Análisis/ Colombia’s Peace, Colombia’s Identity

Análisis/ Colombia’s Peace, Colombia’s Identity

Mientras el enfoque actual del país es en paz, es claro que el debate va mucho más allá. Los problemas sociales han pasado de largo. Algunas personas sienten que Colombia se está convirtiendo en otra nación, y que las decisiones sobre temas sensibles como lo son la separación Iglesia-Estado, los derechos de los homosexuales y el aborto, han progresado demasiado rápido.

18 de noviembre 2015 , 08:36 p.m.

Recuerdo bien la primera vez que estuve en Bogotá. Fue en 1987, cuando estaba trabajando para la firma de consultoría política, Sawyer Miller. ¿Quién se hubiera imaginado que ese sería el comienzo de mi amorío de casi de treinta años con Colombia?

Fue por esta razón que, como director de un startup intelectual en Washington, quise publicar un reporte acerca del milagro colombiano. Pero el ensayo, escrito por Miguel Silva y publicado por el Centro de América Latina del Atlantic Council, Path to Peace and Prosperity: The Colombian Miracle, no solo apunta a los éxitos, sino también me deja preocupado por el futuro del país.

Al principio de nuestro romance, no fue tan fácil querer a Colombia. Las graves violaciones a derechos humanos y los asesinatos en masa eran eventos cotidianos. Las encuestas de opinión que ayudé a ejecutar en los años ochenta, mostraban que la mayoría de los colombianos tenían poca confianza en sus futuros. Nadie pudo haber previsto, en esos momentos de crisis, la gran transformación colombiana del borde del precipicio a un modelo de éxito, celebrado por la comunidad internacional.

El secreto detrás del milagro colombiano ha sido la existencia de un gran consenso político y social que permitió que se tomaran grandes e importantes decisiones. Primero, el Estado recuperó su autoridad al debilitar el poder de guerrillas y carteles. Después, a esta mejora en seguridad se le sumaron importantes logros sociales y económicos. El Producto Interno Bruto se cuadruplicó del 2000 al 2010, y más de dos millones de personas salieron de la pobreza (un millón y medio de estos vencieron la pobreza extrema). El acceso a educación y a servicios de salud pública también mejoraron significativamente. A los ciudadanos se les otorgó la tutela, una herramienta clave que sirvió para combatir la discriminación de grupos marginados. La inversión extranjera directa pasó de US$2 billones en años 90 a los US$16 billones en el 2014.

Se generó una nueva clase media, y emprendedores, innovadores y demás mentes creativas asumieron posiciones de poder en la industria, política, academia, y la sociedad civil.

Aunque ver prosperar al país que he llegado a querer mucho me pone muy feliz, hoy siento una gran preocupación, pues pienso que el consenso que permitió que se diera el milagro colombiano se encuentra en peligro.

La primera amenaza directa al consenso es la actual pelea sobre la paz. Las negociaciones en La Habana están polarizando al país y reabriendo viejas heridas. En los meses próximos, el carácter nacional se pondrá en juego. El mundo entero está pendiente no solo de qué va a hacer Colombia, sino de quién es Colombia.

Personalmente, estoy convencido de que las instituciones del país son suficientemente maduras para soportar la difícil labor que será la reintegración, la justicia transicional y el desarrollo económico. Entiendo que hay argumentos en contra de la paz –que hay personas que piensan que fomentar un acuerdo con un grupo criminal como las Farc es desmedido.

Pero esto no es lo que me preocupa. Lo grave aquí es el cinismo, la hipérbole y el veneno que se ha sembrado en contra del presidente Juan Manuel Santos y todos aquellos que le apuestan a la paz.

Mi segunda preocupación es la reaparición de la corrupción y la impunidad. La corrupción corroe las instituciones, debilita la seguridad pública y genera inequidad. Hacerle frente a la corrupción, en todas sus ramificaciones, requiere de decisiones políticas difíciles. Necesita de mejoras judiciales y de reformas educativas para resucitar el mercado laboral –propuestas que ni atraen capital, ni generan popularidad en campañas políticas–. Sin este tipo de reformas, la economía colombiana sufrirá, manteniendo niveles de educación y productividad muy inferiores a aquellos de naciones en Asia.

La tercera amenaza al consenso es sobre valores humanos. Mientras el enfoque actual del país es en paz, es claro que el debate va mucho más allá. Los problemas sociales han pasado de largo, en parte, gracias al enfoque en el proceso de paz.

Algunas personas sienten que su Colombia se está convirtiendo en otra nación, y que las decisiones sobre temas sensibles como lo son la separación Iglesia-Estado, los derechos de los homosexuales, y el aborto han progresado demasiado rápido.

Como lo fue discutido en una columna de la revista Semana, el mes pasado, “el futuro de Colombia no solo necesita de la paz en La Habana. También necesita que las fuerzas políticas se reconcilien, que reivindiquen el debate y la diferencia, pero que sean capaces de dialogar y llegar a acuerdos (…)”.

Si los colombianos optan por paz, el apoyo de aliados y amigos en instituciones financieras internacionales no será difícil de adquirir. Lo que será complicado es el consenso interno, necesario para emprender en este camino.

Peter Schechter

Director del Centro Adrienne Arsht para América Latina, del Atlantic Council, en Washington.
 

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