Es necesario reducir la brecha entre las élites y el pueblo

Es necesario reducir la brecha entre las élites y el pueblo

Una causa de inquietud es la percepción de que los que están en la cima son corruptos, complacientes e incompetentes.

05 de febrero 2016 , 07:04 p.m.

En la apertura de la competencia de 2016 por la Casa Blanca, Ted Cruz, el candidato republicano descrito como un ‘charlatán’, eclipsó a Donald Trump, un ‘narcisista’. Mientras tanto, Bernie Sanders, un socialista demócrata autoproclamado, quedó casi empatado con Hillary Clinton, la favorita de la clase dirigente.

Es obvio que la rebelión contra las élites está en pleno apogeo. La pregunta fundamental es si (y cómo) las élites occidentales pueden acercarse al pueblo.

NO SOMOS CHINOS

Quizá incluso los chinos no se contenten con entregar la responsabilidad de los asuntos públicos a una élite que se haya autoseleccionado.

En el Occidente, sin embargo, la idea de ciudadanía -que implica que el ámbito público es propiedad de todos- no solo ha estado vigente desde tiempos ancestrales; sino que también ha sido objeto de una lucha que, en última instancia, ha sido exitosa durante los más recientes siglos. Un atributo esencial de la buena vida es que las personas no gozan simplemente de una serie de libertades personales, sino de una voz en lo que concierne a los asuntos públicos.

El resultado de la libertad económica individual puede ser una gran desigualdad, lo que socava las nociones realistas de la democracia.

La gobernanza de las complejas sociedades modernas requiere conocimientos técnicos; y ya enfrentamos el peligro de que la brecha entre las élites económicas y tecnocráticas, por un lado, y la muchedumbre del pueblo, por el otro, se vuelva demasiado vasta para ser superada.

Al llegar al límite es probable que la confianza se acabe por completo. Por lo tanto, el electorado acudirá a los fuereños para ‘limpiar’ el sistema. De hecho estamos presenciando este cambio hacia confiar en los fuereños no solo en EE. UU., sino también en numerosos países europeos.

Un punto de vista autocomplaciente es que los descontentos pueden desahogarse pero, aun así, el centro se mantendrá firme. Esto es bastante posible. Pero representa una arriesgada estrategia.

Si el descontento empeora, es posible que el centro no lo resista. Incluso si lo logra, una sociedad democrática en la que una gran minoría se halla insatisfecha mientras que una mayoría está llena de desconfianza, no sería una democracia feliz.

Sin embargo, tal brecha ha surgido entre las actitudes de las élites informadas hacia las instituciones establecidas y las del público en general.

¿Cuáles son las causas fundamentales de esta brecha entre las actitudes? Una de ellas es el cambio cultural. Otra es el desagrado con relación a los cambios en la composición étnica de las naciones. Además está la ansiedad acerca de la creciente desigualdad y acerca de la inseguridad económica.

Tal vez la causa más fundamental es el sentimiento creciente de que las élites son corruptas, complacientes e incompetentes. Los demagogos se aprovechan de tales fuentes de ansiedad e ira. Eso es lo que hacen.

Tal y como lo señala una reciente nota de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), la desigualdad ha aumentado considerablemente en la mayoría de sus miembros durante las últimas décadas.

El 1 por ciento más adinerado ha disfrutado de aumentos particularmente grandes en las proporciones del total de ingresos antes de impuestos. Esta divergencia entre el éxito de la élite económica y la relativa falta de éxito del resto ha sido especialmente notable en EE. UU. Por consiguiente, señala la Ocde: “Entre 1975 y 2012 alrededor del 47 por ciento del crecimiento total de los ingresos antes de impuestos estadounidenses fue al 1 por ciento en la cima”. Conforme Estados Unidos ha desarrollado una distribución de ingresos al estilo latinoamericano, su política ha sido infestada de populistas al estilo latinoamericano, tanto de izquierda como de derecha.

¿Cómo debieran responder los centristas? Los políticos exitosos entienden que todos los ciudadanos necesitan sentir que sus preocupaciones se tomarán en cuenta; que ellos y sus hijos disfrutarán de la posibilidad de una vida mejor; y que continuarán teniendo cierta seguridad económica.

Pero, por encima de todo, ellos necesitan confiar nuevamente en la competencia y la decencia de las élites económicas y políticas.

A continuación se encuentran algunos componentes de lo que debe hacerse.

En primer lugar, de todos los aspectos de la globalización, la inmigración masiva es el más perjudicial. Es necesario controlar el movimiento transfronterizo. La presencia de 11 millones de inmigrantes indocumentados en EE. UU. es una realidad que nunca debería haberse permitido.

En el caso de Europa, la recuperación del control de las fronteras es una prioridad absoluta si la Unión ha de sobrevivir. Los refugiados ahora deben ser la principal prioridad. Esto exige la creación de una significativa capacidad europea para promover el orden más allá de las fronteras del bloque.

En segundo lugar, la eurozona necesita iniciar un cuestionamiento fundamental de sus doctrinas macroeconómicas orientadas hacia la austeridad. Es vergonzoso que la demanda agregada real sea sustancialmente menor que a principios de 2008.

En tercer lugar, hay que frenar al sector financiero. Es cada vez más evidente que la gran expansión de la actividad financiera no ha traído mejoras proporcionales en el desempeño económico. Pero sí ha facilitado una inmensa transferencia de riqueza.

El siguiente paso requiere mantener competitivo al capitalismo. Nos encontramos en una nueva era dorada en la que los negocios ejercen un gran poder político. Una de las respuestas ante tal fenómeno es promover la competencia despiadadamente. Esto requerirá una acción decidida.

A continuación debe lograrse que los impuestos sean más justos. Los propietarios del capital, los gestores de capital más exitosos y algunas empresas dominantes disfrutan de ganancias gravadas a una tasa baja. No es suficiente que los líderes empresariales insistan en que se están apegando a la ley.

El hacerlo no representa una definición adecuada de un comportamiento ético. Este punto de vista es particularmente hipócrita cuando los intereses comerciales juegan un papel tan poderoso en la determinación de esas leyes.

Además, la doctrina de la primacía de los accionistas debe desafiarse. Los accionistas gozan del privilegio de la responsabilidad limitada. Con sus riesgos limitados, sus derechos de control debieran ajustarse a favor de quienes están más expuestos a los riesgos dentro de la empresa, como es el caso de los empleados con muchos años de servicio. Y, por último, hay que contener de manera segura el papel que desempeña el dinero en la política.

Los sistemas de gobierno occidentales están sujetos a crecientes tensiones. Una enorme cantidad de ciudadanos se sienten irrespetados y desposeídos. Y esto no puede continuar siendo ignorado.

Martin Wolf

Columnista del Financial Times

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