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La 'vendetta' contra Uribe

La 'vendetta' contra Uribe

Ataques contra el ex presidente, en el país y en el exterior, no hacen más que mantenerlo vigente.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de noviembre 2010 , 06:25 p. m.

Mientras los furibistas se salen de casillas y consideran anatema cualquier cuestionamiento contra Álvaro Uribe, con la misma ceguera de estos altisonantes defensores, algunos antiuribistas radicales andan empeñados en quemarlo en la hoguera, ya sea en Colombia o en el exterior. En el país, a diario aparecen filtraciones de supuestas declaraciones en el caso del DAS, que apuntan a que algo -una línea, una frase, una palabra- señale al ex mandatario como el cerebro detrás de las chuzadas.

A los pocos días, esas mismas filtraciones dicen lo contrario, como ocurrió con la ex subdirectora de operaciones del DAS Martha Leal. El público ya no sabe qué pensar, pero en todo caso se ha llenado de prevenciones. Soy un convencido de que, en este caso, la gran responsabilidad de Uribe es política, en especial por el nombramiento que hizo, al inicio de su primer mandato, de Jorge Noguera al frente de ese organismo. El DAS ya venía mal, muy mal, pero quienes llegaron con Noguera lo convirtieron en una extensión del mando paramilitar al punto de participar en execrables crímenes, como el asesinato del inolvidable profesor Alfredo Correa de Andréis.

Mientras esto ocurre en el país, en el exterior comienzan a aparecer algunas ONG decididas a enredar a Uribe en cualquier proceso que se abra, lo mismo en Estados Unidos que en España, por violaciones de los derechos humanos. Buscan darle al ex presidente el mismo trato que recibieron las juntas militares que desataron en el Cono Sur la tristemente célebre 'Operación Cóndor', para aniquilar, por vía de desapariciones, masacres y torturas sistemáticas, a los movimientos de izquierda marxista.

Y es posible que algún golpe logren propinarle. Pero hasta el juez Baltasar Garzón, que tanto se mueve en estos terrenos, sabe que Álvaro Uribe no es Augusto Pinochet ni Jorge Videla, los dictadores que ensangrentaron a Chile y a Argentina en los setenta. Ni siquiera es Alberto Fujimori, que terminó enredado en las siniestras cuerdas de una red de corrupción montada por su álter ego, Vladimiro Montesinos.

Es verdad que Uribe cometió errores, como el ya señalado en el tema del DAS. Y que se equivocó aún más cuando se dejó arrastrar por sus áulicos a la búsqueda de una segunda reelección, que, de haberse abierto camino, lo habría equiparado al menos con Fujimori. Pero lo detuvieron las cortes, porque, a diferencia de esos dictadores, Uribe toleró -a regañadientes- altos tribunales independientes y con eso preservó lo que hay de institucionalidad en Colombia. No es para agradecérselo: era su obligación. Pero es bueno tenerlo en cuenta.

Lo que sí hay que seguirle agradeciendo es la forma decidida, sistemática y efectiva como desbarató a las Farc. Cuando Uribe llegó al poder, ese grupo guerrillero ejercía fuerte influencia en medio país y se había tomado una cuarta parte. Mandaba, de uno u otro modo, en alrededor de 300 municipios, y tenía amenazadas a las grandes ciudades. Tras décadas de cobardía política y de falta de eficiencia militar y policial, Uribe puso a las Fuerzas Armadas a funcionar y en cuestión de seis años contuvo primero y luego hizo retroceder a los frentes de las Farc, y capturó y extraditó, o dio de baja, a más comandantes guerrilleros que todos los gobiernos anteriores. Por si fuera poco, en operaciones de inteligencia que el mundo sigue admirando, les arrebató a sus más valiosos rehenes.

Y lo hizo sin interrumpir el régimen constitucional, sin cerrar el Congreso, sin cambiar a las cortes para volverlas de bolsillo; más allá, repito, de los muchos errores cometidos. Por eso, su popularidad sigue muy arriba. Y con esa popularidad, mientras sus enemigos lo anden toreando, seguirá manteniendo una vigencia política excepcional.

mvargaslina@hotmail.com

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