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Postre de notas / Vocación de merengue

Postre de notas / Vocación de merengue

El problema de envejecer es que el cuerpo descubre nuevos enemigos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de abril 2011 , 08:50 p. m.

Y con los años también conoce piezas suyas que solo tenían los demás. A los veinte años uno oye hablar de la próstata o la vesícula, pero ignora si son nombres de diosas griegas o partes de la anatomía. Con el pasar de los años, ay, se entera de que correspondían a esta segunda categoría. Una de las dos cumple funciones sexuales y la otra, gastrointestinales, pero aún no sé bien cuál es cuál. Temo que no tardaré en averiguarlo.

Las consecuencias se traducen en novedades médicas y severos cambios de costumbres. Por ejemplo, el tiempo que en la adolescencia se emplea en intercambiar recetas contra el acné juvenil, se gasta, pasado el medio siglo, en charlas sobre aflicciones reumáticas. Otro ejemplo: en la infancia, el niño que exhibía la cicatriz del apéndice era un héroe para sus compañeros. Pasados los cincuenta, las cicatrices se vuelven tema obligado de las reuniones sociales. He asistido a fiestas que acaban con inocentes exhibiciones de viejas cirugías a cargo de ambos sexos. Cada vez más, merced a las intervenciones por laparoscopia, son más escasas las cremalleras de operaciones a pecho abierto, que antes empezaban en el cuello y llegaban a la entrepierna, donde aparecía un letrerito que decía: "Continúa a la vuelta". En vez de esas tremendas huellas quedan ahora unos mínimos vestigios de los huequitos por donde hábiles galenos extrajeron próstatas, matrices, vesículas, hígados, corazones, columnas vertebrales y, por supuesto, apéndices y hasta prólogos.

Uno de los enemigos de la salud que se agazapan más allá de la cincuentena y se convierten en pesadilla de la gente mayor se llama osteoporosis. Su etimología describe el mal: "os", que significa hueso; "teo", que significa Dios; y "porosis", que significa por eso. Es decir, que este mal ataca los huesos y por eso hasta Dios le teme. Y le teme por viejo, pues Dios es eterno pero no inmune.

La osteoporosis convierte los huesos en piedra pómez. Una pequeña caída que en un niño no pasa de un raspón y un llanto, en la abuela del niño significa tres huesos destrozados, sala de cirugía, tornillos y pedazos de biela insertados en las piernas, cuatro meses de muletas y el perpetuo temor a un nuevo resbalón.

Mencioné a la abuela del niño y no al abuelo, porque "la osteo", como la llaman las amigas, afecta más a las mujeres que a los hombres. Tiene que ver con una cosa extraña que a partir de cierta edad echan en falta las señoras y que se llama progesterona. Sospecho que es una hormona, pero no sé dónde se genera, ya que no soy médico sino apenas un modesto aficionado a la ginecología. El asunto es que, cuando escasea esta sustancia, los huesos se tornan débiles y quebradizos y la víctima adquiere blanda vocación de merengue.

La culpa, empero, no es solo de "la proge", como la llaman las amigas, sino de los malos hábitos: la fumadera, la tomadera, la locha y la comedera de alimentos poco aconsejables. Señoras: hay que salir, asolearse un poco, caminar, bailar, respirar aire libre y leer columnistas de humor. Es el mejor pasaporte hacia una vida sana.

De lo contrario, la "osteo" las convertirá en un puñadito de arena. Así acontece a las mujeres británicas. En Inglaterra la fragilidad ósea se ha vuelto enfermedad crónica, que cada año produce 230 mil fracturas y cuesta al servicio de salud 3 mil millones de dólares. Uno entiende que esas pobres señoras de países abrazados por la neblina, el invierno y las emisiones volcánicas no logren ver el sol ni fijar el calcio en los huesos (que es lo que hace el sol, sin que nadie se lo agradezca). Pero es inadmisible que ocurra algo parecido en estos países tropicales bendecidos por la buena luz y el mal transporte público, que obliga a caminar y hacer ejercicio.

Invito a mis lectoras a combatir desde temprano la osteo. Practiquen la cumbia, la salsa y el amor. Las caderas son para moverlas, señoras, no para tenerlas quietitas, hasta que un día se desmoronen y las conviertan en polvo. Pero del otro.

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