Desde el foso: Sábato. Entrevistando a un viejo zorro

Desde el foso: Sábato. Entrevistando a un viejo zorro

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01 de junio 2011 , 04:07 p.m.

Daniel Samper Pizano recuerda una cita periodística con el novelista argentino que acaba de morir; en ella, Sábato le tomó el pelo, pero cumplió su palabra.


No era sencillo entrevistar a Ernesto Sábato, al menos cuando se hallaba de viaje en el exterior. El escritor argentino, que murió el mes pasado a los 99 años de edad, había desarrollado un protocolo especial al que debían someterse quienes le pedían un reportaje exclusivo. Primero, exigía conocer al periodista. Le daba una cita, hablaba con él sobre distintos asuntos y, pasado un rato, decidía si concedía o no la entrevista. De aceptarlo, pasaba a una segunda etapa, en la cual solicitaba un derrotero de los temas que el reportero quería tocar. La tercera etapa consistía en llevarse el temario en el bolsillo y responderlo por escrito cuando buenamente regresara a su casa de Santos Lugares, en Buenos Aires. En la cuarta, finamente, enviaba por correo las respuestas.

Entre una cosa y otra podían pasar semanas o meses. Pero, finalmente, Ernesto Sábato contestaba el cuestionario.
Lo digo porque me consta. En mayo de 1990 Sábato pasó por Madrid y la revista Cambio16 me envió a su hotel para que procurara una entrevista. Pedí cita, lo visité e hice lo posible aprobar el examen. "Me fue bien", como dicen los estudiantes, porque, al cabo de media hora de charla me dijo:

- Déjeme mañana el temario en la recepción del hotel, que yo le mando las respuestas cuando regrese a Buenos Aires".

Antes de despedirme agregó con una sonrisa medio pícara:
- ¿Me dijo que era usted colombiano, verdad? Tengo que decirle que me ha extrañado oír que un colombiano incurra en dos graves faltas gramaticales. Por una parte, me pregunta usted "qué tanto" influye el espíritu del arte y la literatura en la política de algunos países de la antigua Europa del Este. Por otra, comenta que "me estoy mudando de casa". Por favor, Samper: ese "qué tanto", en vez de usar "cuánto", es una copia del inglés, y aquello de "me estoy mudando" es otro anglicismo. Jamás pensé que un colombiano pudiera incurrir en semejantes errores...

El orgullo herido

No supe qué responderle. Me despedí un poco atolondrado, pero contento de saber que me aprobaba como entrevistador, y me dispuse a trabajar esa tarde en el temario que debía dejar en el hotel al siguiente día.

Con el paso de las horas, sin embargo, se irguió en mí el gramático bogotano herido. Creía que las expresiones que había empleado eran correctas y quise buscar autores ilustres que laes hubieran empleado antes. Me proponía defender el prestigio de mi país y mi propio prestigio ante este zorro viejo que había logrado ponerme un buen par de banderillas.
Fue así como, al día siguiente, dejé en la recepción del hotel un sobre para el maestro Ernesto Sábato que contenía la siguiente carta, cuya copia aún conservo:

Madrid, 30 de mayo de 1990
Apreciado maestro:
Cumpliendo lo que acordamos durante nuestra conversación de ayer, le envío el temario de la entrevista con Cambio16.
A propósito, y antes de entrar en materia, quedé un poco preocupado por el hecho de haber atentado contra el prestigio que tenemos los colombianos como correctos hablantes del español. Mi mala conciencia me condujo a buscar mis faltas en gramáticas y diccionarios de uso y régimen: como usted sabe, los asesinos siempre regresamos al lugar del crimen.
Esta vez el homicida encontró que, si acaso hubo crimen, este fue cometido en la buena compañía de individuos por encima de toda sospecha, como Lope de Vega y mi compatriota Eduardo Carranza.
Un verso del primero -"Qué tanto puede una mujer que llora"¿me ha permitido pensar que es posible sustituir en algunos casos el "cuánto" por el "qué tanto" sin que merezca recaer acusación de anglicismo sobre la cabeza del autor.
En cuanto a la segunda acusación de castellanicidio mediante el uso de contundente arma anglicista ("Me estoy mudando de casa"), descubrí que quizás padezco un vicio nacional, como el apego a la gramática o la afición a desleír trocitos de queso en el chocolate, pues Eduardo Carranza escribe un precioso verso en su Epístola mortal, que dice:

 Todo se cae, se esfuma, se despide
 y yo mismo me estoy diciendo adiós.

Confío en que estos descargos se consideren un atenuante cuando usted examine mi caso. (No sabe lo ofensivo que resulta para un colombiano que se lo acuse de faltar a la integridad de su lengua. Narcotraficantes, sí; violentos, también; pero castellanicidas, ¡jamás!).
Atentamente...

Enseguida pasaba a exponer los temas que Sábato ofrecía responder cuando regresara a Buenos Aires, si la salud y el tiempo se lo permitían.

Esa misma tarde me llamó el maestro al teléfono que le había copiado. El muy perverso fingió hallarse consternado, pero a través del cordón me parecía ver la sonrisa de amable provocador.

- Samper, perdonemé, lejos de mi intención estaba ofenderlo -dijo con falso arrepentimiento-. Era una broma, pero se me olvidaba que los colombianos no admiten bromas en asuntos gramaticales.
Le respondí, en son de chiste, que lo perdonaba y reiteré que lo importante era contar con sus respuestas.

Estoy seguro de que Sábato se burlaba dichoso al otro lado de la línea.
- Ya veo que sigue ofendido, Samper. Pero, naturalmente, tendrá sus respuestas... Es más, les haré algún trabajito para que parezca una conversación más natural, más espontánea.

Nos despedimos con toda cordialidad, pero yo no estaba muy convencido de que algún día Sábato tendría tiempo de releer en su retiro de Santos Lugares el temario de Cambio16, ni ganas de dictar las respuestas a Matilde, su mujer (él ya veía poco), ni salud para acudir al correo y enviarlas a la sede de la revista en Madrid.

Un toque coloquial

Pasaron un par de meses. Y cuando ya había perdido la esperanza de culminar la entrevista con un autor que tanto he admirado, llegó un sobre de Santos Lugares. Sábato había cumplido su palabra. Adentro venían, doblados en cuatro, tres pliegos escritos a máquina de manera apretada. Los renglones empezaban casi en el extremo izquierdo de la hoja y se extendían hasta que la palabra se caía por el borde opuesto. La separación entre líneas era mínima. El tipo de imprenta, probablemente, era de Lettera 22, una máquina portátil de letra pequeñita que fabricaba Olivetti.

No tenía fecha. Pero llevaba una nota inicial que decía lo siguiente:

Mi querido Daniel Samper: tal como le dije, por querer hacerlo en forma coloquial, le adjudico de pronto palabras, interrupciones, etc., que usted cambiará a piacere. Bueno, ¡fuera! Me relee Matilde sus preguntas y veo que predomina lo político, y estoy harto de hablar de eso. Espero me perdone si lo vinculo a lo único que sé, que es el arte y la literatura. Con un cariñoso recuerdo...

Rubricaba la nota su firma autógrafa en tinta negra: una E seguida del apellido, difícilmente descifrable.

Al leer el texto saltaban a la vista los esfuerzos del entrevistado por dar un aroma de charla a lo que había empezado como un diálogo de papel. Entreveraba sus exposiciones con preguntas que, por supuesto, atribuía al periodista; de vez en cuando, hacía pensar que el reportero opinaba a fin de suscitar una respuesta más amplia de su víctima; y en cierto pasaje contestaba a una supuesta pregunta mía de la siguiente manera: "Claro, Daniel...."

Confieso que me emocionó y me conmovió que el maestro Ernesto Sábato, ya medio ciego y casi octogenario, no solo le hubiera dedicado un largo tiempo a la entrevista de Cambio16 sino que se esmerara, con diálogos e interrupciones dramáticas, para que su lectura resultase amena para los lectores.

El futuro del bípedo implume

Le envié, por supuesto, un mensaje de agradecimiento redactado con máxima cautela gramatical y la revista publicó íntegramente la extensa entrevista a modo de primicia, que lo era.

Muchos de los temas han perdido actualidad; el contexto de otros (cifras, referencias concretas) se ha modificado; pero sus memorias personales y ciertas opiniones conservan el interés inicial. En un recuadro reproduzco algunos párrafos de aquella entrevista. La última pregunta, copiada del temario original, y la última respuesta decían así:

P- Una pregunta final a un apocalíptico: ¿tiene salvación esta especie mamífera, bípeda e implume que puebla la Tierra?
R- Si no somos destruidos por la aniquilación de la naturaleza o por la bomba atómica, esas dos maravillas de la ciencia, creo que puede tenerla. Pero será sobre la base de ideales totalmente opuestos a los de este mundo que caduca. Y entonces los pobres diablos de los países hiperdesarrollados vendrán a estos países atrasados a ver cómo eran y pueden ser los seres humanos. Esos seres humanos que todavía dormimos siesta y queremos que los abuelos mueran en la casa de sus hijos y nietos, no en geriátricos.

Veintiún años después de ofrecer esta respuesta, Ernesto Sábato murió en su casa de Santos Lugares, no en un geriátrico, rodeado del único hijo que lo sobrevivía (otro murió en un accidente), sus nietos y el resto de su familia. Su mujer, Matilde Kusminsky, que copiaba los dictados, había fallecido en 1998.

Como escribió Eduardo Carranza, "todo se cae, se esfuma, se despide..."

Cuando fui comunista

Estas son algunas de las respuestas de Ernesto Sábato sobre su pasado comunista.

P- ¿Qué piensa de las transformaciones de las sociedades comunistas, la perestroika, la caída del muro de Berlín, el futuro cubano...?
R¿Todos saben que, cuando adolescente, me acerqué en el colegio secundario a los grupos anarquistas, que eran muy fuertes en la Argentina a causa de la inmigración española e italiana. A pesar de ser hijo de burgueses, o por eso mismo, ansiaba un mundo donde no hubiera injusticia social ni pueblos oprimidos. En esos grupos conocí a militantes muy diversos, desde tolstoianos incapaces de matar una mosca hasta terroristas. Al entrar en la facultad, amigos que quise mucho me convencieron de que el anarquismo era una utopía y que la única forma de cambiar el mundo era el comunismo. No olvide usted que estaba fresco aún el recuerdo de la revolución Revolución rusa (hablo de 1930), que aún conservaba su resplandor romántico, ese resplandor que tienen todas las revoluciones, y parecía algo efectivo, que podría transformar el mundo. Leí mucho y entré en el movimiento, pues siempre detesté a los revolucionarios de salón, eso que en Francia se llama "la gauche caviar": abandoné familia, estudios, todo, entrando en la clandestinidad en que se desarrollaba en aquella sangrienta dictadura del general Uriburu el movimiento revolucionario. Pasé toda clase de peligros, incluyendo peligros de tortura y de muerte. Fui secretario de las juventudes hasta que, a fines de 1934, el comité central me envió a las escuelas leninistas de Moscú porque se sospechaba, con razón, que estaba ya carcomido por graves dudas, no solo filosóficas sino también sobre la llamada dictadura del proletariado. De paso debí asistir a un congreso contra la guerra y el fascismo en Bruselas, presidido por Henri Barbusse. Durante la noche sostenía serias discusiones con un dirigente de la juventud comunista francesa (que más tarde fue torturado y muerto por la Gestapo). Era un muchacho inteligente pero absolutamente fanático. De pronto sentí que esas discusiones habían sido demasiado peligrosas, porque habían empezado los siniestros "procesos" de Moscú y ya era evidente que Stalin era un monstruoso dictador. Me escapé a París, pensando que si iba a la Unión Soviética no volvería jamás a la Argentina.

- ¿Qué hizo, entonces?
- Pasé un invierno terrible en París, porque no tenía dinero. Era a comienzos del 35. Por un amigo generoso, que me ayudó mucho y que luego murió en un tanque durante la guerra Guerra civil Civil españolaEspañola, Guillermo Etchebehere, logré dormir en el cuartito del portero de la École Normale Supérieure, trotskista, que me ayudaba con algunos francos y me permitía sobrevivir. En un momento de extrema desesperación, cuando como se dice se me abría la tierra bajo mis pies, decidí que pediría ayuda a mi madre para volver a mi país y retomar mis estudios de física-matemática...

- ¿Qué pasó luego?
- Y... era difícil explicar ese misterioso retorno. Poco a poco cundió mi deserción y hablé con los compañeros más cercanos. Fue mi sentencia de muerte civil. Casi hasta hoy, durante casi medio siglo, sufrí las consecuencias. "El partido" era inexorable, ya se sabe. Fui acusado de todo: de contrarrevolucionario, de vendido, de traidor. Hasta se llegó a decir que recibía dinero de la embajada de Estados Unidos. Yo cada día me encerraba más en el mundo matemático y en la literatura y la pintura, que eran mi verdadera vocación. Mi vida literaria, desde que se hizo pública, fue atacada despiadadamente (...) Pero agregaré que nunca abandoné mis ideales de justicia social y de libertad de los pueblos oprimidos.


  

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