Arte / Mónica Meira: creación a toda prueba

Arte / Mónica Meira: creación a toda prueba

Texto tomado del libro sobre la artista de Villegas Editores y Seguros Bolívar (2010).

21 de diciembre 2010 , 12:00 a.m.

Hace algún tiempo, con unos amigos, organicé una lista de los mejores artistas visuales en dos dimensiones de Colombia durante el siglo XX. En ella, por supuesto, hay varias mujeres, aproximadamente veinte, porque todavía pienso que muy pronto algunos de estos nombres se esfumarán. Toda selección es arbitraria y por eso en esta no faltan nombres discutibles. Con muy pocas excepciones, son artistas nacidas a partir de finales de los años treinta y a lo largo de los dos siguientes decenios. Teniendo en cuenta sus trayectorias, la evolución y vigencia de sus obras y la importancia intrínseca de sus producciones, pinturas, grabados, dibujos, hay creadoras irrefutables. Una de ellas Mónica Meira (1949), cuyo trabajo profesional comienza a hacerse público desde los primeros setenta.

Hace más de medio siglo las artes visuales han ampliado el espectro de sus actividades con producciones transgresoras que sin duda han tenido acogida por parte de artistas que deseaban escapar a la repetición de los "ismos" de los primeros decenios de la centuria pasada. Han abundado propuestas insólitas que hoy permiten hablar de arte conceptual, "body art", "land art", instalaciones, vídeos, fotografías y un gran etcétera. Muchos de estos trabajos son importantes, sobre todo aquellos que abren nuevos horizontes de sensibilidad y demuestran inteligencia y creatividad. Pero al lado de esas producciones, las artes visuales tradicionales siguen plenamente vigentes. No es difícil hacer un recuento de un buen número de obras realizadas en los campos de la figuración y la abstracción en este mismo lapso.

A guisa de ejercicio sobre este punto, quisiera recordar con brevedad algunos nombres sobresalientes del arte figurativo, al que pertenece Mónica Meira, en torno de su cronología, es decir, omitiendo a los artistas nacidos a comienzos del siglo XX. Cito nombres de las exposiciones internacionales que se organizaron para destacar la presencia inocultable del arte de la figura humana en nuestro tiempo. Arte practicado, además, más cerca de la gran tradición del humanismo que del nuevo expresionismo surgido en los años setenta y ochenta. En la muestra inglesa "The proper study", "El estudio apropiado", organizada por The British Council en 1984, figuraron: Patrick Caulfield (1936), Graham Crowley (1950), Anthony Green (1939), David Hockney (1937) y John Lessore (1939). En la exposición "Representation abroad", "Representación en el exterior", abierta en el Hirshhorn Museum de Washington en 1985, se incluyeron al suizo Luciano Castelli (1951), a la norteamericana, radicada en Londres, Sandra Fischer (1947), a los alemanes Klaus Fussmann (1938) y Wolfgang Petrick (1939), a los españoles Antonio López García (1936) e Isabel Quintanilla (1938) y al colombiano Juan Cárdenas (1939), quien participó con once óleos, entre ellos uno titulado Paisaje con autorretrato y mujer, de 1982, en el que se distingue a Mónica Meira, esposa del artista, uno de los mejores representantes del arte colombiano.

Nacida en Londres, de padres argentinos, Mónica Meira llegó niña a Bogotá, donde estudió la primaria y el bachillerato y luego su carrera de Bellas Artes en la Universidad de los Andes. Ya casada, vivió en París de 1983 a 1987 y desde 1992 vive entre Bogotá y Nueva York. Su familia constituye un grupo muy especial. Juan Cárdenas es un maestro prestigioso de tiempo completo y sus dos hijos son también artistas muy bien preparados en Estados Unidos. En su núcleo hogareño se vive con discreción un mundo cultural excepcional. Todos están integrados en un ambiente internacional que carece por completo de esnobismo. El interés por las artes visuales, la música y el estudio en general es lo habitual. Todo esto hace que Mónica Meira sea una artista distinta, tan lejana de lo provinciano como de cualquier actitud de prepotencia. Conocedora de la historia del arte, observa con interés todas las manifestaciones artísticas de hoy, así no sean las más cercanas a sus propias inclinaciones. Diría, como Robert Hughes de Susan Rothenberg, su serenidad y talento están más allá de cualquier duda. La colombiana] ha sobrevivido al hartazón y vomitera cultural de principios de los ochenta, a la maníaca creación de estrellas y a la presión ejercida sobre el talento inmaduro. Su temperamento inquieto pero pausado, se hizo fuerte para resistir la desagradable experiencia de estar metida dentro de la olla a presión, en Bogotá mucho menos que en Nueva York, por supuesto.

Al terminar sus estudios de Bellas Artes en 1971, Mónica Meira ya había participado en varias exposiciones colectivas desde 1968, algunas de las cuales estaban consagradas a las artes gráficas
(Concurso de grabado Unesco, Biblioteca Nacional, Bogotá; "Dibujantes jóvenes", Biblioteca Nacional, Bogotá; "Grabadores y dibujantes de Colombia", Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá y Primera Bienal de Artes Gráficas, Museo La Tertulia, Cali). También había presentado una muestra individual en la Galería El Callejón de Bogotá en 1969.

Como sucedió en Europa y Estados Unidos ¿hacia donde seguimos mirando más que a Latinoamérica o cualquier otra parte¿, Colombia tuvo en los años setenta un arte sin tendencias predominantes. Es más, no es exagerado afirmar que, dentro del diverso surtido que se vio, no hubo novedades o aportes verdaderos, sino apenas desarrollos, prolongaciones, variaciones e incluso conclusiones de manifestaciones artísticas nacidas en los sesenta y, a veces, un poco más atrás. Un libro como Arte en los setenta, de Edward Lucie-Smith, sirve, entre otras publicaciones, para hacer esta aseveración. Por los premios que obtuvo Colombia en los setenta bien puede decirse que el país tuvo en ese decenio un verdadero boom de dibujantes y grabadores. Por razones vinculadas a su nivel de desarrollo, entre otras, Colombia no ha tenido un arte realmente próximo a la ciencia o a la tecnología. Por razones de idiosincrasia y de ámbito cultural tampoco ha tenido uno marcadamente experimental o dispuesto a seguir con facilidad todos los últimos gestos de la vanguardia internacional ¿las excepciones solo confirman la regla. Pero sí tiene, a más de unos pocos escultores y de unos cuantos pintores, una pléyade de dibujantes y grabadores, en buena parte de las últimas promociones.

Resulta oportuno recordar aquí la exposición "Dibujantes colombianos modernos. Un gran examen", de la que fui curador, en el Museo de Arte de la Universidad Nacional en 1987. Sin incluir a Fernando Botero, uno de los mejores dibujantes del siglo xx, la lista estuvo constituida por: Leonel Góngora (1932-1999), Jim Amaral (1933), Alfredo Guerrero (1936), Santiago Cárdenas (1937), Juan Cárdenas (1939), Pedro Alcántara (1942), Luis Caballero (1943-1995), Darío Morales (1944-1988), Álvaro Barrios (1946), Saturnino Ramírez (1946-2002), Francisco Rocca (1946), Alicia Viteri (1946), Miguel Ángel Rojas (1946), Mariana Varela (1947), Marta Rodríguez (1947), Éver Astudillo (1948), María de la Paz Jaramillo (1948), Mónica Meira (1949), María Cristina Cortés (1949), Liliana Durán (1949), Félix Ángel (1949), Diego Mazuera (1950), Óscar Muñoz (1951), Francisco López (1951), Gustavo Zalamea (1951), Cristo Hoyos (1952), Marta Guevara (1954) y Lorenzo
Jaramillo (1955-1992).

La extensa obra de Mónica Meira puede organizarse temáticamente en tres grupos: naturalezas muertas, figuras humanas y paisajes. Las figuras humanas incluyen numerosos retratos y los paisajes casi siempre personajes, algunos muy pequeños. Aprovecho el título Naturaleza muerta que la artista les dio a varios cuadros con composiciones de objetos especialmente femeninos a fines de los setenta y a comienzos de los ochenta ¿zapatos, guantes, carteras, telas con ricos diseños¿ para referirme a muchos trabajos del comienzo de su carrera en los que ella representó elementos inertes, desde algunos relacionados con el diseño gráfico y obviamente con el Pop Art ¿cajas de dentífricos, sobres de medicamentos, lápices, grifos¿ hasta un surtido bastante amplio de maletines, carteras, bolsas, botas, sombreros y telas, muchas telas. En algunas de estas obras no faltó la aparición de un rostro femenino en pequeños espejos circulares de cartera o fragmentos de piernas con zapatos en talegos de diseños coloridos.

Bien observada, en la producción de Mónica Meira no faltan los toques sutiles de humor o la nota furtiva de lo inusitado. Aunque la historia de la representación de objetos comunes se remonta a la antigüedad ¿piénsese, por ejemplo, en los frescos romanos¿, las naturalezas muertas se ven en abundancia desde el siglo xvi. En la centuria pasada uno de los motivos más frecuentados por las artes visuales fue el de las cosas cotidianas realizadas en dos o tres dimensiones ¿esculturas convencionales, ready mades y otros. El interés de la artista no solo por insistir en el oficio de la pintura con todas sus dificultades para lograr los mejores diseños, texturas, colores, luces y sombras según los objetos representados, sino por alcanzar la elaboración de formas puras que correspondan a su propia visión artística, hace que muchos de los cuadros de los años ochenta sean francamente importantes. Pongo como ejemplo el óleo Tela azul de 1986 (pag. 52). La lista de las telas pintadas en la historia del arte sería muy extensa, desde un Crivelli hasta un Hockney, pasando por Bronzino, Tiziano, Rubens, Velázquez, Fragonard, Ingres,
Degas, Morisot, Sargent, Klimt, para nombrar unos pocos.

 En la exposición ya mencionada "Dibujantes colombianos modernos" de 1987, Mónica Meira participó con tres trabajos de Bañistas de ese mismo año, dos realizados con lápiz conté y placa metálica sobre papel canson y uno con conté y pastel, también sobre papel canson. Tres años antes, en 1984, en la muestra titulada "El dibujo actual en Colombia", presentada en el Centro Colombo Americano de Bogotá, la artista expuso dos dibujos
denominados Sin título, hechos con carboncillo y conté ese mismo año. En el que se reprodujo en el catálogo se observa un retrato femenino ¿con algo de autorretrato¿ donde la figura surge de unos pocos trazos muy tenues para el torso y otros más fuertes para los ojos y la cabellera recogida con gorro de baño transparente. En esta segunda parte de los ochenta, Mónica Meira se afianza como dibujante y va a abundar en dos temas: retratos y autorretratos, y bañistas, producciones que continuará hasta los primeros noventa. Recuérdese, por ejemplo, la exhibición "Pinturas y dibujos" de 1990 en la Galería Garcés Velásquez en la que se vieron bañistas ¿mujeres y hombres¿ ejecutados con óleo y pastel, o la que tuvo el mismo nombre y se presentó en la Galería Arte La 10 de Medellín, 1992, igualmente con bañistas, ahora ante todo en grupos, también en óleos y pasteles. Sobre este tema la artista escribió: ... en los ochenta trabajé más la figura y el cuerpo; estaba buscando un desnudo que fuera algo especial para su tiempo. Veo en la historia del arte una obsesión con el cuerpo humano y encuentro diferentes abstracciones de éste que definen diferentes períodos. En los ochenta vi una mayor obsesión con el cuerpo humano, tratando de encontrar la medida perfecta en el gimnasio, con dietas, alimentos, procurando construir un nuevo cuerpo. Fui a la playa, tomé fotos y comencé a dibujar y a analizar la figura, buscando un nuevo desnudo y un nuevo cuerpo. La línea fue muy importante en estos dibujos. Comencé con una silueta como una forma dominante.

Los bañistas de Mónica Meira no tienen nada de eróticos. Están relacionados con la juventud, el bienestar y la satisfacción de vivir. Imagino que algunos de sus personajes tienen que ver con sus hijos y con algunos familiares y amigos cercanos. Muchos de estos trabajos ¿los pasteles Sin título de 1990 o los pasteles y técnicas mixtas de 1992, dedicados a aludir a las luces y sombras del día¿ permiten recordar la hermosa definición que Worringer dio del naturalismo: ...el acercamiento a lo orgánico y vitalmente verdadero, pero no porque se haya querido representar un objeto natural apegándose fielmente a su corporeidad, no porque se haya querido dar la ilusión de lo viviente, sino por haberse despertado la sensibilidad para la belleza de la forma orgánica y vitalmente verdadera y por el deseo de satisfacer esta sensibilidad rectora de la voluntad artística absoluta...

Desde el comienzo de su carrera hasta hoy, Mónica Meira ha hecho retratos y autorretratos. Uno de los primeros es un anciano sentado, un óleo de 1973. Entreverados con los autorretratos, algunos intencionalmente no tan fidedignos, la artista ha realizado efigies de personajes conocidos y allegados ¿el músico Rafael Puyana, el artista Luis Caballero,  el señor Ramón Raúl Meira-Serantes, en un pastel sobre papel de 1990, y otros más¿ y algunos muy recientes que la artista no ha mostrado en público. Son más abundantes los autorretratos que aparecen en los años ochenta, sobre todo desde 1987 hasta comienzos del siguiente decenio. Aunque hay óleos muy buenos, como el que representa su figura con un fondo de ojos y una lluvia de lágrimas, sus mejores autorretratos son los dibujos al pastel. De pequeños formatos, los rostros aparecen individualmente y otras veces reiterados. ¿Se trata de la misma modelo? Muy seguramente, pero hay ocasiones en que surge la duda porque la expresión anímica es pronunciada, a veces casi caricaturizada. En otros casos, eso sí, la efigie es de otra persona; en uno de esos retratos dobles, detrás de Mónica Meira, ¿no aparece Marta Traba? En general esta producción de la artista no se caracteriza por presentar una figura altiva o petulante. Todo lo contrario, Mónica Meira se muestra como es: discreta, descomplicada, con aire juvenil. La calidad de algunas de estas obras permite incluir el nombre de la artista en el grupo de los mejores realizadores de autorretratos del país, conjunto en el que se encuentran maestros como Obregón, Grau, Roda, Botero, Góngora, Guerrero, Juan Cárdenas, Caballero, Morales, Viteri, Muñoz y Zalamea.

Entre 1993-1996, Mónica Meira estudia en la Universidad de Nueva York y obtiene el Master en Artes; posteriormente hace una especialización de grabado en el Color Print Atelier de la misma universidad. A fines de 1996 reunió en una exposición de la Galería Diners numerosos grabados de esta época. Un conjunto sobresaliente que incluía desde intaglios en blanco y negro de 1994 hasta intaglios mezclados con aguatintas en superposiciones de 1996, pasando por grabados en metal con intaglios, aguatintas con intaglios y algunas combinaciones de estas con color. Trabajos donde es evidente el gusto de la artista por las técnicas mixtas y los resultados aleatorios de las impresiones. El tema que predomina en esta producción es el de la figura humana en costas marinas, al principio con recuerdos de los bañistas, particularmente por las actitudes de sus protagonistas. Estos, sin embargo, pronto pierden jerarquía y, en la playa o en medio del agua, se convierten en pequeños personajes en diversas posturas expectantes. Escenas semejantes se vieron por primera vez en 1995 en los acrílicos: En el exterior, Inmigrantes y Refugiados, en los que se ve un mar agitado que se extiende por los cuatro lados hasta los bordes de los lienzos. En medio del agua se vislumbran personajes diminutos, casi imperceptibles. Mónica Meira ha dicho: Mi trabajo es una búsqueda del significado, del significado de mi propia existencia, de todas las cosas, de la vida. De la condición humana y la condición de los inmigrantes en una nueva tierra y del factor de aislamiento que predomina en nuestro tiempo.

Entre 1996 y 1997 la artista repite el mismo paisaje costero y los mismos personajes desconocidos. En estos trabajos vuelve el color, a veces contrastado, a veces próximo a la monocromía. Muchas de estas pinturas son particularmente difusas, de manchas y trazos abiertos y solo precisan las pequeñas figuras humanas, que están muy bien dibujadas con líneas negras o exhiben colores muy diferentes a los del fondo. Aunque los títulos de estas obras ya no se refieren a los viajeros que han arribado desorientados a lugares desconocidos, las composiciones están sugeridas para crear una representación conturbadora. El paisaje
rodea a los personajes, pero no tenemos idea de su extensión. ¿Quiénes son estas figuras? ¿Qué están haciendo? ¿Dónde están? Algunas aparecen buscando algo, incluso están un poco agachadas; otras parecen descansar o meditar y no falta la que corre como un atleta, o la que se baña o la que pesca. Todas estas pinturas tienen claras connotaciones románticas e invitan a recordar los sentimientos de impotencia, inquietud, melancolía y soledad que permean los lienzos del alemán Caspar David Friedrich. De 1997 considero especialmente hermoso el extenso acrílico de casi dos metros de ancho que presenta un amplio espacio entre rosado y habano con finas sombras horizontales en el que alcanza a distinguirse una escalera donde se ven tres hombres, uno de los cuales, el de más arriba, pareciera levantar los brazos para llamar la atención ¿Horizonte).

De 1999 es el acrílico Cascada, uno de los primeros cuadros en los que el escenario deja de ser exclusivamente costero. En él, por el color verde seco, trabajado además con unas pinceladas
pastosas bien visibles, se puede pensar que se está ante un paisaje terrestre, así no falte el agua  ¿hecha de manchas blancas¿ de la cascada. Continúan, de 1998 y de comienzos de 1999, un buen número de acrílicos, algunos relativamente grandes, en los que sobre fondos espesos y casi siempre de colores muy mezclados, destacan las figuras que ahora se ven más activas: portan vallas y pancartas blancas sin leyendas, suben escaleras para pintar un cuadro que flota en el espacio, o sostienen objetos desconocidos a manera de cintas metálicas enormes con diseños de nubes o grandes planos transparentes. En el cuadro al que se alude ¿Muro, de 1998¿ el fondo deja de ser casi del todo pastoso para aparecer subdividido en planos geométricos dispuestos en diagonales. La composición está dominada por el amarillo que hacia la parte inferior del lienzo se mezcla con manchas grises y verdes oscuras. Sobre esta especie de escenografía abstracta, aparte de los personajes que sostienen con dificultad el muro delgado y de un bello amarillo matizado, se ven otros dos hombres, uno estático, otro caminando.

Una vez más estamos ante unas pinturas insólitas. Relacionarlas con la imaginería del surrealismo no tiene mayor sentido, toda vez que estas representaciones intrigantes no son ni ilustraciones
oníricas, ni pesadillas calenturientas. En 2001, Mónica Meira se refirió a estos cuadros así: En el paisaje busco contrastes, en las pinceladas y texturas con amplias superficies de color y pequeñas imágenes, como un collage de figuritas tratando de fijar un momento, un lugar, un sentimiento. La gente se ve delimitada contra fondos texturados que sugieren océanos, tierras, playas o montañas. Es como una metáfora de la vida, de nuestra propia existencia. Nacimos en un país, en una ciudad, en un lugar; estamos colocados en un gran escenario, en un determinado momento. Por otra parte, la gente en mis pinturas está siempre haciendo algo, trabajando, mirando, caminando. Trato de encontrar las diferentes posibilidades con el cuerpo en diferentes acciones. En efecto, en estos cuadros pareciera que todo fuera normal, común, ordinario. Sin embargo, luego de una nueva revisión, cuando además se puede apreciar la calidad de la pintura, surgen muchos interrogantes, muchas suposiciones encontradas y tal vez la certeza de que lo que la artista nos muestra son alegorías del sinsentido de muchas acciones humanas.

 En los últimos años, Mónica Meira continúa con las composiciones de paisajes con figuras, en las que se afianza como gran pintora de acrílicos, sin abandonar sus dibujos al carboncillo, pero cada vez nos sorprende más con el contenido de sus creaciones. ¿Qué significan propiamente estas escenas de personajes en medio de espacios desolados, terrenos abruptos, precipicios, grandes peñascos y piedras enormes volando? La artista nos ha dicho que sus cuadros son metáforas de la vida, que estamos acaso en un gran escenario, en un determinado momento y, pensando en sus viajeros o inmigrantes de hace algunos años, también nos ha comentado de la soledad inherente a la condición humana. Muy bien, todo esto lo podemos colegir, pero, al mismo tiempo, seguimos con incertidumbres. Hace poco en este mismo texto consigné que la obra de Mónica Meira no tiene ninguna proclividad surrealista y que lo más seguro es que su intención es la de aludir alegóricamente al sinsentido de muchas acciones humanas. Sí, creo que esto también se puede suponer, pero tampoco me siento satisfecho con las explicaciones.

¿Qué hacer entonces? Nada mejor que recordar a Umberto Eco en su brillante ponencia en 1958 sobre "El problema de la obra abierta", en que nos recuerda que en la noción de "obra de arte" van implícitos dos aspectos: a) el autor da comienzo a un objeto determinado y definido, con una intención concreta, aspirando a un deleite que la reinterprete tal como el autor la ha pensado y querido; b) sin embargo el objeto es gustado por una pluralidad de consumidores, cada uno de los cuales llevará al acto del gustar sus propias características psicológicas y fisiológicas, su propia formación ambiental y cultural... El autor generalmente no ignora esta condición del carácter circunstancial de todo deleite, sino que crea la obra como 'apertura' a estas posibilidades, apertura que, no obstante, oriente las posibilidades mismas en el sentido de provocarlas como respuestas diferentes pero afines a un estímulo en sí definido... El desarrollo de la sensibilidad contemporánea ha ido acentuando poco a poco la aspiración a un tipo de obra de arte que, cada vez más consciente de la posibilidad de 'diversas' lecturas, se plantea como estímulo para una libre interpretación orientada solo en sus rasgos esenciales... Ya en las poéticas del simbolismo francés de la segunda mitad del siglo xix puede verse que la intención del poeta consiste en producir, es cierto, una obra definida, pero para estimular un máximo de apertura, de libertad y de goce imprevisto. La 'sugestión' simbolista trata de favorecer no tanto la recepción de un significado concreto cuanto un esquema general de significado, una estela de significados posibles, todos igualmente imprecisos e igualmente válidos, según el grado de agudeza, de hipersensibilidad y de disposición sentimental del lector...

O del observador de una película o de una obra de artes visuales. Si aceptamos las pinturas y dibujos de Mónica Meira como obras abiertas tendremos la gran satisfacción de apreciarlas como trabajos de gran oficio y también, y sobre todo, como dispositivos plenos de inventiva de todos los significados que queramos. Hagamos el ejercicio de estudiar unos cuantos de sus acrílicos del decenio actual, analizando las formas y describiendo los temas, dejando sin comentarios los contenidos y significados. Del año 2000, estos cinco: No, Mezcla, Amigos, Plantación y Tres piezas. El primero es el que tiene las pinceladas más visibles, en una mezcla de amarillos, naranjas, cafés y negros. Representa una altura pronunciada y casi vertical en la que se divisan personajes con pancarta y carteles amarillos sin leyendas. Arriba alcanza a verse el borde de la altura y algo de un cielo nublado en el que se distinguen dos figuritas que también tienen carteles amarillos. El segundo está dominado por manchas rojizas que invaden todo el lienzo. En el centro un hombrecillo, instalado en un plano amarillo, arroja una substancia amarilla, puras manchas amarillas. El tercero exhibe personajes detenidos en un grupo, acompañados de cuatro perros y tres figuras más, aisladas, que parecen trabajar con líneas rectas rojas; todas estas efigies sobre un fondo pastoso de manchas
amarillentas y cafés, en una vista desde arriba, observada de la parte inferior a la superior. El cuarto es también una amplia vista desde arriba en la que en un terreno irregular hay un grupo de varios personajes trabajando ¿algunos con las inclinaciones de los campesinos de Millet¿ sobre un piso, a manera de una alfombra irregular que está pintada de amarillo en el centro y poco a poco se vuelve verdosa hasta concluir, en la parte inferior de la izquierda, en un césped donde medita sentado un hombre acompañado de un perro que mira hacia los campesinos. Y el quinto  ¿Tres piezas¿ muestra dos figuras, una mujer y un hombre, que observan una pirámide blanca, instalados en la parte inferior del abismo de una montaña de empastes más suaves de colores verde, café y amarillento.

De 2001: Montaña roja con figura, en el que arriba en una especie de socavón rojizo se distingue un hombre laborando, de nuevo, como algún labriego de Millet. Cerca del personaje hay un perro y una gran humareda muy blanca. Espectadores, cuatro figuras masculinas vestidas observando a un quinto hombre que maneja dos planos separados azules, uno de bordes rectos y otro con un extremo curvo; todos sobre un plano inclinado de manchas enérgicas, predominantemente rojizas. Y Por el suelo, con fondo de pinceladas naranjas, permite observar cuatro figuras de trajes negros que sostienen un plano irregular de color azul y una quinta que arrastra por la pendiente un gran plano, posiblemente de vidrio.

De 2002: Pendiente con dos figuras, con un gran precipicio hecho de manchas visibles amarillas y cafés en el que se observan dos hombres que sostienen una cinta-mancha de color naranja. Figura de espalda en cerro, de nuevo un precipicio de manchas amarillas con verde y negro en el que se distingue una figura ¿que bien observada no está desnuda¿ que trabaja en la instalación de unos cartones blancos sobre un hilo que se alcanza a descubrir. Monte con cubo verde, una pendiente entre negros, verdes claros y amarillentos que sirve de escenario a un hombre que sostiene una escalera, localizado en un cubo que se está hundiendo. Y Montaña negra con llamas, un terreno dominado por las pinceladas que exhiben diversas orientaciones y que a veces se constituyen a manera de planos empastados, sirve de piso a una escena en la que varias figuras actúan en un ritual en el que llaman la atención siete postes con llamas.

De 2005: los carboncillos Guardián y Jaladora. En el primero, un perro blanco sentado y de perfil custodia un campo poblado de peñascos redondeados y muy bien sombreados. En el segundo, sobre un fragmento de volumen difuminado, se ve a una mujer que parece sostener con una línea fina una especie de volumen rocoso en proceso de desvanecerse. Y del mismo año dos acrílicos espectaculares y de extensión llamativa: Siete en punto y Paseo. En el primero flotan unas seis a siete piedras, de las cuales tres son bastante grandes. Parecen sin mucho peso y sobre dos de ellas se ven figuras aparentemente en descanso. Las líneas que rodean las piedras habitadas nos llevan a otra casi triangular que, amarrada, sostiene tres personajes que por su actitud nos hacen caer en cuenta de que están sobre piso. En el segundo, rocas, más que piedras, también parecen flotar en el espacio. Si miramos hacia abajo, descubrimos una verdadera lluvia de piedras. Sin embargo, los personajes que se ven en esta especie de cataclismo se ven tranquilos: esperando, observando inmutables, caminando. Hay una excepción: una figura que da la espalda porque... Bueno, imaginen lo que quieran...

De 2006, entre otros, Las sillas en el que en una hondonada pastosa y espesa caminan sin dificultad cuatro figuras, una mujer de vestido azul que porta una larga regla blanca y tres hombres que cargan sillas blancas. Cerca de ellos, otro hombre, sentado con las piernas cruzadas en otra silla blanca, parece mirarnos. Al llegar aquí con el recuento de lo que se observa en estos paisajes con personajes, resulta evidente que Mónica Meira no está haciendo pintura realista y menos pintura surrealista, y que sus cuadros son, ante todo, producto de una imaginación que no tiene ninguna connotación apocalíptica y sí mucho de reflexiones sobre el azar, el disparate e incluso el divertimento. Lo que se detecta en estos trabajos surge sin duda de las inquietudes de la artista e incluso de sus fobias ¿sabemos, por ejemplo, que detesta ver desde las alturas¿, pero, a la larga, estas no son extravagantes sino que coinciden con las de la gente actual que tiene tantos temores fundados y tantas premoniciones sombrías. De la misma generación de la artista colombiana son varios creadores latinoamericanos, cuyas producciones, en diferentes estilos, tienen la misma carga emocional y el mismo interés por escrutar las preocupaciones actuales. Son los casos del cubano Tomás Sánchez (1948), Víctor Hugo Irazábal (1945) de Venezuela, Luis Zerbini (1959) de Brasil, Armando Rearte (1945) de Argentina y Roberto Geisse (1954) de Chile. Al lado de los trabajos de estos artistas, la obra de Mónica Meira es francamente excelente.

Al referirse a los paisajes de Claude Monet, Mario Vargas Llosa dijo que tres ingredientes son indispensables para que aparezca un gran creador: oficio, ideas y cultura. Lo primero es todo lo que tiene que ver con creación de una obra en términos técnicos; las ideas expresan siempre algo personal y demuestran la originalidad del artista y la cultura es el aporte de una producción a la tradición que deberá renovarse. Estos ingredientes son fáciles de apreciar en los sorprendentes paisajes de la colombiana.

Por Germán Rubiano Caballero

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