Un país de bandidos

Un país de bandidos

La sabiduría de Tomás González consiste en contar el poderío de las cosas elementales.

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13 de noviembre 2010 , 06:29 p. m.

La vida como universo imaginario de todos. Rodeado de una áspera y prodigiosa naturaleza, González, en la novela Abraham entre bandidos, nos sumerge en el mundo psicológico de la violencia.

Un mundo cuyas raíces mantienen frescas las heridas de una guerra interminable. De odios irreconciliables.

Abraham, un finquero acomodado venido a menos, llega un día a su finca, que se halla tomada por bandoleros. Y uno de los cabecillas, Medina, es un amigo de la infancia. Eso no basta para que se alcen con él.

Aunque los hechos ocurren en un pasado concreto, 1954, entramos en un laberinto del horror que fácilmente retrata el presente nacional. La novela está narrada en dos instancias: el cautiverio de Abraham con sus peripecias, ignominias y reflexiones en la selva, y la angustia de la familia que se halla incomunicada cruelmente.

En ese ir y venir, el escritor reconstruye con minucia el gran lienzo de una familia, y al mismo tiempo, de un país. Es diciente cuando la esposa de Abraham, averiguando sobre su paradero -un civil metido a las malas en el conflicto-, es atendida por un coronel, quien, sarcástico, le dice que informes de Inteligencia confirman que lo raptó un bandolero liberal, y que Abraham "es de esos", es decir, liberal. Y la mujer indefensa le reclama que "el Ejército está para proteger a todos".

Esos detalles, pormenores que González entrelaza con sutileza, nos llevan a atar cabos y entender que después los liberales traicionaron a los bandoleros y se aliaron con los conservadores, y los bandoleros se volvieron guerrilleros y luego criminales y después, para atajarlos, la clase dirigente y el Estado se unieron diabólicamente con narcotraficantes y paramilitares y, ampliando el título del libro, Colombia se volvió un país de bandidos.

No sé si la intención de Tomás González era esa, pero uno como lector en las actuales circunstancias presiente que la espiral de violencia sigue viva como una culebra.

Al final, cuando Medina, acorralado, se dinamita a sí mismo y a unos soldados y un oficial que lo rondan, el narrador reflexiona escéptico que con su acto no logró "la libertad de país alguno, mucho menos rescatado a nadie de la servidumbre, pero con valentía en nada menor a la que, cada cientos de años, ciertos seres humanos predestinados han demostrado en la defensa de las más valiosas causas".

Y luego la vida rodeada de muerte sigue como si nada, y las palomas vuelan sobre las montañas, "libres en apariencia... en realidad agrupadas por el cielo".

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