Camacho Ramírez: Centenario

Camacho Ramírez: Centenario

Estos son algunos poemas suyos, facilitados por la Casa de Poesía Silva de Bogotá.

25 de noviembre 2010 , 12:00 a.m.

Arturo Camacho Ramírez (Ibagué 1910 - Bogotá, 1982). Escritor, poeta y periodista. Perteneció al grupo poético Piedra y Cielo. Entre 1954 y 1964 dirigió y condujo el programa radial ¿Cuál es su hobby?en la emisora HJCK. Obra poética: Espejo de náufragos (1935), Presagio de amor (1939), Cándida inerte (1939), Luna de arena (1943), Oda a Carlos Baudelaire (1945), La vida pública (1962), Límites del hombre (1964) y Carrera de la vida (1976). Su último libro Asuntos del extasiado fue publicado en 1986 por Procultura.  
 
La vida pública
(Fragmento)
De cierto os digo que los publicanos y las rameras os  van delante al reino de Dios.
San Mateo Vers. 31, Cap. XXI

Una mujer iba en la noche
a través del mundo y la vida.
La iluminaba solamente
el relámpago de su herida.
 
Iba consternada de amor,
usado, raído, suntuoso;
era una costa golpeada
por una resaca de lodo.
 
Su cuerpo era un oscuro valle
hostigado por las campanas
cuyo largo tañido fúnebre
la envolvía desamparada.
 
Un amargo y espeso clima
la estremecía de silencio,
defendiendo su corazón
como la piel defiende al cuerpo.
 
Su corazón era un racimo
de uvas recién desolladas,
embebido por un licor
espirituoso de venganza....
 
Abril
 
Abril, espacio de la poesía,
mes cruel de la distancia y la amargura;
cuánto hubieras podido ser ternura
hoy que estuvo su mano entre la mía.
 
Mas fuiste abril, amargo en este día
como un octubre de mirada oscura;
no mies cortada de mujer madura
sino hiperbórea mordedura fría.
 
El mundo está, sin ella, deshojado,
como un invierno gris desamparado
en vez de primavera y alegría.
 
Y en medio de tristeza y plañidura,
así está su belleza en mi ternura
como la ausencia en la melancolía.
 
A un amigo muerto
 
Nadador enredado en la tiniebla:
cuánto galope de ala vacilante!
Cómo fuiste a cortar con tu diamante
la luz humedecida que la puebla.
 
Alma de pez, saeta que indelebla
el blanco de una lágrima ambulante.
A qué manos profundas, coribante
labrador, vas a lumbre entre la niebla.
 
Cómo en tu espalda floreció ese bosque
de plumas tremulantes en la bruma
que obnubila los ojos y los vierte.
 
Sin un ramaje tibio que te embosque
-sollozo de canción, viento y espuma-
en qué playa naciste con la muerte.
 
El día de la muerte
 
Lleno de certidumbres como un muerto
cuyo esqueleto se ama con la tierra,
ando de mar a mar, de puerto a puerto
pidiendo olvido y perdonando guerra.
 
Y voy entre sonámbulo y despierto,
hecho a un amor de duelo que me aferra
la voz y oprime su vocablo yerto
como ceniza que al invierno aterra.
 
El día de mi muerte está en mi mano,
turbia moneda gris, lento pañuelo,
en vez de áurea medalla o vela henchida.
 
Y yo la pongo al borde del verano
como un mordiente y trágico señuelo
que enceguezca los ojos de la vida.
 
Mujeres de otro día
                               
Estas mujeres fueron bellas:
en las orillas de su alma
anchos paisajes balancearon
su ardor de inéditas distancias.

Eran como tierras sin nombre
en espera de ser llamadas,
llenas de palmeras fragantes
que vibraban al sol como arpas.

La brisa errátil de los trópicos
les despeinaba las miradas
dispersas hacia el horizonte
como un rebaño de cabras.

Su cuerpo tenso como un arco
se erguía sobre la esperanza
lleno del intenso temblor
de la flecha no disparada
y todas se iban apagando,
esperando al que no llegaba.
 
Estas mujeres fueron bellas
y había una que yo amaba.
Yo tenía siete años dulces
como el corazón de la caña.

Senos morenos como nísperos,
ojos de estrella y voz de agua,
ella ardía como una esencia
esperando al que no llegaba.

Yo tenía siete años dulces
y aún no tenía sino alma,
y la veía consumirse
mientras mi instinto se alargaba.
                                   
Un día yo tuve veinte años,                                                     
llenas de fuerza las entrañas
y corrí loco tras la estrella
de aquel mito de mi infancia;
ya tenía instinto y deseo:
podía ser el que no llegaba.

Llegué cuando ya se caían
como sauces sus miradas,
cuando sus cabellos barrían
las cenizas de la esperanza
que volaban sobre sus ojos
en un lento otoño de lágrimas.
 
Estas mujeres fueron bellas
y envejecieron como ramas
que se cortan para la hoguera
que ha de hacer la vida más clara.

Hoy yo tengo veinte años fuertes
como banderas desplegadas,
hoy ya mi instinto y mi deseo
se erigen al sol como lanzas
y cuando paso, esas mujeres
que fueron bellas en mi infancia,
murmuran resignadamente:
Así era el que no llegaba.

Llegada?
 
Por esa mano de mujer, tendida,
-domadora de sueños y deseos-
que le peina la luz a las estrellas.
Por ese beso náufrago,
que no encontró la isla de una boca
y prefirió rodar en el vacío
a morir ahorcado en las pestañas.
Por ese barquichuelo que enloquece
en nuestra sangre sin itinerario,
prófugo de una angustia
que el corazón cultiva como un surco
de poemas sin nombre y sin palabras,
qué sueños dolorosos,
qué transfusión de absurdas esperanzas,
ha de sentir mi olvido, congelado,
en la puerta que cierra el infinito
a este libro,
que nació como un barco,
lleno de gentes que se gritan,
sin comprenderse nunca,
la soledad de cada uno en todos,
la soledad de todos en la tierra!
 
CARACOLÍ SIN FLOR les dio la vida:
él los reúne, los comprende, espera,
aún, entre su fronda estremecida.
 
SABINO
 
Guajira, con sus rumbos
de disparos y lágrimas,
con sus altas mujeres
soñando en la distancia,
de cuerpos defendidos
y ánima encerrada;
Guajira, con banderas
de sangre en la mirada
y un río demorado
de muerte en la garganta;
Guajira, cuyo mar
le vio rodar el alma:
Dale la despedida
final a su esperanza.
 
CORO
 
Aquí está contra su pecho
La Guajira,
que tiene labios de sal,
y espumas en las pupilas,
corazón de yotojoro,
sangre, leche y agua indígenas.

Ay, la Guajira!
Lágrimas de aire y arena,
espíritu de ceniza,
con amplias venas de sed
entre angustia y agonía.
 
Agua de la muerte, única,
que calma tu sed, Guajira.
 
Doncella de amor siniestro,
violada y escarnecida,
sin más ley que la aventura
ni más dios que la conquista!
(Sólo se escucha el amplio
y batiente sonido del viento y el mar):

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