Hasta navidad tendrán que esperar los 33 mineros chilenos atrapados para 'volver a la vida'

Hasta navidad tendrán que esperar los 33 mineros chilenos atrapados para 'volver a la vida'

El cuartel general donde familiares y rescatistas pasan los días es el Campamento Esperanza. Así se vive hoy en ese punto invisible del mapa, en medio del desierto de Atacama, en el norte de Chile.

29 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

Había una ley en la carpa de los Segovia: no llorar. El que quiera llorar, decía Alberto Segovia, tiene que hacerlo fuera del campamento, lejos, donde nadie lo vea, donde no afecte la delicada resistencia emocional de los demás miembros de la familia, que hasta el domingo pasado no tenían ninguna noticia de Darío Segovia, uno de los 33 mineros atrapados en la mina San José, en el norte de Chile.

Después de todo, los Segovia son los duros del llamado Campamento Esperanza. Son los que han exigido en su cara al ministro de Minería, Laurence Golborne, no bajar los brazos y son los que encabezaron la protesta de los familiares cuando la sonda había vuelto a fallar. De aquí es María Segovia, hermana de Darío, conocida como la alcaldesa del campamento y la primera en sacar la bandera y gritar cada vez que entran o salen los camiones cargados de maquinaria para el rescate. De aquí es Alberto, también hermano de Darío, que la primera vez que vino el mandatario Sebastián Piñera le dijo:

-Oiga, Presidente, dígame ahora si el rescate va a ser un compromiso del Gobierno hasta el final, o no.

-Hasta que saquemos al minero 33, le respondió.

Romper la propia ley

Alberto Segovia impuso la ley de no llorar. Todos la respetaron: los padres, el resto de los hermanos, los tíos, los primos, todos. Incluso la familia del minero Claudio Yáñez, de la carpa vecina, respetó la ley. Así que algunas noches, Alberto decía que iba a dar una vuelta y se iba al cerro donde están las 33 banderas, una por cada minero, se sentaba en una piedra, encendía un cigarrillo y comenzaba a llorar como un niño.

"Después bajaba como si no hubiera pasado nada", dice, mientras carga un bidón de agua para la carpa familiar. "No podía mostrar flaqueza, yo menos que nadie".

Pero cuando Piñera mostró el mensaje que decía "Estamos bien en el refugio los 33", rompió su propia ley: se puso a llorar en público. Y entonces corrió al cerro, agarró la bandera con el nombre de su hermano y la hizo flamear.

Ha pasado una semana desde que se supo la noticia y el Campamento Esperanza no es ni la sombra de lo que era antes de eso, cuando nadie sabía qué pensar y los familiares arrastraban su angustia por la polvorienta calle de la aldea. Hoy hay silencio: ya se apagó el infernal ruido de las seis máquinas de sondaje que se usaron para llegar al refugio de los mineros y la calma del lugar sólo es rota por los generadores eléctricos de los canales de TV.

La organización tampoco es la misma: ahora hay un casino que se llama Fuerza Minera con horarios de almuerzo y cafetería, hay duchas y hay un sector para niños. Y la gente también ha cambiado: los que antes no se reían, ahora ríen; los que no hablaban, ahora hablan; y algunas familias, como la de los hermanos Ávalos, ya se han ido. Otras se han trasladado a las carpas levantadas por el Ejército y el resto, como los Segovia, sigue en sus propias carpas.

Darío Segovia llevaba tres meses en la mina San José y a fin de año planeaba instalar un negocio de verduras en Copiapó. Todo lo que sabía de minería lo aprendió de su padre, antiguo minero, que un día perdió el ojo izquierdo cuando manipulaba un explosivo en un yacimiento cerca de Vallenar.

Alberto Segovia también fue minero, pero se retiró para ser obrero de la construcción en Iquique. Viste una camiseta que le regaló el alcalde de Copiapó la noche anterior y que tiene impreso el primer mensaje que enviaron a la superficie.

-Cuando todo esto termine, la voy a enmarcar y la voy a poner en la sala para recordar el resto de mi vida lo que mi hermano me hizo sufrir.

Los Segovia son 14 hermanos y el día que salga Darío se reunirán todos. De eso hablan en la carpa. De cómo lo recibirán, de la celebración que harán y de cuánta carne van a comprar para el asado. Alberto dice que será un segundo bautizo para su hermano, María opina que esto ha sido una lección de vida y otro miembro del clan bromea con que el asado lo va a tener que pagar Darío, con el cheque de cinco millones de pesos chilenos (unos 18 millones de pesos colombianos) que entregó el excéntrico empresario minero Leonardo Farkas a cada uno de los hombres atrapados a 700 metros del suelo.

No ha sido la única donación en dinero. Para cuando sean rescatados, los mineros recibirán además un cheque por un millón de pesos chilenos (3 millones 700 mil pesos), gentileza de un empresario anónimo. La minera La Escondida entregó 700 mil pesos a cada uno, y un sindicato de Codelco puso 10 millones de pesos a repartir.

Una caravana de camiones atraviesa el campamento haciendo sonar sus bocinas. Se lleva una de las máquinas de sondaje. María Segovia saca su bandera.

-¡Ceacheííí! -grita cuando pasan frente a su carpa.

Dos cajetillas de cigarrillos

Lilian Ramírez atiende una llamada que le hacen desde una radio en Argentina. Los últimos días ha sido entrevistada telefónicamente por la prensa de Panamá, México, Honduras, Cuba y un par de países que no recuerda.

Lilian era una más entre las mujeres que esperaban a sus esposos atrapados en la mina, hasta que el domingo pasado, Piñera le entregó la carta de Mario Gómez, su marido, en lo que fue la primera señal de vida que emergió desde el fondo de la tierra.

La llamada desde Argentina se corta y le pide a una de sus hijas que le traiga una cajetilla de cigarrillos. Antes fumaba dos diarios. Hoy se termina, fácil, dos cajetillas en un día. Lilian llegó a este lugar el mismo día del accidente, instaló su carpa justo frente a la de los Segovia y desde entonces no se ha movido.

El domingo, cuando anunciaron que todos estaban vivos, el ministro Golborne la llamó.

-Lili, te tengo una sorpresa -le dijo.

-¿Una sorpresa? ¿Otra más? Ay, diosito, qué sea buena -rogó.

-Tu marido te mandó una carta.

-¿Hay cartas para todos?

-No. Sólo para ti.

Los tres trozos de papel los tiene ahora enmarcados, y cuando María Segovia hace flamear su bandera a los camiones que se van, Lilian levanta el cuadro con la carta. Su parte favorita, dice, es cuando su marido escribió: "Yo tengo fe que mi Dios nos va a sacar de aquí".

-Mario no pensaba sólo en él, sino también en sus compañeros. Yo siempre supe que estaban vivos. Venía gente a hacernos dudar, pero yo no quería malas vibras. Miraba al cielo y decía que hay un Dios que lo ve todo y me encomendé a los santos.

Rezarles a todos los santos

Atrás de su carpa armó una gruta adornada con la imagen de San Lorenzo (patrón de los mineros), San Expedito (el santo de los imposibles), Santa Gemita, San Alberto Hurtado, la virgen de Andacollo, la de la Candelaria, la de Lourdes, el padre Pío, Santa Teresita de los Andes y el venerable padre Mariano Avellaneda.

Lleva 30 años casada con Gómez y sabía que él estaba bien, porque no es la primera vez que sobrevive. Mario le dijo un día que quería buscar suerte en Brasil, ganar dinero y enviarle plata. Tenían una hija de un año y Lilian estaba embarazada de siete meses. Así que Gómez se embarcó de polizón en Valparaíso en un barco griego junto a uno de sus hermanos, aguantó 11 días sólo tomando agua, los pillaron en Brasil, los golpearon y los dejaron trabajando, primero limpiando baños y luego pintando la cubierta. Gómez estuvo tres años a bordo del barco. Conoció China, Grecia, India, Pakistán. Pero Lilian Ramírez no supo nada de él en esos tres años. No envió ninguna carta. No llamó. Ni le mandó un peso.

-Yo no quería volverlo a ver, pero un día regresó, conversamos, me explicó y nos volvimos a juntar.

Hoy tienen cuatro hijas. Gómez ya había trabajado en la mina San José durante 10 años, antes que la cerraran la primera vez. Luego se fue a otra mina, donde manipuló un fulminante, que le explotó y le voló tres dedos de una mano y dos de la otra. En los dedos que le quedan no tiene el sentido del tacto. El accidente también le jodió una rodilla.

Cuando aún no tenía noticias de él, Lilian pensaba en eso, en la rodilla de su marido que le dolía con el frío, y entonces caminaba al cerro antes que oscureciera, miraba el lugar donde estaban las máquinas de sondaje, cerraba los ojos y conversaba con él.

-Le pedía que tuviera fuerzas. Tiene 63 años, es el mayor del grupo y podía ayudar a sus compañeros.

El día que emergió la carta, todos dijeron que Mario Gómez era el líder. Pero la familia de Luis Urzúa -el jefe de turno que después habló con Golborne desde el refugio- se molestó. No les gustó que se dudara del liderazgo de su pariente y casi no han hablado con la prensa.

El celular de Lilian vuelve a sonar. Es la llamada desde Argentina. A unos metros de distancia, los periodistas nacionales se confunden entre las decenas de medios extranjeros que han llegado a cubrir la noticia. Está la BBC, Univisión, Telemundo de Argentina, los diarios El País y La Vanguardia, de España, y todas las agencias de noticias internacionales. Un equipo de televisión asiático hace una entrevista a un rescatista, el corresponsal de CNN cuenta que antes cubrió la guerra en Irak y el de ABC News comenta que jamás había reporteado una historia así.

Lilian Ramírez los ve desde su carpa.

-Lo más duro ahora es la espera, la angustia de la espera -dice al teléfono, respondiendo las preguntas desde Argentina-. No me importa el frío ni la tierra, ni nada. Lo único que quiero es estar cerquita de él. No me voy de aquí hasta que lo vea salir. Cuelga y enciende otro cigarrillo

Entre payasos y gitanos

Las noticias se sucedían una tras otra, llegaba mucha gente a felicitar a los familiares al campamento, vino Farkas a repartir dinero e incluso se transmitió un programa en directo desde aquí.

Pero hoy, si no fuera por los camiones que vienen con las piezas para la máquina que perforará el túnel hacia el refugio, se diría que se trata de una pacífica aldea donde no pasa nada. O pasa muy poco.

Ha llegado un payaso que para el terremoto recorrió Talca y Constitución, y otro payaso que en vez de chistes les habla a los niños de la palabra de Dios. Ha llegado una comunidad de gitanos evangélicos de Copiapó que instaló una carpa y canta himnos religiosos en romaní.

Ha llegado el cónsul de Bolivia para hablar con la mujer de Carlos Mamani, el único extranjero del grupo. Y ha llegado el ministro de Salud, Jaime Mañalich, a supervisar el envío de medicamentos y alimentos hacia el refugio. Sólo en la noche se conocerá que los mineros han escrito cartas a sus parientes.

El lugar se ha llenado de lienzos que cuelgan entre las piedras. "Vamos carajo, un montón de tierra no puede con este puñado de atacameños", dice uno. "Chile sin mineros no es Chile", dice otro. Juan Sánchez le escribió un cartel a Jimmy, su hijo, el más joven entre los atrapados: "Sabemos que Dios está iluminando tu camino para que regreses con tu familia".

Bajo una foto enmarcada, Sánchez puso la Biblia abierta en Nehemías 3-4. También puso una bandera de la Universidad de Chile. Cuando la imagen salió por televisión, los jugadores le enviaron una camiseta firmada para que se la entregue a su hijo, y una barra desplegó en el último partido un lienzo con el nombre de Jimmy Sánchez.

-Sólo una vez tuve un mal presentimiento. Fue cuando el ministro dijo que se había tapado la chimenea. Ahí lloré, pero de rabia, porque todas las cosas estaban saliendo mal.

Sánchez padre también es minero y trabajó durante tres años en la San José. A los 17 años entró a trabajar por primera vez en una mina, llevado por su padre.

-Pero no me gustó cuando Jimmy entró a trabajar aquí. Mi yerno, que es minero, lo trajo y el domingo, cuando supimos que todos estaban vivos, se puso a llorar. Me dijo que se sentía culpable de haberlo traído. Que estaba arrepentido. Pero nosotros nunca lo culpamos de nada.

Jimmy trabajaba como marinero, que es el que ayuda en la mina en todo lo que le pidan. Ganaba 350 mil pesos mensuales (1 millón 300 mil pesos colombianos). Antes era obrero de la construcción, pero cuando supo que Helen, su ex novia de 16 años, estaba embarazada de siete meses, buscó un mejor sueldo.

Juan Sánchez debe volver pronto a su trabajo en otra mina y deberá turnarse con su mujer para seguir aquí hasta que Jimmy salga. Lo mismo está planeando la familia de Esteban Rojas.

-Nos vamos a turnar entre primos, hermanos, padre, madre y la señora -dice Yolanda, hermana de Esteban.

Los Rojas están en la primera carpa desde la entrada al campamento y, como el resto de las familias, han escrito en las piedras el nombre de su pariente con mensajes de apoyo. Desde lejos parecen lápidas y antes de la noticia eran como un mal presagio. Pero Yolanda dice que el sábado de la semana pasada ocurrió algo que la hizo intuir que venía algo bueno.

-A las 10 estaba todo el mundo acostado, cuando aquí siempre nos acostamos tarde. Había un silencio y una calma grande. Y el domingo estábamos en pie muy temprano. El mismo ministro pasó carpa por carpa anunciando que habían llegado al refugio.

A lo lejos se escucha el canto de los gitanos.

Más grande que Elvis

La última noticia que Óscar Peña tuvo de su sobrino Edison fue en un sueño hace pocos días. Peña se lo encontraba caminando por el campamento y Edison le decía:

-Se las mandó, tío. Para qué viene de tan lejos.

-Vales esto y mucho más, hijo -le respondió.

En el sueño, Peña lo veía bien, alegre y tranquilo. Lo veía como siempre lo había visto antes del accidente, con su barbita y su pelo corto. Veinticuatro horas después se supo que todos estaban vivos.

Los Peña han venido desde Santiago y hoy viven en la carpa 26 que instalaron los militares. Allí están en un espacio de 4x3, con tres frazadas y un colchón que le pasaron a cada uno. El tío y el papá de Edison usan una cachucha con el nombre del minero en la frente, escrito a mano. Así, cuando caminan por el campamento, todos saben quiénes son. Cuando conversan, recuerdan lo fanático que es Edison de Elvis Presley. En uno de los carteles pegados en las piedras se lee: "Edison, serás más grande que Elvis".

-Hasta canta en inglés -dice Óscar-. Lo considero como un hijo. No es volao ni angustiao y es de los que aún pide permiso al papá para salir, y eso que tiene 34 años.

Edison Peña, electromecánico, soltero, llegó a Copiapó hace seis meses en busca de trabajo. Pamela, su prima, dice que él ya ha gastado dos de sus siete vidas: una vez, andando en moto, chocó contra un bus y se salvó de milagro. Nunca más se subió a una moto. Hoy usa una placa de metal en su pierna y cojea un poco.

Pamela dice que prefiere esperar a su primo aquí, en el campamento, y no en Santiago. Dice que en la capital se siente mal y que no le importa el viaje de 12 horas en bus a Copiapó que ya ha hecho varias veces. El día que supo que Edison estaba vivo, se desmayó.

Óscar Peña apunta con su mirada hacia la derecha. Está el ministro Golborne, que ha decidido dar una vuelta por el campamento. Golborne se da el tiempo para saludar a todos, acepta fotografiarse con quien se lo pida, le pasan celulares para que salude y el los toma y saluda, le piden autógrafos y los escribe con dedicatoria, se felicita con el senador Baldo Prokurica, se abraza con la senadora Isabel Allende, escucha peticiones de los familiares, levanta ambos dedos pulgares a los camioneros que se van con las máquinas de sondaje, aplaude cuando lo aplauden a él y pasa de largo frente a María Segovia, la autoproclamada alcaldesa del Campamento Esperanza.

-¿Y ahora no saluda, ministro? -le grita ella.

Y Golborne la mira y le sonríe y va a abrazarla y conversan y un enjambre de fotógrafos los rodea y estallan los flashes y las risas y nadie advierte que, al fondo, por sobre los cerros, escondida entre la oscuridad del desierto, avanza amenazante la neblina.

GAZI JALIL F.
DESDE LA MINA SAN JOSÉ
EL MERCURIO. CHILE. GDA

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