Se aguó la fiesta

Se aguó la fiesta

El invierno le bajó el ánimo al país, y obliga a Santos a demostrar qué tan buen Presidente es.

19 de diciembre 2010 , 08:11 p.m.

Hace pocas semanas, tras la muerte del 'Mono Jojoy', el país nadaba en optimismo. Según el Gallup Poll, el 61 por ciento de los encuestados creía entonces que las cosas en el país iban mejorando. Aparte de ese golpe, el presidente Juan Manuel Santos había optado por dejar atrás las confrontaciones que caracterizaron la última época de Álvaro Uribe, y lo mismo frente a las cortes que frente a Venezuela y Ecuador se había comprometido en una política de distensión que los colombianos recibían con alivio.

Para completar el esperanzador panorama, el ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverri, reiteraba sus predicciones optimistas con respecto a que Colombia regresaría a tasas de crecimiento económico del 5 y el 6 por ciento, en buena medida gracias a una bonanza minera que sería la cereza que haría aún más apetitosa a Colombia para la inversión extranjera.

Y de pronto, qué tristeza, las esperanzas se ahogaron en el desastre invernal. De nuevo, el Gallup Poll puso el termómetro: el porcentaje de encuestados que ahora cree que las cosas están mejorando cayó al 42 por ciento. Con su secuela de barrios ilegales barridos por las avalanchas y convertidos en campo santo, desbordamientos de los principales ríos anegando cultivos y ahogando reses, y cientos de derrumbes en la ya limitada red de carreteras, el invierno aguó la fiesta con que había arrancado el mandato de Santos.

Los muertos se cuentan por centenares; las familias sin techo, por cientos de miles, y las hectáreas de cultivos anegadas, por millones. Un duro recorderis para el ministro Echeverri y para todos de la fragilidad de nuestras posibilidades de prosperar. Nadie puede culpar al Ministro por lo ocurrido, ni más faltaba. Pero hace algunos meses, en esta misma columna, dije que prefería un ministro de Hacienda menos optimista, más precavido en sus proyecciones.

El costo de la catástrofe ronda los doce billones de pesos, equivalente a dos veces los presupuestos de Medellín, Cali y Barranquilla sumados. Como proporción del PIB, no está lejos de lo que costó el rescate del sector financiero tras la crisis de fines de los noventa. Pero hay una diferencia: superada esa crisis, la plata que puso Fogafín y que salió de los bolsillos de los contribuyentes, en los años siguientes la devolvieron los bancos rescatados, y con intereses, como debía ser.

En este caso no ocurrirá lo mismo. Lo que sí será igual a aquella crisis -que hundió la construcción de vivienda, gran generadora de trabajo- es que el desempleo se va a disparar: cientos de miles de desplazados por el invierno llegan ya, con las manos y el estómago vacíos, a las ciudades en busca de sustento.

El caso del sur del Atlántico es descorazonador. Una región que durante décadas construyó algo de prosperidad gracias a cadenas productivas basadas en el agro vio desaparecer, de la noche a la mañana, cientos de pequeñas empresas agropecuarias, industriales y del comercio, y decenas de miles de empleos. Todo porque ninguna autoridad se ocupó de fortalecer el dique que, como en otras ocasiones en el pasado pero esta vez en mayor proporción, se reventó y acabó así con la economía de la región.

Y es que no toda la culpa es del invierno. Hay mucha responsabilidad en las corporaciones autónomas regionales, que debían prevenir con obras estos desastres y que por años se feriaron billones de pesos, a punta de corrupción y politiquería. El gobierno debe utilizar el régimen de emergencia que decretó para intervenirlas, quitarles la plata que dilapidan y, con esos recursos, enfrentar parte de la catástrofe.

Pero hará falta muchísimo más para superarla. No es exagerado decir que, en el complejo y desafiante proceso de enfrentar esta tragedia, los colombianos medirán qué tan buen Presidente y qué tan buen Gobierno tienen.

mvargaslina@hotmail.com

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