Libros / Soñar en Providencia

Libros / Soñar en Providencia

Por Rudolf Hommes

21 de enero 2011 , 12:00 a.m.

El ex ministro describe encantos de la isla caribeña, en uno de los libros de la II entrega de la serie (LetrArte Editores) sobre la diversidad cultural de pueblos colombianos.

Providencia es un punto verde rodeado por varios tonos de azul. Federico García Lorca nunca estuvo aquí. El 'Romance sonámbulo' lo escribió en otras circunstancias, para otro mar, otro paisaje y otro verde, pero veo el papayo y los Cotton Trees, miro al monte y los versos del poeta se me confunden con el paisaje:  Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas. / El barco sobre la mar / y el caballo en la montaña.

Providencia es un sitio para enamorados. En todas partes se besan, se miran, se cogen de la mano. Caminan uno detrás del otro por la carretera o pasan en la moto como centauros de dos cabezas. El reaggae, el vallenato o el country lo bailan en una sola baldosa, cuerpo contra cuerpo. El schotis lo bailan en cuadrilla, pero como si fuera una danza prenupcial. Hay muchos sitios donde hacen el amor. Pueden hacerlo por la noche en las playas, en los miradores, en una lancha bajo el puente de los enamorados que va de Santa Isabel a Santa Catalina, o de día en algún potrero, camino al Peak. Durante las carreras de caballos, los sábados en el suroeste, es tal el barullo y la agitación, tanta la emoción que producen los caballos, conducidos por niños isleños a puro pelo, y la algarabía de las apuestas, que nadie se da cuenta de los seres que se meten al mar y se funden abrazados bajo el agua, mientras los demás vitorean o pisan a grito limpio sus apuestas. Pero no hay un mejor sitio para hacerlo que al final de Machineel Beach, en la arena, debajo del Plum Tree, donde las matas de manzanillo forman un biombo impenetrable alrededor de la pareja. El sol se filtra por entre las ramas del ciruelo y proyecta sol y sombra sobre los dos cuerpos desnudos. Los cangrejos caminan de medio lado alrededor de ellos y los miran con suspicacia. A lo lejos se escucha la música de Rolando. Para volver hay que caminar por el sendero que forman los manzanillos, por un lado, y los árboles y las palmeras, por el otro. Forman calle de honor para las parejas, que salen abrazadas. Los cangrejos que patrullan la arena corren adelante escurridizos y les abren paso. De entre las matas surge una cabeza, a veces dos, para cerciorarse de que todo está bien.

El azul del mar se multiplica y se repite en muchas formas en Providencia, como si un cristal lo difundiera por todos los rincones. El cielo es un espejo del mar, y las paredes de las casas lo imitan. Sobre el mar azul navega un barco azul, que maneja un isleño vestido de azul. Lo esperan dos niños frente a un fondo azul, en una baranda con tonos de azul. En Black Bay sueñan el número ganador de la lotería. Han estado a punto de ganarse el premio mayor varias veces y han cobrado algunos premios menores. No pierden la fe. Siguen soñando y siguen jugando. A veces se sueñan con personas conocidas, que deambulan por el barrio con un pescado en la mano o con un arpón. El que sueña se les acerca y les habla. No lo oyen. No lo ven. Tienen los ojos blancos, como los de los ciegos. Al poco tiempo la persona muere, el soñador cuenta el cuento y nadie lo pone en duda. Saben que es verdad, porque les ha pasado a otros y el sueño se ha cumplido, excepto en el caso de una paña con la que la muerte no ha podido.  Varios han soñado que se va a morir, pero ella sigue buceando y dando función. Ahora, cuando sueñan con ella, más bien compran lotería.

A Providencia se va a soñar. La gente que viene de afuera sueña todo lo que no ha soñado en su vida. Un diciembre vino un ateo a pasar el año nuevo, y al poco tiempo soñó estar al lado del mar Muerto, que era del color del mercurio. Él predicaba y le entendían, pero no emitía sonidos. Lo que decía le salía en un globito, como en las tiras cómicas, y en arameo. La gente le respondía de la misma manera y en ese idioma. Vestían túnicas largas, de un color perla que imitaba el de ese mar. Él se despidió y se metió al agua, que era muy pesada. Hizo un gran esfuerzo y pudo alejarse caminando sobre el lago, hasta que despertó sobresaltado, con la sensación de haber tenido una revelación. El resto de su estadía lo pasó tomando Old Parr y hablando con el párroco de San Felipe. No dejó de ser ateo, pero cada vez hablaba menos de Dios.

Providencia es un museo de arte moderno que expone al aire libre, a pleno sol. El mar, el viento y la arena manejan unos pocos colores y tres materiales, pero con ellos logran enaltecer en los lugares más insospechados los objetos producidos por los isleños. Unas bancas desvencijadas, ordenadas de cualquier manera, evocan a Willem de Kooning con una composición en azul, amarillo, curuba y ocre. Unos tejados le brindan al observador un Barnett Newman isleño de pasteles sucios. Una baranda puede ser de Theo van Doesburg. Una puerta desvencijada en rosado sobre un fondo azul desvanecido puede ser un Hans Hof-mann, o es echt Danilo Dueñas. Unas ramas que trajo el mar tienen la fuerza de un Sidney Pollack o la gracia de un cuadro de su mujer. La ropa parece colgada por Doris Salcedo. Un mosaico artesanal pudo haber sido inspirado por Arshile Gorky. Una señora gorda podría hallarse en una pintura de Ana Mercedes Hoyos. Mark Tobey imita el color de los cangrejos. Una carpa sobre la que se proyecta la sombra de una palmera sería de Frank Kline o de Clyfford Still. A esa Providencia expresionista abstracta al natural le hacía falta un curador.

El mar azul se confunde con el cielo. Al fondo, donde termina Southwest Bay, se pasa muy rápidamente de la playa a la montaña, y todo vuelve a ser verde. Pero antes, casi al final, se yergue un King Kong de piedra, que vigila la entrada a la bahía. Otea inmóvil el horizonte desde un islote.

Es inmutable, como tantas otras cosas en la isla. Allá, el tiempo se queda quieto. Cada vez que observo la bahía, el amigo de piedra y el caballo que pasta en la montaña están ahí. El caballo no es el mismo caballo, y el viejo que lo cuida probablemente es el nieto del anciano que lo cuidaba. Mi amigo Bill se fue con una suiza, pero mi amigo Jim está en la playa limpiando el pescado. La mujer del paisa es nueva, pero el paisa sigue igual. Hernández murió, pero quedó el Gordo. La muda ya no sale a regar cuentos, ahora lo hace Bienvenida. Si me voy, nada habrá cambiado cuando vuelva, y después de que muera vendrán otros, que también se darán cuenta de que aquí son pocas las cosas que cambian, y si lo hacen, no tienen mayores consecuencias.

En Providencia bailan los sordomudos. Una señora del suroeste, sordomuda de nacimiento, que tenía un hermano mellizo también sordomudo, era la primera en enterarse de las noticias y corría de casa en casa a contarlas. Lo hacía con gestos, y los complementaba con sonidos guturales, mucho humor y usando el cuerpo para hablar. Cuando cocinaban Rondón en el vecindario era de las que más bailaban, y lo hacía con ritmo y mucha gracia. Se decía que de joven había sido una beldad, los ojos color del mar dentro del anillo de coral y el pelo negro entreverado de blanco, del color de la espuma del arrecife. Decían que bailaba con muy buen ritmo porque sentía en el pavimento la vibración de los parlantes a todo volumen. Pero lo hacía igualmente bien cuando la música era de la banda de Willy Bee, que inundaba el aire de suaves cadencias caribeñas, boleros o clásicos de Country and Western. Tuvo una hija y la llenó de amor. Esa niña, ya adulta, es una exitosa empresaria.

El hermano se pasaba el día en la playa, contándoles a señas a los que pasaban lo que iba a hacer en su vida: se iba a embarcar y navegar hacia los cayos, y allí sacaría un pescado del largo de su antebrazo, lo mataría y se lo comería frito. Todo el mundo lo trataba con la deferencia y el cariño con los que tratan en los pueblos a los jóvenes impedidos, pero nadie creyó que lograría embarcarse y cumplir su sueño. Un día apareció un barco que lo dejó embarcar y partió rumbo a los cayos a cumplir su destino. El barco se hundió. El mudito, vigoroso y muy buen nadador, alcanzó a salvar a muchos antes de ahogarse.

Providencia - Colección Pueblos.
Textos: Rudolf Hommes, Jairo Archibold
Fotografía: Antonio Castañeda Buraglia
Editor: María Soledad Reina
LetrArte Editores, 2010

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