La empresa de la paz

La empresa de la paz

El empresario de hoy debe comprender que la paz será un momento histórico de quiebre. Una gran oportunidad para contribuir al crecimiento del país y los mercados. Pero no para lograr más dividendos a corto plazo, sino para curar diferencias históricas que han causado costos inmensurables.

24 de noviembre 2015 , 08:39 p.m.

Por su naturaleza, un buen empresario universal es un hombre o una mujer que a través de un accionar pragmático y ordenado produce resultados excepcionales, combinando recursos escasos y liderando equipos de alto rendimiento.

Existe un concepto errado de creer que todas las empresas presuponen o equivalen a una fábrica, a una industria o a un ente de servicios. No. Es esto y más. Una empresa, como la palabra lo dice, es la ejecución de un gran número de tareas que al culminarse exitosamente llevan a un gran logro o, dicho de otra manera, a alcanzar objetivos audaces.

Gobiernos de todos los sistemas, países de todos los tamaños e ideologías y grados de desarrollo han descubierto que la empresa bien dirigida, responsable y ambientalmente consciente es vital para lograr un buen nivel de desarrollo.

En el mundo de hoy, ya no tiene cabida el Estado como único benefactor, en el que todos sus ciudadanos tienen el carácter de rentistas, al menos por un periodo prolongado que les garantice prosperidad y sostenibilidad.

Es cierto que algunos países se han apoyado en la explotación y venta de unos pocos, y muy demandados, recursos naturales a través de grandes y burocráticas empresas para lograr una riqueza per cápita temporal, que puede o no ser bien distribuida, pero también es verdad que por los simples ciclos económicos mundiales, estos casos de excepción casi siempre terminan mal. La enfermedad holandesa hace presa de estas naciones, la iniciativa personal y la creatividad se extinguen, la corrupción se apodera y, con el fin de la bonanza, llegan el desconcierto y la desesperanza.

Un Estado fuerte y duradero es una empresa en sí misma. Es la suma de múltiples empresas o esfuerzos de grupos de ciudadanos que investigan nuevas soluciones y servicios que sirven a ellos mismos en infinidad de formas.

Una Colombia en paz, más que en ningún otro momento, necesitará de las empresas y de sus ciudadanos. Las cooperativas de pequeños terrenos agrícolas que recibirán sus tierras van a requerir de gerentes, de estilos gerencia más novedosos, de estructuras organizacionales eficientes que les permitan llegar a los mercados con productos de calidad a precios competitivos. La logística, el transporte, las marcas y la productividad se impondrán como realidades.

Igualmente, los empresarios organizados con visión internacional también tienen un importante rol que cumplir. Tendrán que llegar al campo y a las nuevas regiones con el ánimo de crear un innovador modelo de empresa que participa al campesino en los resultados y desarrolla su potencial invirtiendo, para nivelar sus conocimientos y elevar su nivel de vida.

No todos los habitantes de estas tierras querrán ser empresarios. Algunos irán a las ciudades y otros más adversos a los riesgos van a preferir emplearse dignamente. Hay quienes preferirán esperar a ver qué les trae el río de la vida. Esto sucede en todas partes.

El Estado no debería lanzarse en sí mismo a la empresa. Nunca ha sido tan bueno en ello. Deberá ejercer su labor de vigilancia, garantizar acciones redistributivas de la riqueza nacional que se traduzcan en una mayor equidad, nutrir y educar a los niños del campo y preparar sus competencias para que sean buenos empresarios. Los empresarios deben llegar con un nuevo espíritu social, y los mismos campesinos deberán organizarse para crear sus empresas colectivas.

Ya no estamos en un mundo o en un siglo de utopías. Infinidad de países han descubierto cómo la sola motivación creadora del ser humano, acompañada de apoyos y reglas de juego adecuadas, permite ejercer, con acierto, nuevas iniciativas, dando lugar a empresas y acciones colectivas que no habríamos imaginado.

Por eso, la principal labor del Estado no debe ser la de regalar el pez, sino más bien la vara. Debe llegar al campo con las vías principales y secundarias que acerquen las comunidades a los mercados, con nutrición, con los institutos de educación temprana y media, y con los controles sanitarios y de salud, pero evitando a toda costa la burocracia, los mecanismos inútiles y reglas demasiado complejas copiadas de países ya desarrollados, de forma tal que pueda crearse un ambiente en el que el trabajo honesto, las buenas iniciativas y la aplicación del sentido común encuentren su recompensa para nuestro Estado evolutivo.

El colombiano es un empresario nato. Sabe lograr mucho con muy poco y posee, precisamente, ese gran sentido común. Esto le viene de su historia y es un patrimonio que debe cuidarse y potenciarse. La paz va a exigir subsidios temporales y adecuados a la transición, pero no pueden otorgarse privilegios permanentes que solo conducirían a un Estado fallido. Oportunidad es la palabra. La meta está en lograr que todos tengan la misma.

El gran empresario de hoy debe, a su vez, comprender que la paz será un momento histórico de quiebre. Una gran oportunidad para contribuir al crecimiento del país y los mercados. Pero no para lograr más dividendos a corto plazo, sino para curar diferencias históricas que han dado origen a costos inmensurables. Es el momento para contribuir a crear más equidad nacional y para recuperar a media nación dividida, con la seguridad de que ello dará lugar a una nueva Colombia y a un bienestar mayor como territorio, en el que florecerán nuevas ciudades convirtiendo nuestra patria en una colectividad más justa, más diversa y mucho más resistente.

Llegó la hora para que los colombianos nos abracemos de nuevo en el marco de la verdad y nos demos un perdón con amplitud. El momento del duro ejercicio de doblar la página para que todos, unidos en uno, hagamos un uso sano de nuestra biodiversidad, creando la nueva Colombia del futuro. Una Colombia respetuosa de la ley, de sus recursos y de sus tradiciones. Una Colombia trabajadora, innovadora y empresaria, donde no quepa la pereza, pero sí la iniciativa y la diversidad de todos sus habitantes.

Gonzalo Restrepo

Presidente Junta Directiva Fundación Éxito

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