Orígenes

Orígenes

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02 de enero 2011 , 07:08 p.m.

Quien se hubiere asomado sin malicia ni prejuicios al espíritu de Orígenes habría convenido en que no sufría una de tantas aberraciones que atormentan la vida interior del inadaptado sexual. Él era víctima, por el contrario, de un atroz malentendido, una burla cruel de su propio organismo.

Yo mismo lo llevé donde un médico de la ciudad que tenía la salita de espera llena de diplomas y atendía a las mujeres durante el embarazo. Nos aclaró que a la luz de la ciencia y a pesar de todas las cirugías existentes, las diferencias entre los sexos eran tan esenciales que "un varón será siempre un varón, y una hembra siempre una hembra".

Pero Orígenes vivía una noción distinta del tiempo y el espacio. Y la seguridad que proyectaba parecía cimentarse en el pensamiento de estar ungido para un suceso extraordinario.

Un día se declaró en ayuno, alimentándose solo de hostias y aguas aromáticas; nueve días estuvo sin probar bocado, pero al décimo se le despertó un deseo irrefrenable por las comidas más exóticas, jamás por él saboreadas. Otro día se despertó soñando una montaña de peces que se multiplicaban y persiguiendo sobre el mar una fila de ostras que volaban con un grupo alegre de niños adentro. Sintió calentura toda la mañana y fue en la comunión donde se le presentaron los síntomas definitivos.

Con el corazón encogido por la ansiedad, el padre Severo vio desde el altar cómo el hermano Orígenes se llevaba las manos a la cabeza y estaba a punto de caer desvanecido; lo vio abandonar con angustia y discreción la capilla, caminar agarrándose de las columnas de los corredores que dan al patio central en dirección a los lavabos y vomitar la cola viva de un pescado mientras gritaba "La tuya".

Esa noche, los perros no pararon de ladrar. Las olas del mar se encresparon, la marea se metió al convento y todos allí sintieron que los peces tropezaban con los zapatos y las cosas que habían dejado debajo de las camas. "Algo entró como un cometa y tumbó una de las paredes del fondo, en el fragor de la tormenta", recuerda Ambrosio.

En su dormitorio, Orígenes cayó en un éxtasis o arrobamiento y vio de pronto, fuera de sí, el cielo abierto, de donde bajaba, suspendida en el aire y recogida en sus cuatro puntas, una gran sábana. Percibió el batir de alas dulces en su cuarto, un ruido de cristales finos y el olor de sus propios huesos. Sintió en la boca las pulsaciones de sus arterias, entrando y saliendo de sí mismo y los latidos de su propio corazón.

Ambrosio, que lo vigilaba por órdenes de Severo y que, en razón de ello, ya conocía su animal dormido, se acercó a su cama, admiró sobre su piel todavía el misterioso resplandor de los atardeceres en el trópico, se enamoró por completo de su cuerpo y solo acertó a colocar sus manos sobre los senos rotundos y tibios que aún se levantaban como levadura de pan.

Orígenes despertó, lo vio ahí encaramado y lo miró con benevolencia. Por un instante no estuvo segura de si había soñado alguna vez que era hombre o si vivía ya en un sueño como mujer.Después empezó a levitar en la densa atmósfera de su propio éxtasis, que se mezclaba con la contemplación de compañeros y superiores. "A nosotros pertenece el querer, a Dios, el completar", dijo. Alguien se encargó de poner su grito en el cielo.

El padre superior vivió en su corazón la última esperanza de que Orígenes hubiera perdido el sexo, transformándose en un ángel, pero aquella misma tarde hablaron los médicos: "La delegación científica no puede dejar de constatar la evidencia de los hechos, su carácter excepcional y la ausencia de toda intervención humana".

(Fragmento de próxima novela. Feliz año en los 100 de EL TIEMPO.)

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