Consumidores sin productores

Consumidores sin productores

El debate no es sólo a quién beneficia un TLC, sino qué modelo de desarrollo queremos para Colombia.

20 de junio 2011 , 07:42 p.m.

¿Para quién trabaja el TLC con Corea? Una guerra de avisos publicitarios en los periódicos está tratando de responder esta pregunta.

De una parte, los distribuidores de carros coreanos dicen que ese TLC sí trabaja para los consumidores colombianos “porque recibirán mejores productos, de mayor calidad y precios más competitivos”.

De otra, los trabajadores de la industria automotriz dicen que no, porque ese TLC va a destruir miles de empleos en toda la cadena de producción de automóviles y autopartes en Colombia. Ambos tienen razón.

Si se firma el TLC con Corea se bajarán los aranceles de carros y electrodomésticos importados de ese país, y los consumidores los podrán comprar más baratos. Pero también es cierto que con esa competencia, agravada por la revaluación del peso, la industria automotriz colombiana (que no son sólo las tres ensambladoras, sino todos los fabricantes de autopartes) podría desaparecer como sucedió en Chile.

Entonces, ¿qué se debe hacer? Dentro de la lógica del Consenso de Washington que impulsó las reformas neoliberales de los 90, lo que prima es el bienestar del consumidor: con la apertura hacia adentro que se hizo en esos años se trataba de ofrecerle al consumidor una mayor oferta de bienes y a mejores precios que los dados por una industria y una agricultura nacional sobreprotegida e ineficiente. Es la misma lógica de quienes defienden la revaluación porque permite comprar más baratos los bienes y servicios importados.

Desde ese punto de vista, la estrategia ha sido exitosa. Hoy, el consumidor colombiano ya no está limitado a escoger entre el Renault 4 y el Simca 1000, sino que por las calles del país ya se ven hasta Ferraris y Masseratis. Las señoras elegantes no tienen que ir a las tiendas de la Quinta Avenida en Nueva York para comprar la última moda de las marcas de lujo, ya las encuentran en centros comerciales del norte de Bogotá. 

Eso está bien. Los consumidores deben tener todas las opciones a su disposición. El problema es que para que haya consumidores debe haber productores que generen empleo y, por lo tanto, ingresos para poder consumir. Las divisas para pagar por las importaciones se pueden conseguir con créditos externos o con exportaciones de petróleo y carbón, pero son soluciones temporales o incompletas. El déficit del comercio exterior no se puede financiar a perpetuidad con deuda externa.

Cuando los créditos se acaban viene la crisis y la recesión, como sucedió a finales de los 90. Por su parte, el petróleo y el carbón sirven para conseguir dólares, pero no generan empleo, de manera que esos ingresos se quedan en los bolsillos de unos pocos con gran capacidad de consumo para comprar todos los bienes de lujo, mientras que la mayoría de la población se tiene que dedicar al rebusque y la informalidad.

El debate, entonces, no es sólo a quién beneficia un TLC, sino qué modelo de desarrollo queremos para Colombia. Si se continúa con el de crecimiento sin empleo que se implantó en la última década, si se mantiene la funesta revaluación del peso, si no hay una política clara de estímulo a la producción industrial y agrícola, cada vez serán menos los empleos de calidad, y pocos los consumidores con ingresos suficientes para gozar de los beneficios de la apertura hacia adentro.

Brasil, que no quiso firmar un TLC con Corea, tiene muchas lecciones que debemos imitar para que cada vez haya más productores que puedan ser consumidores y al mismo tiempo disminuya la desigualdad social.

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