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Editorial / Cada uno en lo suyo

Editorial / Cada uno en lo suyo

Todo indica que la de Seúl será una escala en la que los grandes temas seguirán sin definición, pues el mensaje del G-20 es que es mejor hablar, al tiempo que cada uno se defiende solo.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
11 de noviembre 2010 , 12:00 a. m.

No son buenos los augurios que rodean la cumbre de naciones que integran el Grupo de los Veinte, cuyas deliberaciones comenzaron en Seúl en medio de un cruce de dardos que genera más interrogantes que respuestas.

 La razón fundamental es que las dos economías más grandes del mundo, Estados Unidos y China, han venido tomando medidas en forma unilateral, mientras se quejan de la falta de cooperación de los demás. Como si lo anterior fuera poco, los europeos han preferido el camino de la austeridad fiscal con el fin de reducir los déficit de los diferentes gobiernos del Viejo Continente y los elevados niveles de deuda pública, algo que Washington no comparte.

Esa especie de desacuerdo a tres bandas hace difícil que surja humo blanco a la hora de encontrar una solución de consenso entre un club de países que aporta cerca de cuatro quintas partes de lo que produce el planeta en un año. Si bien todos los mandatarios presentes en la capital de Corea del Sur coinciden en que hay un desequilibrio evidente tanto en los tipos de cambio, como en el crecimiento y los flujos de comercio internacionales, nadie quiere hacer sacrificios.

Por tal motivo, aunque seguramente el comunicado final hablará de acuerdos, lo más probable es que estos sean más gaseosos que sólidos. Sin duda, tendrá lugar un llamado a la búsqueda de metas conjuntas de prosperidad global, pero lo que importa en estos casos no sólo es identificar los objetivos, sino especificar la manera en que se piensan conseguir.

Así ocurre, por ejemplo, con la llamada 'guerra de monedas', que tantas perturbaciones ha causado. De un lado, se encuentra China, acusada de mantener artificialmente baja la cotización del renminbi, con el propósito de seguir creciendo a punta de mayores exportaciones.

Del otro, aparece Estados Unidos, que critica a Pekín cada vez que puede, pero que adelanta una agresiva política de inyectarle dinero a su economía para mantener las tasas de interés en un nivel mínimo y, de paso, conseguir que el dólar se deprecie en los más diversos mercados.

Mientras eso ocurre, tanto europeos como latinoamericanos pagan los platos rotos, pues les queda difícil competir con los productos que venden los dos primeros.

Pero, a pesar de las quejas de los damnificados, es poco probable que estadounidenses o chinos cambien de política, así se muestren los dientes. Una prueba de ello fue la actitud de una agencia calificadora de riesgo que depende de Pekín y que decidió bajarle la calificación a los papeles de deuda norteamericanos, con el argumento de que su capacidad de pago es menor que antes.

La determinación es más simbólica que real, pero sirve para recordarle a Washington que el país que más tiene títulos denominados en dólares es China y que no es buena idea para nadie maltratar a quien le presta dinero.

En medio de tan profundos desacuerdos, hay algunas cosas para mostrar. Así, el Fondo Monetario Internacional tuvo una profunda reforma en el poder de voto de algunos de sus integrantes.

También, en materia de supervisión bancaria hay nuevos instrumentos de seguimiento, orientados a lanzar alertas tempranas. Es posible, incluso, que se acepte calificar de inconveniente a uno que otro desequilibrio.

No obstante, las divisiones son tan grandes que es casi imposible moverse al unísono. Una de las razones principales es que la sensación de urgencia que existía hace un par de años, cuando el Grupo de los Veinte saltó a la palestra durante una cita en la Casa Blanca, ha desaparecido. Por tal motivo, la maduración de decisiones de fondo va a tomar un buen tiempo, quizás hasta que llegue la próxima crisis.

Sin duda, el principal asunto en la lista de pendientes es qué hacer con el dólar, una moneda que cada vez menos quieren, pero que por ahora no tiene reemplazo. Hace unos días el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, llegó al extremo de decir que el oro debería volver a ser un punto de referencia, en lo que parece ser una propuesta para regresar al pasado.

Pero el silencio que siguió al planteamiento sugiere que ni Washington quiere dar un paso atrás, ni los demás tienen cómo darlo hacia adelante. Debido a ello, la de Seúl será una escala más en la que los grandes temas seguirán sin definición, ya que por ahora el mensaje de los integrantes del G-20 es que es mejor hablar, al tiempo que cada uno se defiende solo.

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