La cárcel también puede ser un aula de clases

La cárcel también puede ser un aula de clases

Tres mujeres recluidas en El Buen Pastor cuentan cómo estudiar les da una esperanza.

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04 de diciembre 2010 , 10:51 p.m.

María Helena Gabaldón, de Chihuahua (México) no parece una criminal, pero desde hace año y medio purga una condena por narcotráfico.

Cuenta que su drama comenzó en un lugar abatido por la violencia, en el que las masacres y los tiroteos se encuentran a la vuelta de la esquina y los niños en las escuelas tienen que pagar para que no los maten. Allí, también conoció a su pareja, un hombre que le presentó a un narcotraficante que le dio el visto bueno como 'mula'.

En compañía de su suegra llegó a Bogotá el 25 de marzo de 2009. Aquí, un sujeto la condujo a un apartamento cercano a Plaza de las Américas. "Allá, me encerraron y al día siguiente un hombre que llegó al lugar me hizo una pregunta que nunca se me olvidará: ¿Cómo prefiere llevar la droga: en unos tenis, en una toalla higiénica o dentro de un consolador puesto?".

Al noveno día María llegó al aeropuerto con la garganta seca. Sólo se tranquilizó cuando los perros pasaron de largo. Así ocurrió con todos los controles, pero cuando fue a abordar el avión, la llamaron por su nombre. "En el cuarto de narcóticos estaba mi suegra. Ella me dijo: otra inocente que cae. Estaba claro, me habían sapeado. Traía conmigo tres kilos de heroína".

Fue sentenciada a cinco años y ocho meses en El Buen Pastor, donde una extranjera sin papeles no tiene cómo demostrar grado de escolaridad.

María Helena quería hacer un curso del Sena pero como no tenía papeles no la dejaron. Por eso validó hasta noveno grado, luego de varios meses de capacitación. Otras 33 internas finalizaron sus estudios gracias a un proyecto liderado por el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) y el Colegio Distrital Delia Zapata Olivella.

Esta oportunidad no sólo le ha cambiado el panorama sino que la saca por unos segundo de las paredes grises y los barrotes en los que transcurre su vida.

Pero ella no es la única que vio en los libros y en las tareas una oportunidad. Íngrid Moreno, de 26 años, una mujer que conoció las peores ollas de bazuco y que fue capturada por robar el celular de un hombre, dice que "gracias a que tengo grado noveno pude estudiar pastelería", afirma con una sonrisa sin dientes, pues un carretero la golpeó con un guacal cuando ella se negó a practicarle sexo oral por dos mil pesos.

El estudio y tener hijos se convierte en otra motivación para salir del penal. Viviana Hoyos, una manizalita de 23 años, repitió cursos que ya había hecho, con tal de estudiar en el Sena y conseguir trabajo. Ella fue condenada a cinco años de cárcel, presuntamente, por ser cómplice del robo de un almacén.

Todas saben que les faltan días de encierro, sin visitas; de rondas por el mismo patio frío y ante la mirada vigilante de las guardianas. Sólo los libros las elevan a la remota esperanza de que, algún día, podrán darles un mejor futuro a sus hijos y resarcir un error que les costó vivir alejadas de lo que más aman: la libertad.

Los cargos

Viviana Hoyos
Fue condenada a cinco años de cárcel, presuntamente, por ser cómplice del robo de un almacén de venta de accesorios.

María Helena Gabaldón
Por intentar sacar droga fue condenada a 5 años y 8 meses.

Íngrid Moreno
Fue capturada por robar el celular de un hombre en una buseta.

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