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¡No hagas tanto caso al maestro!

¡No hagas tanto caso al maestro!

No parece superada del todo la tendencia de los maestros a sentirnos el centro del aula de clase, de modo que nuestro discurso parece ocupar más espacio que la intervención de los alumnos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
01 de noviembre 2010 , 12:00 a. m.

Una colega me buscó muy preocupada, pues los profesores se quejaron porque su hijo no copiaba idénticamente los dibujos que le asignaban. Ante la observación de la madre de que eso demostraba creatividad, los profesores respondieron que el niño debería aprender a acatar órdenes.

Recordé a mi amiga, que en El Principito, Saint-Exúpery, cuenta que cuando el niño mostraba sus dibujos a los adultos ellos entendían que estaba mostrándoles un sombrero, cuando en la lógica del niño se representaba a una serpiente boa que digiere un elefante. Le sugerí entonces cambiar al niño de colegio...

Conté entonces a mi amiga que 50 destacados arquitectos escogieron a Frank Ghery, quien creó el Museo de Guggenheim de Bilbao y el auditorio Wall Disney de Los Ángeles, como el mejor arquitecto del mundo. Cuenta Ghery que en la universidad "más de un profesor le recomendó que se retirara, pues pensaban que su trabajo no servía para nada".

Bill Gates abandonó la universidad para dedicarse al emprendimiento, ya que estudiaba derecho en Harvard, pero la pasión por la informática lo absorbió totalmente: llegó a ser el hombre más rico del mundo sin tener título profesional. Steve Jobs, en un discurso en Stanford, ya enfermo de cáncer, comentó en sus propias palabras que abandonó la universidad para dejar de asistir a las clases que no le interesaban, y participar como oyente de aquellas que le parecían interesantes, como la clase de caligrafía, que le sirvió para elaborar el lenguaje informático que le ha permitido desarrollar las computadoras Mac, el Ipod y el Iphone.

Marx no era un buen estudiante, Napoleón tenía fallas graves en ortografía, aunque era bueno en matemáticas; y Einstein tuvo problemas con sus profesores. No parece superada del todo la tendencia de los maestros a sentirnos el centro del aula de clase, de modo que nuestro discurso parece ocupar más espacio que la intervención de los alumnos; las certezas impartidas tienen más espacio que las dudas y el estímulo a la investigación; pero sobre todo, es muy exótico encontrar clases en las que se respete y estimule el disenso.

En 1984, el Nobel Sajarov demandaba el respeto a los Derechos Humanos y fue encarcelado: no es extraño que un sistema que reprimía la libertad de pensamiento y censuraba a sus científicos terminara colapsado a pesar de no haber sido invadido por nadie. Ahora, si se aspira a formar alumnos innovadores, será necesario que la crítica sea una práctica común y no un motivo de expulsión de los niños del colegio.

En otro caso, una amiga fue llamada al colegio de religiosas, donde estudiaba su niño, para ponerle quejas porque su hijo tenía acumulados en su pupitre todos los lapiceros y borradores de sus compañeritos. La señora se sonrojó temiendo que su hijo fuera cleptómano y ordenó a su niño que devolviera los útiles, pero él respondió:

- "Esos útiles me los entregaron, porque les prestaba mi dinero de las onces. De modo que yo no tomé onces, y ellos disfrutaron con mi plata. Si me pagan, se los devuelvo". Aconsejé entonces a la madre retirar al niño y matricularlo en un curso de finanzas.

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