Las batallas que han fortalecido la Constitución

Las batallas que han fortalecido la Constitución

Año tras año, y a pesar de las contrarreformas, la Carta de 1991 ha demostrado su intemporalidad.

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19 de junio 2011 , 12:41 a.m.

Los derechos fundamentales conquistaron a los ciudadanos.

La Constitución de 1991 cumple veinte años. En dos décadas creció: pasó de ser un documento escrito para transformarse en un cuerpo viviente, sujeto de cariño de los colombianos que viven protegidos bajo su amparo. No obstante, ha sido tan querida por unos como desafiada por otros. Aunque fue un tratado de paz, ha tenido que afrontar varias batallas. Las ha ganado casi todas. Su base de apoyo social y político se ha ampliado. Por eso, conmemorar sus primeros veinte años, es también celebrar que la Constitución de 1991 ha echado raíces profundas en nuestra realidad nacional. Estas son las principales batallas que ha librado la Carta del 91.

El escepticismo fue su primer enemigo. Osaron pronosticar que sería otra reforma más, que los derechos eran declaraciones retóricas, y que la frustración del pueblo lo conduciría a anhelar regresar al orden constitucional de 1886. Sucedió exactamente lo contrario. Gracias a la acción de tutela, desde sus primeros años, los derechos empezaron a transformar la realidad cotidiana. A la fecha, se han presentado más de 3 millones de tutelas. Entre más se usa la tutela, la gente más la quiere y más cree en que la Constitución de 1991: sí sirve, sí cambia sus vidas, sí garantiza sus derechos.

La transformación ha sido tan grande que los escépticos preguntaban para qué tantos derechos. Hoy en silencio piensan: qué vamos a hacer frente a todos estos derechos que están limitando nuestro poder, creando obligaciones, reconociendo la diversidad, despertando una conciencia altiva en ciudadanos que no se contentan con dádivas sino que reclaman su cumplimiento. Hay partes de la Constitución que no han sido desarrolladas. Pero la más importante, la Carta de Derechos, produjo el más profundo "revolcón".

El contra-reformismo ha sido un adversario perseverante. Distingamos. Algunas reformas constitucionales han revivido privilegios. La mayoría forman parte de la continuación de un proyecto transformador o buscan ajustar el rumbo. Ninguna reforma constitucional le ha quebrado una vértebra a la Carta del 91. Las que lo intentaron, fueron declaradas inconstitucionales en buena hora por la Corte Constitucional, como la segunda reelección presidencial. Esto no significa que la Constitución no pueda ser objeto de grandes reformas. La primera reelección lo fue. La Carta del 91 superó la llamada "sociedad bloqueada". En ese espíritu, previó mecanismos para su propia reforma y así mantener la sintonía entre la Constitución y las necesidades y expectativas de la sociedad.

El tercer reto fue el de las crisis. La Constitución logró navegar en medio de las más variadas e inesperadas tormentas. Zarpó en un contexto de narcoterrorismo. El narcotráfico sigue, pero los grandes carteles que amenazaban al Estado se acabaron y la Fiscalía General de la Nación, con el apoyo de la Policía, se ha ganado un gran respeto.

Luego vino el tsunami del proceso 8000. Los acalorados debates en medio de la más aguda polarización, se resolvieron bajo la égida de la Carta. Vencedores y vencidos se sometieron a los resultados y aceptaron los veredictos de la Corte Constitucional. Después llegaron los tiempos del Caguán y de la recesión económica. Muchos trataron de culpar a la Constitución, pero pronto quedó en evidencia que la habían tomado de chivo expiatorio. Luego, vino el proceso de reinserción de los paramilitares -acotado por la Corte Constitucional al juzgar la Ley de Justicia y Paz para evitar la desprotección de los derechos de las víctimas- acompañado de los procesos llamados de la parapolítica -dirigidos por la Corte Suprema de Justicia-. De nuevo, los veredictos judiciales fueron acatados, lo que demuestra la legitimidad de las altas cortes, que orientan una administración de justicia robustecida desde 1991.

El cuarto desafío parecía insuperable. Se insistía en que la Constitución hacía ingobernable a Colombia y que el Ejecutivo había sido debilitado mientras que los problemas de orden público aconsejaban fortalecerlo. Esta crítica seguramente le parece hoy descabellada a cualquier joven que haya alcanzado la mayoría de edad bajo el gobierno de la seguridad democrática.

Probablemente ha escuchado lo contrario: es necesario fortalecer el Congreso en sus relaciones con el Presidente, darle garantías a la oposición y buscar un reequilibrio de poderes. Lo que es más importante: hoy nadie añora un país gobernado por decretos presidenciales de estado de sitio.

Una abrumadora mayoría estima que la Constitución dejó sin piso ni justificación alguna la lucha guerrillera. Además, bajo la Carta del 91, la fuerza pública no solo ha obtenido los éxitos militares y policiales más grandes de su historia, sino que ha reconocido que su fortaleza también reside en la legitimidad de sus acciones.

El quinto reto ha sido cómo armonizar dos restricciones: las constitucionales y las presupuestales. En el camino han quedado atrás fórmulas inapropiadas. Pocos insisten en no proteger los derechos que sean costosos, como los derechos sociales, porque en realidad todos los derechos cuestan, inclusive garantizar la libertad de circulación por el territorio nacional.

Los fallos judiciales han encontrado maneras de valorar su impacto económico, dándoles al Congreso y al Ejecutivo plazos razonables para responder. También, han propiciado que se avance gradualmente en la protección de derechos que exigen un alto gasto público, como los derechos de los desplazados, el derecho a la salud y el derecho a la educación.

El Congreso recientemente reorientó la inclusión del criterio de la sostenibilidad fiscal en la Constitución, indicando que ese concepto no puede interpretarse para menoscabar los derechos, reducir su alcance o impedir su aplicación en casos concretos; tampoco autoriza a los jueces recortar un rubro presupuestal para incrementar otro.

Habrá más batallas. Es normal en un país signado por las turbulencias. Deben recibirse sin triunfalismos y con la confianza de constatar que con cada batalla, la Constitución no se destruye sino que se fortalece (parafraseando a Nietzsche).

La Corte Constitucional, cada día con mayor prestigio, ha sido su guardián ejemplar. Su jurisprudencia nos invita a que todos contribuyamos al desarrollo de la obra de construcción colectiva, progresista y democrática más importante del último siglo.

Arquitecto de la Carta

Manuel José Cepeda fue uno de los arquitectos de la Constitución de 1991. Con el entonces presidente César Gaviria y su ministro de Gobierno, Humberto de la Calle, abrieron el camino y echaron a rodar la nueva Carta de 1991.

MANUEL JOSÉ CEPEDA ESPINOSA
Especial para EL TIEMPO

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