Del ejercicio del mal en el nombre del bien

Del ejercicio del mal en el nombre del bien

El gobierno Santos ha sido sabio al reconocer el sufrimiento de los colombianos.

05 de junio 2011 , 08:18 p.m.

Cada vez que se revela un nuevo escándalo -Agro Ingreso Seguro, el carrusel de la salud y de las notarías, la 'parapolítica', los 'falsos positivos', la 'Yidispolítica', la mafia de la contratación, las 'chuzadas', la piñata de las licencias mineras o la desaparición de los bienes manejados por Estupefacientes- y en cuanto se plantea el más superficial cuestionamiento a la administración anterior, la respuesta es la misma: las Farc. El que no está de acuerdo con Álvaro Uribe es amigo de las Farc. El que cuestiona la pésima administración y el gabinete incapaz y cómplice que lo acompañó por ocho años es aliado del terrorismo.

Aquí otra coincidencia: ninguno de los apasionados defensores del "legado" del ex presidente se atreve a defenderlo como inocente, a alegar que genuinamente ignoraba lo que sucedía, que fue ingenuo, manipulable o tonto, o que todo este desastre se gestó a sus espaldas. No. El argumento es que él nos salvó de las Farc. Que "hizo lo que tenía que hacer". ¿Qué sería del ex presidente sin el conflicto que no acabó y la guerrilla que tampoco consiguió aniquilar? ¿Acaso su discurso feroz suspende la vigencia del Código Penal o lo sitúa por encima de la ley?

Alfred Adler, en Problemas de neurosis, recordaba que 'la verdad' es utilizada, a menudo, como un arma de agresión: habrá quienes encuentren legítimo mentir, e incluso asesinar, en nombre de su propia versión de 'la verdad' y del 'bien'.

En Perú, por ejemplo, los miembros de Sendero Luminoso estaban completamente convencidos de la verdad de las enseñanzas de su líder ('el pensamiento Gonzalo') y dispuestos a asesinar a cualquiera que osara contradecirlo.

Del mismo modo, los servicios de seguridad peruanos que actuaron bajo Fujimori no dudaron en torturar y masacrar a aquellos etiquetados como subversivos en el nombre de la seguridad nacional, como lo cuenta Ricardo Uceda en su búsqueda de los cementerios secretos.

Pero también desde una perspectiva social más general, la verdad es un factor crítico. Son comunes a los conflictos las campañas de propaganda y los esfuerzos oficiales por ocultar, suprimir o manipular la verdad, a través de una astuta perversión de los valores comunes.

Es este el riesgo más notable que corremos como sociedad: permitir que se instale esa moral oscurantista, que nos sitúa falsamente en una categoría intocable y única del bien, en la que no importa si apelamos a los mismos métodos de los terroristas con tal de acabar con ellos. No podemos validar esas voces que nos instan a reemplazar los estándares del derecho y la justicia por los del ajusticiamiento y la venganza.

Otro peligro común es el de ceder a la voluntad de reprimir y negar los episodios más controvertidos. Este tipo de amnesia forzada puede impedir que problemas estructurales de gran importancia se queden por fuera de la discusión pública durante algún tiempo, aunque la memoria de los hechos persista. En este caso, el pasado no desaparece, sino que se convierte en una zona conflictiva de la memoria social, que periódicamente resurge para cuestionar y poner en peligro el statu quo.

La negación del sufrimiento se produce a un alto costo, no solo para las víctimas, sino también para la sociedad en general.

El gobierno Santos ha sido sabio al reconocer el sufrimiento de los colombianos y al sentar las bases de una transición legítima, en la que ningún colombiano está por encima de la ley, ninguna simpatía política debe ser confundida con la complicidad y, sobre todo, el Presidente es el representante de todos, los que votaron por él y los que no, pero, especialmente, de los que más lo necesitan.

Twitter: @nataliaspringer

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