La bella forma de construir Colombia

La bella forma de construir Colombia

29 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

La mayoría de las veces son los hombres quienes van a la guerra. Con un gesto adusto, ceñifruncidos, y con un aire de tender asuntos importantes, empacan sus bártulos y, una buena mañana, se van a defender algo muy incierto o a conseguir dinero. Dejan por lo general un vacío enorme, como una fábrica de lágrimas sembrada en cada uno de los rincones. De vez en cuando regresan a que les laman las heridas o a gritar pequeñas órdenes en su hogar, hartos como están de recibirlas. Miran a los críos y dicen, carajo, cómo han crecido. Lo dicen como si hubieran crecido sin ayuda de nadie, como la maleza que nada requiere para abrirse paso entre los montes. A los varoncitos los agarran por su cuenta y les hablan al oído cosas de hombres, erigiéndose como un ejemplo de macho que deberán replicar con los años. Y, al cabo de una semana o tres días, se largan nuevamente a esos asuntos graves que los ocupan.

Desde que se fue, ella ha tenido que ocuparse de cada uno de los segundos de los días, de esos afanes cotidianos que son muchos, y sin embargo nunca suficientes para una medalla, o un sencillo reconocimiento. Son expertas en zurcir problemas y medias, en voltear cuellos, en hacer dobladillos a la urgencia. Educan a sus hijos a solas, los educan en el respeto, en la manera de comer, en cómo tratarse entre hermanos; les enseñan oraciones para días aciagos, procuran que asistan a la escuela cuando pueden, y conversan con los maestros; y así, mientras el hombre juega a esos asuntos "importantes", ella ha ido dejando su impronta en los retoños, los ha visto crecer, les ha curado las diminutas heridas diarias, les paladea la adolescencia, ha conservado, con esa humilde manera de estar en el mundo, ha tejido bonitos recuerdos en esas cabecitas que van rumbo a la adultez.

Tantos años de balas, tantos hombres en el combate, debieron mandar a este país a un infierno helado, a un limbo de hombres tristes y desangelados. Pero ellas se encargaron de cuidar esos pequeñitos espacios del hogar, haciendo un silencioso y efectivo contrapeso a la tragedia. Han conservado con valor invisible espacios de alguna dicha, en donde descansar tanto desconsuelo. Y mientras la guerra inane pierde importancia con los días, la verdadera batalla diaria se libra en los hogares cuando amanece, y hay que procurar al menos papa, aunque sea arroz, y un dos por cuatro es ocho y un la "M" con la "A" es MA, y un ángel de mi guarda antes de dormir, ese tipo de cosas que tejen con certeza la memoria de los hombres y hacen posible que esto se siga llamando Colombia, y no Martirio.

Pues, sí, más que un homenaje se trata de un ejercicio de memoria. En la mayoría de los casos, ellas, con sus manos delicadas quitando y poniendo cazos en la estufa, se han esmerado en preservar la memoria, en conservar, en construir. Y cuando tienen la oportunidad, sin descuidar nunca los pequeños espacios, con su conocimiento y dedicación les regalan al mundo y al país cosas asombrosas.

Hay una fundación que se llama Mujeres de Éxito. Debería haber millones, pero hay una. Cada tres años se inventa la manera de reconocer los esfuerzos de algunas que se han destacado en distintos ámbitos. Este año, y para recordar siempre, Ana Catalina López, experta en genética humana, vicepresidenta de Genoma Quebec (Canadá); Haidy Isabel Duque, especialista en trabajo social, con una propuesta de mejoramiento de vivienda en estratos bajos, ha logrado mejorar 28.000 viviendas; Liliana Zapata, pionera del desarrollo del fútbol femenino en Medellín; María Nubia Muñoz, postulada dos veces al premio Nobel de Medicina por sus investigaciones sobre el papiloma humano y el cáncer; y Aydee Montero, quien con parálisis cerebral, pinta con la boca obras que llaman la atención sobre equidad e inclusión social para las personas con alguna discapacidad.

Chapeau: por todas, por estas cinco, que hacen cuclí cuclí por mí y por todos los demás.

cristianovalencia@gmail.com

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