Una paciente llamada Colombia

Una paciente llamada Colombia

Aspectos económicos, sicológicos y hasta religiosos forman parte del diagnóstico de un país que busca tratamientos para recuperarse de enfermedades como la corrupción, la injusticia, la concentración del ingreso, la inequidad y la pobreza.

27 de noviembre 2015 , 07:51 p.m.

De todos es sabido que el desarrollo y la grandeza de las naciones va emparejado totalmente con sus niveles de educación. En efecto, la variable educativa es el motor indiscutible de los modelos de desarrollo económico. En un país educado generalmente los niveles de pobreza son mínimos, si es que existen.

El siguiente es el porcentaje del PIB que se destina para investigación y desarrollo (I&D), principal indicador para medir las acciones que coadyuvan al progreso de los países y, consecuentemente, a la construcción de sus futuros.

Por ejemplo, en Suecia es 3,41 por ciento; en Alemania, 2,92 por ciento; Estados Unidos, 2,79, y Brasil y Colombia, 1,21 y 0,17 por ciento, respectivamente.

Adicionalmente, y teniendo en cuenta los tamaños de las economías, los datos al cuantificarlos en dólares son aún más elocuentes y hasta depresivos.

Norteamérica invierte en I&D 470 mil millones de dólares (un valor más grande que toda la economía colombiana).

Por su parte, Brasil destina 27 mil millones de dólares y Colombia gasta 770 millones de dólares.

Pero no solo es cuestión de tamaños. Al comparar el PIB de Suecia de 550 mil millones, contra los 400 mil millones de Colombia, un dato relevante es que su economía es un tercio más grande, pero su inversión en conocimiento nos triplica (2.100 millones versus 700 millones).

Haciendo el símil de una paciente clínica, tal patología nos indicaría que debemos efectuar una serie de exámenes por las siguientes áreas, que nos permita ahondar en su diagnóstico y buscar los tratamientos para la recuperación definitiva de tan querida paciente.

El diagnóstico

Economía: a pesar de que las cifras muestran un crecimiento superior al promedio del continente latino, sí hay desaceleración de este órgano vital en la salud de cualquier paciente. Infortunadamente, la corrupción, y ante todo el coeficiente de Gini, muestra una exagerada concentración del ingreso, patología que cada vez se vuelve más maligna, pues se amplía con el paso de los tiempos.

Sociología: esta patología reproduce la pobreza y desesperanza en el grueso de la población y a la vez la riqueza insaciable de la élite del país (políticos, gobernantes, jueces y clase dirigente, en general).

Esto se manifiesta en los altísimos niveles de inequidad, exclusión e injusticia, que carcomen a la paciente que, a su vez, como mecanismo de defensa, genera anticuerpos como el inconformismo, la delincuencia y la rebelión armada. Siguiente análisis, el área de sicología.

Sicología: el cuadro clínico neurológico muestra altísimos niveles de disfunción, motivados por la metástasis de la cultura del “avivato y dinero fácil” que ejemplariza la élite y permea a toda la masa en general.

Sobresale la desfachatez de la élite para transgredir impunemente la ley, gracias a que hábil e inteligentemente utiliza su poder para aprovecharse de la ignorancia de las masas que, incluso, terminan polarizadas entre sí. La siguiente área de estudio es la religiosidad.

Religiosidad: recurre a lo sobrenatural para aliviar los dolores y afecciones de la paciente, que se concientiza de que su papel en la tierra es el sufrimiento y la obediencia hacia el poder –condición sine qua non para acceder al paraíso– donde, obviamente, la élite no tiene acceso, pues primero pasa un camello por el ojo de la aguja.

Finalmente, y dentro de la construcción de sus escenarios futuros, la paciente se enfrenta a la siguiente disyuntiva: abandona los tratamientos, pues se declara en estado pobre, pero feliz, o sigue los tratamientos y ante su nivel de depresión recurre más a Platón y menos al Prozac.

Miguel Arturo Celis García

Especial para Portafolio

Profesor universitario

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