos los ciudadanos; y sin la meta de reducir la brecha entre hombres y mujeres, el discurso positivo del presidente Santos quedará en eso, en solo un discurso. Y sería una lástima porque como lo dijo Alicia Bárcenas, la Secretaria general de la Cepal en la inauguración de la Cumbre, no se trata ahora de crecer para distribuir, como parece que ha sido la norma de los últimos gobiernos colombianos, sino de distribuir para crecer.

¿Se darán los virajes para lo que parece un nuevo compromiso del primer Mandatario? O se trató simplemente de sintonizarse con un discurso no solo regional, sino mundial que plantea que el objetivo es el crecimiento incluyente? Que las palabras presidenciales no se pierdan en el viento.

Cecilia López Montaño 

Exministra

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