Matilde Sánchez / Feria del libro

Matilde Sánchez / Feria del libro

El misterio literario de 'Los daños materiales', de la escritora argentina.

notitle
28 de abril 2011 , 05:00 p.m.
Victor -"no daré su apellido"- tiene ojos de ogro dopado. Es dueño de un olor primitivo. Es obsesivo, indolente. Su risa es un eco de catarros mal aireados. Habla con el falsete del engaño. Es ególatra y narcisista. Es ratero y goza de una feroz impunidad. Presume de sus experiencias. Son solo el continuo repetir de los mismos incidentes. Quisiera ser el burlador. Es solo el rey de las máscaras. No tiene experiencia: todo le ha ocurrido antes. Atrae la gratitud y el morbo, a costa de la vida. A él le interesan solamente todas las mujeres. Es dueño de una vulgaridad violenta. Es pedómano. No tiene el registro de la caricia. Su vanidad es infinita. Lo mueven la compulsión, la impunidad, la intolerancia. Es el apéndice de su propio sexo. La calle es el teatro de su ego. Es un genio peripatético. Está lleno de atributos que dejan al mundo indiferente. Es obsesivo e indolente. Sus manías carecen de empeño. Es tramposo. Presume de su talento de actor. Solo obtiene papelitos de extra en el cine. Su placer exhibicionista sobrelleva todos los fracasos. Le basta con contemplar su impacto en las mujeres.

No es un simple tenorio: "es un varado en los salones de citas sexuales, sin husos horarios, un vagabundo de dos hemisferios". No es que lleve una segunda vida. Es él multiplicado de modo exponencial en una docena de nombres ficticios y direcciones de correo alternas y seriadas. Crea una dirección y una identidad, pesca a un par de pasajeras, la palabra les cuadra­, las visita durante su estadía y luego se esfuma la dirección, el nombre, el personaje desaparecen, es como si se mudara a la luna.
Pero todas son "la mujer de su vida". Quiere ser el caudillo, el patriarca de  un "vivero de amantes". Una de ellas es la narradora de esta novela, Los daños materiales. Víctor la describe como corrupta, extorsiva, ludópata perdida, sidosa y adicta, hablará de mi boca cariada ladrona y avara, coprófaga, usurera, deudora morosa y, como autora de este libro, difamadora. ¿Prevé la narradora estos insultos de Víctor cuando él lea Los daños materiales? ¿Los ha sufrido ya y solo los repite aquí? ¿O nunca dijo todo esto Víctor, son sólo injurias que la narradora le atribuye, con ganas de que Víctor las hubiera dicho? En estas preguntas se cifra el misterio literario de esta novela. ¿Ella inventa a Víctor o es cierto cuanto aquí dice? Ella no le cree a Víctor en ningún momento. ¿Debemos nosotros creerle a ella? ¿Lo imagina ella o de verdad vive el fragor de la cópula con Víctor, colgada de una araña, de un ventilador, penetrada en patadas aéreas? ¿O es la narradora víctima de su propia pasión atávica, un fósil cerebral, cazada como una fiera y dormida en la cama encadenada por y para la sumisión? ¿Quiere tener, acaso, el monopolio del agravio? ¿Por qué entonces, pide perdón cuando sufre la mirada de odio exaltado dispuesto a prenderme fuego, de Víctor?

Pide un largo perdón por la esclavitud de los pueblos africanos y la extinción de la nación Cherokee a los Tonton Macoute pasando por Videla, Pinochet y Somoza: pide perdón, y le viene un ataque de risa, un homenaje a la risa: más que una risa, un rugido de vitalidad. Acaso este rugido de la risa contenga la clave más profunda de Los daños materiales. Cierto o falso, vivido o recordado, lo que Matilde Sánchez cuenta es atroz: la vaciedad de la grandeza machista, el ridículo del Buco Cabrón. La autora no quiere adueñarse del monopolio del agravio, quiere tocar el fondo del fondo antes de expulsarlo para siempre. Se pregunta si puede perdonar a quien no lo merece y si en ello no hay un elemento de autoironía. Manda a Víctor a los purgatorios de hospitales, morgues, salas de velorio. Entiende que a Víctor no le gusten todas; le gusta cualquiera. ¿Es ella 'cualquiera'? ¿O posee el poder del cual carece Víctor: el poder de la literatura? Constancia de los hechos que Víctor, con todas sus crueldades, no puede consignar porque vive a la carrera, en el daño periódico, capturado en su figura pública, arrinconado, in extremis, a destruirse a sí mismo intentando destruir cuanto toca, como la cristalería de la madre de la narradora. Esta, en cambio, puede abandonar a Víctor en una silla de ruedas, castigo a la ubicuidad y la manía ambulatoria del personaje: 'Víctor no volverá a joder a nadie. Mientras duerme, la narradora vive epifanías. Al despertar, las escribe (a sabiendas de que Víctor jamás se sentará a hacerlo). Pero como buena argentina, la narradora, que ha escrito el libro que aquí leemos, se lo cuenta todo a un siquiatra bonaerense, y la duda vuelve a asaltarnos: ¿le miente el siquiatra? ¿Nos ha mentido a los lectores?

Matilde Sánchez ha escrito varias novelas notables: La ingratitud, la primera obra (1990), El dock (1993), que va de la violencia política, a un pueblo perdido de la costa uruguaya con su pareja y un niño huérfano, y El desperdicio (2007), que es la historia de una Elena que es ella más cuatro, pero al cabo es sólo una con el país de indigentes y cazadores de donde provino. ¿Bastan la amistad y el talento para sufrir la realidad?

CARLOS FUENTES

Ya leíste los 800 artículos disponibles de este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido digital
de forma ilimitada obteniendo el

70% de descuento.

¿Ya tienes una suscripción al impreso?

actívala

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.