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Un hombre de acción

Un hombre de acción

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
27 de abril 2011 , 07:12 p. m.

    Lo conocí una tarde de 1996 en un parque de mi ciudad. Yo estaba allí leyéndome las páginas finales de Little Dorrit que es una de las mejores novelas de Dickens (como todas las novelas de Dickens) y él pasó al lado mío con su pinta de siempre: una camisa verde de rayas, unos pantalones marrón con varios dobleces contrariados. Unas botas de obrero y de punk, calvo, con barba.

    Se quedó mirándome un par de segundos, y luego me preguntó con el acento de allá: "¿Y vos qué es que leés?". Recuerdo haber pensado, con el mismo acento: "aj, qué jartera este borracho; preciso en la mejor parte me viene a interrumpir", y me paré y todo para irme de allí sin decir nada. Como un grosero, como casi siempre que la gente decente nos habla. Pero algo, no podría decir exactamente qué, me detuvo. Y no me fui y en cambio le pasé el libro: Dickens, vea usted.

    Y él me dijo: "Ah, sí, la pequeña Dorrit; si la cosa es de casarse, que no lo es, mejor que sea con una mujer así". Lo abrió pasando las hojas muy rápido, oliéndolas. Después soltó otra frase lapidaria: "Los malos de Dickens siempre acaban muy bien, porque acaban solos; solos para ellos mismos, como ese Blandois que sale allí, cabrón". Ahora el que se iba era él, con tanta elegancia y tanta lucidez, que me le fui detrás preguntándole cosas. Un tipo así tenía que ser muy grande.

    Y lo era. Se llamaba Gerardo Bermeo y era un borracho. Un borracho de parque, para más señas, profesional, consagrado, de tiempo completo. Siempre estaba allí con la botella de un aperitivo de anís llamado De la Corte ("De la Corte de Napoleón", añadía él), que entonces costaba mil quinientos pesos y que ahora debe costar, no sé, mil, mil doscientos. Tenía una tertulia, desde las 7 de la mañana, con la gente más rara y decadente que uno se pueda imaginar, en la calle, bajo esa convocatoria irrenunciable del trago y la conversación.

    Pero también era un papá amoroso y un gran abuelo. Una vez lo vi caminando con su nieto de 5 años: en una mano lo llevaba a él, chiquitico, y en la otra, un bulto de naranjas. Se sentaron por ahí, sobre el pasto, y se las comieron como emperadores prehistóricos; las cortaban, las pelaban, y luego escupían las pepas. Felices ambos, como si el mundo les perteneciera solo a ellos. Quizás.

    Y sobre todo, Gerardo Bermeo fue el hombre más inteligente que he conocido en mi vida, y no hay día en que no me acuerde de sus frases brillantes que parecían las de un cínico griego, las de Macedonio Fernández, las de Diógenes. Una vez me dijo: "Yo en ese entonces no era conservador, ni todavía lo sigo siendo". Y otra vez: "La Iglesia sí debería dejar que los homosexuales se casaran, pues a estas alturas de la vida son la única esperanza del matrimonio; son los únicos que se quieren casar".

    Lo había leído todo -todo es todo: desde los 418 tomos de las obras escogidas de Lenin, hasta los poemas y los cuentos del Conde de Stenbock, un oscuro maestro inglés del que dijo Wilde con horror: "es un degenerado"-, todo, y sobre cada autor y cada libro tenía unas opiniones tan profundas, que a su lado cualquier doctor en literatura habría parecido un aprendiz. Y escribía textos prodigiosos, con un título que recordaba sus años de poeta y conquistador: "Diario de un hombre que nunca fue a la guerra".

    No era un ejecutivo y jamás lo vi de afán corriendo para una reunión (se murió un jueves santo). No sabía lo que era un celular, ni un carro, ni envidiar la suerte y las cosas de los demás. Un perdedor, es decir un sabio y un hombre de verdad.

    Porque hizo siempre lo que se le dio la gana. No se me ocurre mejor definición de la decencia y la felicidad.

catuloelperro@hotmail.com

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