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Yo sí vengo a decir un discurso

Yo sí vengo a decir un discurso

Saber comunicar lo que se sabe y se piensa es fundamental para cualquier persona, pero más para los

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
19 de noviembre 2010 , 10:32 p. m.

Gabriel García Márquez titula su más reciente libro con la aclaración desesperada de quien alguna vez tuvo miedo de hablar en público: "Yo no vengo a decir un discurso". Mientras se lee esta antología de textos brillantes, vale la pena plantearles una reflexión a las mujeres y hombres que sí vienen a decir un discurso. Es decir, que sí tienen que intervenir ante los demás.


Más exactamente a los profesionales, presidentes de empresas y ejecutivos, que deben ofrendar sus conocimientos ante todo tipo de auditorios con alguna regularidad y con implacables niveles de exigencia.


Escribir sobre el tema fue un imperativo luego de ver lo que le pasó a Juan Luís Cebrián en la ceremonia de apertura del pasado Congreso Colombiano de Comunicaciones Publicitarias, en Cartagena. Pasadas las presentaciones del presidente Juan Manuel Santos, de Tulio Ángel y de Alejandro Santo Domingo, cada una con resultados bastante disímiles, le tocó el turno a este brillante exponente del periodismo y del pensamiento contemporáneo, a quien le encargaron un cierre académico en medio del calor y con la fiesta inminente que encendía la calle.


Cebrián se aplicó a la lectura de su texto, como estragado por un imán perverso. Ni una vez levantó los ojos para apreciar cómo huía medio auditorio, mientras la otra parte charlaba o se aplicaba al teclado de sus teléfonos celulares, en esa desobediencia civil que desconoce el llamado previo a apagarlos o a no utilizarlos de una manera tan afrentosa.


Un planteamiento seguramente válido se perdió en el aire elegante del antiguo Teatro Heredia, sólo porque el expositor no conjugó las cinco variables que definen una intervención en público: persona, tema, presentación, momento y auditorio.


La hora de la verdad


Saber comunicar es una competencia que se debe desarrollar en todos los niveles educativos y exigirse sin dilaciones a los profesionales, con más rigor en la medida en que sube la jerarquía. Un presidente o CEO que no tenga y/o adquiera cualidades de comunicador eficiente e impactante, podrá exhibir excelentes resultados financieros, pero tendrá problemas a la hora de motivar a sus colaboradores o de impactar a una asamblea de accionistas.


Ni qué decir si debe convocar una rueda de prensa, si los resultados son adversos o si flaquea a la hora de habilitarse como conferencista, lo que es ya prácticamente otra función de quien se asume como líder.


La persona debe evaluar sus debilidades y fortalezas a la hora de comunicar. ¿Le gusta el contacto con el público? ¿Es coherente y atractivo al presentar sus pensamientos? ¿Habla con claridad? ¿Es capaz de improvisar a partir de unos apuntes o tiene que clavarse al discurso o practicar la peor degradación de las presentaciones que es enunciar lo que está escrito en cada diapositiva del inefable power point? ¿Tiene la paciencia, por muy multinacional o inalcanzable que sea, de dedicar un tiempo a ensayar, mirarse al espejo, practicar frente a un grupo de colaboradores o asesores que le digan la verdad y no actúen como áulicos?


El tema determina muchas cosas y casi siempre está ligado a la forma de presentarlo. ¿Es una exposición motivacional dedicada a encender ánimos en busca de objetivos o es un reporte numérico especializado? ¿Su éxito comunicacional depende más del carisma individual o de la lucidez específica de lo expuesto? ¿Qué tipo de lenguaje debo utilizar si estoy en una convención gremial o en el patio de talleres?


¿Qué analogías, qué recursos, qué orden? ¿Qué tipo de historias debo relatar, habida cuenta que son el mejor método de convicción? ¿Sé matizar el humor?


El momento y el auditorio son una parejita curiosa. Implican una actuación proactiva del conferencista, una conciencia de su entorno y de la situación precisa de su intervención. Digámoslo con claridad: los auditorios se han vuelto indómitos, dispersos, groseros. Sufren las pestes de nuestra época: la incredulidad y el cinismo. Y al ya definido Síndrome de Déficit de Atención que sufrimos los adultos de hoy, se ha sumado la tentación diabólica de la tecnología (navegar por Internet o chatear).


Hay que aprender a leer al auditorio


El expositor debe estar atento. ¿Es la última intervención y sus predecesores le entregan un auditorio cansado e impaciente? ¿Tiene que aferrarse al paquete de páginas de su discurso o a la tanda completa de Power Point, o entiende que debe habilitar su presentación para ese auditorio en ese momento? Hay que aprender a leer auditorios, apreciando los mensajes de la comunicación no verbal (gestos, posiciones de brazos, formas de sentarse, susurros, etc.)


Ojalá las empresas atendieran a preparar a sus empleados, colaboradores, asesores y Directivos en las competencias comunicativas. Y que sin miedo asuman:yo sí vengo a decir un discurso. Pero bien dicho.

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