Antes, durante, después... ¡y todavía!

Antes, durante, después... ¡y todavía!

12 de junio 2011 , 07:58 p.m.

"No seremos los mismos después de este dolor. No seremos los mismos después de tanta sangre, después de tantas lágrimas, después de tanto sufrimiento", expresó el presidente Santos al sancionar la Ley de Víctimas en la Plaza de Armas de Palacio. Pese a que el nombre del lugar podría tener un tinte paradójico e incluso inspirar miedo a ciertas víctimas, ¡precisamente de las armas!, la ley marca un hito "en tantas décadas de violencia entre hijos de una misma nación", como dijo también el Presidente.

Lo que suena ingenuo -o reduccionista- es el uso reiterado del "después" en las frases presidenciales, como si la sangre, las lágrimas y el sufrimiento se hubieran quedado en el pasado. La conjugación verbal utilizada "no seremos los mismos", en futuro, parecía insinuar que estábamos pasando una página o atravesando el umbral hacia un tiempo diferente. Cabría preguntarle a Santos si este lunes hace parte del "Después" o es parte de ese interminable "Todavía" en el que ha transcurrido nuestra violenta historia patria.

Tal vez por ser hijos de una guerra imposible de encasillar entre dos fechas de principio y final, separadas por un guión, como las que estudiábamos en los libros de historia del colegio, quisiéramos resolver en el lenguaje lo que se nos escapa en el terreno fáctico. Pero, ¿será posible añadirle el prefijo "post" a este conflicto? ¿Cómo restituir las tierras aún ocupadas por una alianza de grupos armados con gamonales que no dejan volver a sus antiguos e inermes propietarios, según lo indican asesinatos como el de Ana Florencia Córdoba? ¿Qué relación tiene el conflicto con el problema del control territorial y con las rutas del narcotráfico?

Estas preguntas y muchas más de índole práctica no pueden delegarse en la Ley, pese a ser "un paso fundamental para resolver el conflicto que los colombianos han sufrido por tantas décadas", según dijo en su discurso Ban Ki-moon. (Y, a propósito de lo que nombra y lo que elude el lenguaje, nótese también que él coincidió con Santos en anteponer el calificativo "tantas" a las décadas, sin precisar su número.

¿Acaso alguien sabe cuántas han sido?). Sin embargo, el Secretario de la ONU, menos ingenuo como correspondía a su cargo, señaló que "una buena ley no es suficiente" y advirtió sobre la importancia de una implementación adecuada.

Sin desconocer que la Ley de Víctimas confiere existencia a los hechos y sobre todo a las víctimas en el plano simbólico, en el jurídico y en el económico -lo cual no es poca cosa-, conviene mirar con cautela nuestra devoción por tantas leyes que no han logrado cambiar la vida de los colombianos, que muchas veces no han llegado a traducirse en un corpus legal para garantizar su aplicación y que, en este caso concreto, requieren de cambios políticos, económicos e institucionales profundos, lo mismo que de cambios sociales y culturales que nos involucran a todos.

Al decir que "no seremos los mismos después de tanto dolor", Santos pasó por alto un rasgo patológico de nuestra personalidad como nación: que, en el fondo, seguimos siendo los mismos después de tanto dolor y no solo nos hemos acostumbrado, sino que creemos que el conflicto será resuelto por las artes del gobernante de turno, en vez de asumirlo como un proceso lento, largo y doloroso, que tendremos que vivir y financiar y en el que necesitaremos sacar a relucir muchas verdades incómodas. Esta peligrosa y rara mezcla del antes y el todavía que hace tan sui géneris nuestra guerra exige otro discurso político que no intente dar la idea de punto final, sino de un fenómeno con innumerables aristas y vivo, por desgracia. No es solo una cuestión de honestidad política con Colombia, sino el mayor desafío que enfrenta Santos.

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