Juan Carlos Botero: "El arte de mi padre refleja su alegría de vivir"

Juan Carlos Botero: "El arte de mi padre refleja su alegría de vivir"

Escribir sobre el arte de su padre, es un reto casi invencible para un escritor.

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28 de enero 2011 , 11:14 a.m.

Pero si además ese padre es uno de los artistas vivos más importantes del mundo, el desafío es inconmensurable. Juan Carlo Botero se le midió con la publicación de 'El arte de Fernando Botero'.

Hace 60 años Fernando  Botero se fue a pintar a Tolú, un perdido pueblo en el Golfo de Morrosquillo, donde madrugaba con los pescadores y le metía el hombro a la dura brega de poner comida en la mesa. Durante el resto de la jornada elaboraba bocetos y dibujos de gran factura, o pintaba carteles para restaurantes y buses de escalera, y hasta vendía pócimas con el culebrero del pueblo por los andurriales sucreños.

Cuando regresó a Bogotá para exponer en el estudio del fotógrafo Leo Matiz obtuvo su primer triunfo. El resto es historia.

Convertido en ciudadano del mundo, en la actualidad vuela miles de kilómetros al año por todo el orbe, donde tiene casas y estudios, y donde pinta diez horas todos los días de la semana, sumido en la suerte de éxtasis que le dispensa el placer de pintar.

Pero aunque el maestro es hoy uno de los artistas vivos más importantes del mundo, su vida no fue siempre color de rosa.
Juan David Botero, su padre, buen arriero y patriarca, emprendía largas correrías por una geografía de desfiladeros y trochas con su recua de mulas cargadas con muestras de la industria antioqueña. En los intervalos veía a sus pequeños hijos Juan David, Fernando y Rodrigo, y a su mujer doña Flora. Murió cuando Fernando, que entonces garrapateaba palotes, tenía sólo cinco años.

La imagen del padre quedó entonces un tanto desdibujada, su hijo lo recuerda oyendo ópera cuando se corría unos aguardientes, y estudiando unos libros hermosos y satinados donde el futuro pintor vio por primera vez reproducciones de obras maestras de los grandes museos del mundo.

Esto para decir que aunque Fernando Botero no tuvo para sí una fuerte imagen paterna, muchos años después construyó una, tierna, generosa y recia para sus hijos Fernando, Lina y Juan Carlos.

Éste último, novelista y columnista nacido en Bogotá en 1960, ganó el Premio Juan Rulfo con su libro El encuentro, en 1986 y, cuatro años después, el Concurso Latinoamericano de Cuento, en Méjico, con su obra El descenso. El amor y la admiración por su padre llevaron a Juan Carlos Botero a escribir El arte de Fernando Botero, a partir de una propuesta que, según cuenta con gracia, lo dejó poco menos que 'parapléjico' del susto, cuando su padre y un editor español le propusieron escribir sobre el gran universo boteriano.

Botero Zea se aplicó durante tres años a releer cientos de  artículos, libros, referencias, monografías, estudios y crítica, y acaba de lanzar, con el sello Planeta, un profundo análisis de la obra del pintor colombiano más importante de todos los tiempos, para enfocarse, no sólo en los grandes temas de su obra, sino también en sus principales convicciones, siempre profundas y lúcidas, siempre controvertidas y controversiales.

Muy seguramente Juan Carlos, el escritor, obtendrá un éxito con su libro. Por lo pronto, Juan Carlos, el hijo, obtuvo un triunfo: su padre declaró que ese libro es lo mejor que se ha escrito sobre su obra.

¿Con este libro logra usted desmitificar el tema de la 'gordura' en la obra de su padre?
-Así lo creo. Llevaba años oyendo a mi padre hablar de su arte y leyendo sobre su estética textos equivocados que hablan de la "gordura" en el trabajo de Botero, cuando la verdad es que no tiene nada que ver con eso. He estudiado en detalle su obra, lo cual me ha permitido vislumbrar sus aspectos sobresalientes. Como eso me brindaba un tesoro de información privilegiada, me parecía un pecado dejar pasar la oportunidad por temor a las críticas, o a lo que fuera.

¿Por qué la narración en tercera persona?
-Era necesario distanciarme del tema para escribir con cierta objetividad. De lo contrario, sentimientos como el amor y la admiración empañarían el análisis.

¿Qué tan difícil  resulta escribir objetivamente sobre alguien tan cercano y admirado?
-Fue muy difícil. Tanto, que quedé 'paralizado' durante meses; pero cuando entendí que mi tarea en este caso era explicar, de manera limpia y transparente (casi pedagógica) el arte de Botero, sus temas y convicciones principales, no paré de trabajar hasta concluirlo.

¿No lo condicionó el hecho de que su padre pudiera opinar?
-Cuando está de por medio su obra, mi padre es implacable. Lo que no le gusta lo dice sin rodeos. Lo he visto descalificar textos con vehemencia y es natural que así lo haga, porque un artista tiene la obligación de defender su trabajo. Respiré con alivio cuando me dijo que era lo mejor que había leído sobre su arte.

¿En qué se diferencia su enfoque de otras decenas de libros sobe Botero?
-Este no es un cofee-table book  de lujo para que los amigos lo hojeen, pero que en realidad nunca leen. Es un libro para ser leído. No conozco otro que contenga un estudio de los grandes temas de su obra y, además, sus convicciones de artista: las ideas que hacen que él pinte de una forma y no de otra, los dos aspectos más importantes en todo artista.

¿Qué hace a su padre tan controversial y controvertido, como él mismo dice ser?
-Mi padre es un rebelde por naturaleza, un artista que ha nadado siempre en contra de la corriente. Así lo hizo de joven, cuando trabajaba en sentido contrario al Expresionismo Abstracto, y así lo sigue haciendo hoy, insistiendo en sus convicciones, y por eso su obra es todo lo contrario del arte conceptual que está tan de moda ahora. Fernando Botero no le teme a la polémica ni a la soledad creativa. Él siempre ha buscado su identidad abriendo su propio camino.

Alguna vez me dijo en una entrevista: "La falta de consenso obedece también a que he hecho toda la vida lo contrario de lo que se supone que uno debe hacer, como utilizar cosas que son tabú en el arte moderno, pero yo no me guío por lo que dicen cuatro señores sino por lo que me dicen el pasado y la historia del arte". ¿Qué opina?
-Es cierto. Botero se apropió de elementos poco menos que prohibidos en el arte moderno. Hay que tener presente que en los años 60, cuando el arte era principalmente abstracto y bidimensional (sin volumen), mi padre propone un arte figurativo, voluminoso y tridimensional; postula la realidad cotidiana de América Latina como tema principal y acude a tradiciones poco respetadas por los críticos de entonces (como el arte popular), o desdeñadas por casi todos los artistas de su tiempo (como el arte colonial o precolombino), o rechazadas de plano por los vanguardistas que miraban hacia adelante y no hacia atrás (obsesionados con el futuro y olvidando el gran arte del pasado, como la pintura del Renacimiento). En todo caso, la falta de consenso es normal, pues ningún artista le gusta a todo el mundo. ¡Conozco gente que no disfruta el chocolate,  ni la música de los Beatles!

En el libro usted manifiesta una admiración sin límites tanto por la obra como por la disciplina del maestro. ¿Podría describirme al Botero hombre, padre, abuelo, amigo?
-En verdad no conozco alguien que trabaje más que mi padre, todos los días, 10 o 12 horas diarias y, además, de pie. Sin embargo, cuando sale de su estudio él tiene claro que en ese momento es padre, esposo, abuelo o anfitrión, y cumple esos papeles de manera ejemplar. Tiene un gran sentido del humor, está enterado en detalle de lo más importante de cada miembro de la familia, y es un ser humano de gran generosidad. Su vida no ha sido nada fácil, pero es una persona optimista y su arte refleja su alegría de vivir. Es muy consciente de lo que Octavio Paz llamaba "el olvidado asombro de estar vivos".

¿Qué explica el acceso de su padre, en vida, a honores como exponer sus obras en los Campos Elíseos, Park Avenue,  la Plaza de La Señoría en Florencia, en las plazas de Venecia, de Estambul, de Tokio, etc., etc., que ningún otro artista de la historia ha obtenido?
-Responder a esa pregunta es responder a otra similar: ¿cuál es la explicación de la importancia de Botero? Y creo que la respuesta se resume en una palabra: él ha creado un estilo propio, original y fácil de reconocer. Este aporte es invaluable, porque el estilo es la mayor contribución que un artista le puede ofrecer a la historia del arte. Y, al igual que en todo maestro, el estilo de Botero está hecho de sus ideas, de sus convicciones. Su idea del color, de la luz, del volumen, de la composición, de la forma, del tema y del lenguaje estético... los muchos aspectos que conforman una obra de arte.

¿Por qué describe a su padre como "una locomotora de trabajo semejante a Picasso"?
-No es un juicio de valor. A lo que me refiero es a que Botero, como Picasso, no para de trabajar. Y más importante todavía, no para de buscar, de explorar, de ensayar nuevas técnicas y de descubrir recursos para insistir en sus convicciones y aumentar su universo pictórico. Lo más admirable es que él convierte esas enseñanzas en algo propio y original. En última instancia, ninguna de sus creaciones nos parece boteriana por el tema, sino por el lenguaje. Ambos son artistas dotados de una poderosa fuerza centrípeta, como agujeros negros en el espacio cuya masa gravitacional succiona todo lo que pasa a su alrededor, y por eso Botero puede pintar la persona, el paisaje, el objeto o el animal que sea y, de inmediato, uno lo identifica como parte de su cosmos original. Porque no lo hacemos por el asunto, sino por la forma en que está pintado. Es decir, por su estilo.

Hace unos años su padre declaró: "Este fin de siglo es el más pobre y estúpido desde el punto de vista de la creación artística"; lo cual como era de esperarse creó una violenta polémica...
-Cuando hizo esa afirmación se refería a la pintura, no a las demás artes. Creo que mi padre dice algo válido en esa frase tan contundente. Un breve repaso histórico lo confirma: en las postrimerías de cada siglo, a partir del siglo XIII, cuando Cimabúe, Duccio y Giotto anunciaban la llegada del Renacimiento, y hasta el final del siglo XIX, cuando el Impresionismo derrumbaba los pilares de la estética tradicional, cada fin de siglo se puede ufanar con la presencia de notables maestros y una formidable calidad pictórica. Al final del siglo XX, en cambio, el arte parece perder su norte, y las nuevas generaciones se alejan de la pintura, de la escultura y del dibujo hasta extraviarse en la teatralidad del fenómeno conceptual. Y sí creo que de esas creaciones la vasta mayoría son intrascendentes. La prueba es cualquier feria de arte. Hace poco estuve en Art Basel en Miami: un número pequeño de obras extraordinarias, otro porcentaje grande de obras interesantes pero que no compiten, desde el punto de vista de la calidad, con las grandes creaciones del pasado, y, por último, un porcentaje inmenso de obras que son, francamente, efímeras. Un palo puesto sobre una patineta, ese tipo de cosas. De modo que sí, le encuentro la razón a Botero pero hay que recordar, como él lo dice siempre, que en el arte no existen verdades absolutas sino convicciones.

Es primordial en Botero la sutileza del humor. ¿Qué significado tiene para usted?
-Es parte de su celebración de la vida. La ternura, la gracia, la dulzura son aspectos fundamentales de su universo pictórico. Un universo de una felicidad serena, profunda, consciente de la fugacidad de la existencia y que, por lo tanto, expresa un franco deleite por el privilegio de estar vivo. Además, el humor le ha servido a Botero para darle un toque de ironía a varios de sus cuadros. Lo interesante es que es una sátira que no insulta ni ofende, pero no por eso renuncia a ofrecer una crítica social picante, como en sus cuadros de dictadores militares y prelados de la Iglesia.

Fernando Botero es un ciudadano del mundo, pero en su idiosincrasia y en su obra, Colombia es omnipresente.
-Es gracioso. Mi padre habla varios idiomas, ¡y todos con acento paisa! Él nunca ha dejado de ser latinoamericano, de sentirse orgulloso de haber nacido en Colombia, y jamás ha dejado de amar a Medellín. Es un hombre muy aterrizado, que nunca se ha creído el cuento de creerse más de lo que es.

En la obra boteriana hay sátira y crítica social, especialmente en temas como la política, la Iglesia, la violencia, el estamento militar, el poder. Usted dice que "es una crítica moderada y sutil e incluso ambigua, que no agrede". Sin embargo, ¿no hay también un elemento aún más devastador, que es la ridiculización?
-Sí, desde luego, y creo que ahí está la esencia de sus cuadros de intención crítica o satírica. Sin embargo, los representados así no se muestran ofendidos. Fernando Botero es, según muchos críticos, el artista que más se ha burlado de la clase política y de los tiranos de nuestra tierra, pero aun así los políticos de turno lo celebran. Igual sucede con la Iglesia Católica. Lo primero que se dice de sus cuadros religiosos es que son sardónicos, pero una de sus pinturas más famosas en Colombia, La monja de Botero, cuelga en la Casa de Nariño, en donde los prelados asisten a reuniones con el Ejecutivo, y la revista mensual que se edita desde San Pedro, Inside the Vatican, lo escogió como uno de los protagonistas más importantes del mundo en el año 2006. Uno de sus óleos religiosos más conocidos, En Camino al Concilio Eucarístico, de 1972, cuelga en el Museo de El Vaticano. Es una gran paradoja, sin duda.

Dice usted que una prueba elocuente de esa ambivalencia son, por ejemplo, sus retratos del narcotraficante Pablo Escobar y del guerrillero 'Tirofijo', ante los cuales surge la duda de si el artista está condenando u homenajeando a esos individuos. ¿Qué respuesta le da usted a su propia pregunta?
-Es difícil de responder en un sentido o en otro, porque creo que hay una ambigüedad deliberada de su parte. Es una polémica sin fin y es bueno que así sea, pues eso ayuda a mantener la vigencia de la obra. No sólo la calidad estética, que es lo principal, sino también las lecturas e interpretaciones que giran en torno al cuadro. Ese debate es saludable, y cada quien lo responde a su manera. En todo caso, esa es la razón por la cual esas pinturas son tan controversiales.

Botero admira a Piero Della Francesca y entre sus propias obras las preferidas son sus retratos de Federico de Montefeltro, duque de Urbino, y de su esposa Battista Sforza. Usted dice que estas dos obras de Botero significan, más que nada, un manifiesto de sus condiciones estéticas. ¿Podría explicarse un poco más?
-Todo cuadro es una declaración de principios, un manifiesto de las ideas principales del autor, porque en cada cuadro lo que está visible, es un estilo, es decir una suma de sus convicciones, de las ideas cardinales que hacen que ese creador pinte de una forma y no de otra. Quizás esa es la diferencia entre mi libro y un cuadro de mi padre: para entender cuáles son esas convicciones en el caso de Botero, tal vez le ayudará a la persona leer mi libro; pero para sentirlas, le basta mirar cualesquiera de sus obras. Porque en todas, insisto, están presentes los ingredientes principales de su arte, las reflexiones que han evolucionado a lo largo del tiempo y que definen su propuesta estética y explican su originalidad como artista.

Colombia es uno de los países más violentos del mundo. ¿Cómo está presente la violencia en la obra de su padre?
-Mi padre no ha sido ajeno a ese conflicto histórico. Para un creador como él no era posible pintar como si nuestra tragedia nacional no estuviera pasando, y, en sus palabras, él tuvo que "traicionar" su postura de tantos años para retratar la crisis de Colombia. Empezó una serie sobre la violencia en los años 90, y al concluirla, casi 100 cuadros impactantes, la donó en su totalidad al Museo Nacional. Pero hay que recordar que, de vez en cuando, ese tema ha brotado, desde sus inicios, en obras como Mujer llorando, de 1949. Creo que ningún creador puede ser indiferente a un drama colectivo, de las dimensiones del nuestro.

Finalmente, uno de los puntos centrales de su libro es explicar y demostrar que Fernando Botero no es un pintor de "gordas". ¿Cuál es su tesis respecto a este punto?
-Ese es el famoso malentendido que gira en torno de su obra. Y no es extraño, porque ese tipo de generalización equivocada ocurre con frecuencia en el mundo del arte, de la misma manera que la gente piensa que Giacometti y El Greco pintaban flacos, y Picasso gente deforme. La verdad es que el estilo de Botero no tiene nada que ver con la gordura. La esencia de la estética de Botero es la voluptuosidad de la forma, la heroicidad del volumen, y esa sensación de monumentalidad que despiertan sus creaciones. Quizás la mejor prueba de lo que digo es que, en la Serie del Circo, por primera vez Botero pintó a una mujer gorda. Y el contraste con las demás figuras es notable, porque mientras que esta mujer tiene celulitis, la piel con textura de naranja, le sobran carnes y luce rechoncha, los otros personajes tienen cuerpos lisos, bellos y sensuales. Voluminosos, pero no gordos.

Por Margarita Vidal

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