Editorial: Se fue uno de los grandes

Editorial: Se fue uno de los grandes

25 de enero 2011 , 08:05 p.m.
En los deportes, como signo natural, surgen ídolos que marcan la historia. Seres con condiciones especiales que llegan a la cúspide y se convierten en leyendas. En el ciclismo, uno de los más grandes, el estadounidense Lance Armstrong, se apeó de su bicicleta el domingo pasado, en el Tour Down Under, de Australia, para dejar de por vida la competencia profesional.

El norteamericano, uno de los más grandes, cuelga su caballito de acero al lado de la máxima figura de todos los tiempos, que es referencia para quienes sueñan con la cima en el pedalismo, el belga Eddy Merckx, 'el Caníbal', quien ganó el Giro de Italia, el Tour de Francia, la Vuelta a España y, en 1974, conquistó la triple corona (Tour, Giro y Campeonato Mundial).

Pero Armstrong puso un punto muy alto, al coronarse siete veces consecutivas campeón de la ronda francesa, la máxima competencia por etapas en el orbe, a la que acuden los mejores del planeta. Y a sus 38 años, en el 2009, arribó tercero. Récord que será prácticamente imbatible, porque genios así los cosecha el mundo con cuentagotas, cada siglo. Su gloria tiene grises nubarrones, pues los señalamientos de dopaje siempre estuvieron a la vera de la ruta, incluso por compañeros de escuadra. Aunque nunca se le han comprobado, no dejan de ser una tachuela en la ruta hacia la gloria, y las investigaciones darán su veredicto.

En lo que sí merece una medalla de oro sin mácula es en su coraje para superar a ese enemigo feroz, como el cáncer testicular que lo quería llevar en una etapa sin retorno hacia la muerte. El mal se le extendió a los pulmones y a la cabeza, y por ello fue sometido a una cirugía de cráneo y quimioterapias. De allí se levantó Lance, como Lázaro, prácticamente de la tumba, para ser acogido en la escuadra Motorola y volverse el capo y el rey del Tour.

El monstruo deja la bicicleta, pero también ejemplos de coraje y amor a la vida. Y seguirá cosechando aplausos y gratitud, porque, salido de esa cuesta infernal del cáncer, con fama y fortuna, se dedicará a ayudar, a través de la fundación Livestrong, a los enfermos de ese mal. Lo venía haciendo, y ahora será su principal meta.

Parece irse con algo de sabor amargo: "Di lo mejor de mí y no necesito que nadie me dé una placa o me eleve un pedestal", dice. Pero muchos creen que se los merece.

editorial@eltiempo.com.co

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