El consuelo

El consuelo

Una fuente de profundo consuelo es la certeza del perdón de Dios.

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11 de junio 2011 , 10:08 p.m.

¿Te has dado cuenta de qué difícil resulta consolar al que sufre? Enseñar es relativamente fácil, lo mismo que reprender o aconsejar e incluso corregir, pero dar consuelo se nos hace tan lejano que me atrevo a afirmar que es una virtud exclusiva de Dios. Ante la angustia y las lágrimas ajenas, se experimenta una gran impotencia; te das cuenta de que existe un límite más allá del cual no tienes más qué ofrecer, y lo único que queda es tu presencia hecha un apretón de manos, un abrazo, a lo mejor un beso. Recuerdo cuando visité a un matrimonio joven, cuya única hija de dos años agonizaba por causa de una leucemia incurable. La pequeña yacía en la cama con la mirada perdida y la madre, en el suelo de la habitación deshecha en lágrimas. En ese momento reinaba un pudoroso y prolongado silencio que ninguno acertaba romper.

Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el único que es capaz de consolar y aliviar en los momentos de pena y aflicción. ¿De qué forma experimentamos este abrazo del Espíritu?

Pienso de inmediato en el sacramento de la confesión, al que Juan Pablo II gustaba llamar "La caricia de la misericordia". Una caricia es una expresión de amor, de ternura, de cariño, de afecto. Pues bien, Dios toca nuestro corazón en la confesión, y lo hace perdonando nuestros pecados, sanando y renovando. Cuando el sacerdote extiende la mano para absolver dice: "Dios Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz". La certeza del perdón de Dios es fuente de profundo consuelo.

El Espíritu Santo también nos ofrece el don de la paz. La paz es el gran deseo de la humanidad. Nadie quiere la guerra entre las naciones ni tolera la injusticia social dentro de los pueblos. Jesús nos dijo muchas veces: "La paz esté con vosotros". No hay que tener miedo porque no estamos solos ni desamparados, tenemos al Espíritu Santo que en el alma se convierte en paz, alegría, bondad, amabilidad, fortaleza, dominio de sí mismo (Gal. 5,22). Los frutos del Espíritu Santo se contraponen a los efectos del pecado, como son: la discordia, los celos, la ira, la violencia, la envidia, la venganza (Gal. 5,20). Estos pecados provocan mucho dolor interior. No hay cruz más pesada que aquella que Dios no quiere.

Concluyo con una jaculatoria para pedir el consuelo de Dios. Espíritu Santo, dulce huésped y consolador de mi alma, ilumina mi entendimiento para conocer la voluntad divina sobre mí, inflama mi corazón para amarla con pasión y da fuerza a mi voluntad para cumplirla con la perfección que tú me pides.

twitter.com/jmotaolaurruchi

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