Desde el foso. Memorias de un niño que quiso ser torero

Desde el foso. Memorias de un niño que quiso ser torero

Un punto de vista personal acerca de la polémica sobre las corridas de toros.

27 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

Mi evolución como aficionado a la fiesta de los toros ha sido un poco errática. A los cuatro años -consta en los álbumes de familia- proclamé mi solemne intención de convertirme en torero "cuando grande". Fiel a tan inesperada y temprana vocación, y sin haber acudido nunca a una corrida, durante varios años mezclé una insólita pasión infantil por los toros con los gustos normales de un niño: fútbol callejero, cómics, películas de monos animados, luchas de ladrones y policías, juegos de cuclí con las vecinas... En mis cuadernos aparecían, por igual, recortes de futbolistas y de toreros y sabía de memoria la fecha y circunstancias de la muerte de Manolete (Plaza de Linares, 29 de agosto de 1947, corneado la víspera por Islero, de la ganadería Miura) y las efemérides famosas del fútbol (goles en el Maracanazo, julio de 1950: Friaca por Brasil y Pepe y Gigghia por Uruguay).

Mi familia, divertida, fomentaba la afición. Tengo fotos donde aparezco con un atuendo de torero improvisado con borlas y adornos del almacén La Flecha Roja que cosió mi mamá para una fiesta de disfraz. Unos meses después asistí por primera vez al espectáculo mágico de una plaza llena. Al cumplir siete años y, según el catecismo, adquirir "uso de razón". Ese día, a manera de "cuelga", fui de la mano de mi papá a una corrida bufa en la Plaza de Santamaría. La parte cómica corría a cargo del Bombero Torero y su cuadrilla; de la parte seria se encargaba un novillero desconocido llamado Pepe Cáceres.

Es significativo -decía mi taita a sus amigos- que me gustara más la parte seria que la bufa. Mi vocación parecía asentarse.
Pero algo importante ocurrió y me corté la coleta antes de haber llegado a cultivarla.
- Un día lo embistió un vaso de leche -decía mi abuelo por joder-, y decidió que ya no iba a ser torero sino futbolista.

No. No fue que me embistiera un vaso de leche. Fue que conocí de cerca a Perucca, el centro medio de Santa Fe, y él, a quien le contaron que ese pelado que acudía al colegio vestido con uniforme rojo y blanco, como el suyo, quería ser torero, me convenció de que mi futuro estaba en el césped, no en la arena. Fue un diálogo de dos o tres minutos que tuvo lugar en el colegio donde yo estudiaba y al que había acudido Perucca a matricular un hijo suyo.

Por culpa de Perucca, la tauromaquia perdió entonces a quien habría podido ser el predecesor de César Rincón y, en cambio, el fútbol nacional solo ganó un defensa de reconocida rudeza. Pero mi gusto por las corridas no se evaporó. Solo que ya había decidido que iba a ver los toros desde la barrera.

   Entre las banderillas y el balón

En 1954 una tía mía que atendió en el hospital a Joselillo de Colombia me consiguió un autógrafo de quien ya era para mí un ídolo comparable a Perucca. Esa tarde colgué en la pared de mi cuarto la imagen de una verónica de José Zúñiga (su verdadero nombre) al lado de la fotografía en blanco y negro del Santa Fe inolvidable de 1951: Candal, Dokú, Tachero Martínez, Arnaldo, Chamorro, Delli, Miotti, Perucca, Lires López, Canoíta Prieto, Contreras, el Pibe Rial, Pontoni, Antón y Fernández (en el orden del retrato).

Los años de bachillerato me arraigaron definitivamente en el fútbol. Acudí poco a la Plaza de Santamaría y todos los domingos a El Campín, pero jamás dejé de mantenerme informado de lo que ocurría en el mundo de los toros. Vi debutar a El Cordobés en Bogotá, como no podía ser de otra manera, y lamenté el retiro de Joselillo, con la esperanza de que regresara a los ruedos, según había pasado otras veces. Pero esta vez iba en serio.

Cuando entré a trabajar como reportero de El Tiempo, mi amor por el fútbol me acercó a las páginas de deporte, donde cubrí durante años los partidos locales con el seudónimo de 039. Allá, en El Tiempo, en las horas de tertulia, me entretenía oyendo las anécdotas taurinas que contaban Hernando Santos, Manuel Piquero, Eduardo de Vengoechea, Manolo Santamaría y otros herederos del arte de Francisco Romero, Pepe Hillo y Costillares.

Mantuve, pues, mi interés por los toros, aunque ya era pareja de hecho con el fútbol. Mi temprana vocación de maletilla se había degradado hasta la oportunista condición de ocasional espectador de la tribuna de sombra con boleta de cortesía. Pero estaba a punto de descubrir una de las más ricas vetas de la tauromaquia, que son las corridas como género literario.

   La piedra filosofal

Vine a vivir a España en 1986 y no tardé en pillar en las librerías de viejo a unos autores que reconstruían con sus plumas el ambiente, los personajes y, en general, el mundo fascinante que gira en torno a los toros. Ya había leído el relato de Ernest Hemingway Muerte en la tarde y luego su crónica en la revista Life sobre el duelo entre Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez por conquistar el reconocimiento como Número Uno de los matadores vigentes. Ambos me encantaron.

Pero esos libros de hojas amarillentas que compraba en la Cuesta de Moyano eran otra cosa. No se preocupaban por la actualidad, ni hervía en ellos la adrenalina que circula por las páginas de Hemingway. Eran, más bien, frescos sosegados, cuadros nostálgicos de los seres que rondan en los patios de cuadrillas, en las tascas presididas por la testa disecada de un victorino, en las plazas de tienta, en el pequeño enjambre que sigue a los toreros y que suele vivir de ellos.

La biografía de Juan Belmonte escrita en 1935 por Manuel Chaves Nogales (1897-1943) es una joya del periodismo narrativo donde aparecen frases como la siguiente: "El día que se torea crece más la barba. Es el miedo. Sencillamente, el miedo". Pero el Cervantes del género es Antonio Díaz-Cañabate (1898-1980), abogado y periodista madrileño que dejó un clásico sobre el Madrid de comienzos del siglo XX (Historia de una taberna) y decenas de crónicas sobre los habitantes del planeta taurino. Escritas en un español delicioso, con dosis sabias de humor y de ternura, son una muestra temprana y excelente de esa fusión entre literatura y periodismo que muchos siguen buscando como piedra filosofal de la narrativa.

José María de Cossío, director de una magna, costosa y exhaustiva enciclopedia taurina, fue también cronista ameno, como lo han sido y lo son algunos herederos del estilo y el tono que marcó Díaz-Cañabate. A esta escuela de literatura de toros pertenecen el difunto Joaquín Vidal y el colombiano Antonio Caballero. Incluso Manuel Vicent, cuando ataca el mundo de las corridas, lo hace con el talante y el arpegio de los buenos cronistas taurinos.

   Y en esas llegó Rincón

Hacia los libros de toros derivó, entonces, mi vocación que décadas antes no aceptaba menos que el título de matador. Continué acudiendo a ocasionales corridas en Las Ventas. A veces las gozaba y a veces me aburría, pues, como dice Caballero, no hay nada más aburrido que una corrida aburrida.

Y en esas llegó César Rincón. Lo había entrevistado cuando inició su temporada histórica de 1991. Simpaticé con él de inmediato: admiré su inteligencia y me cayeron bien su porte y astucia de chino bogotano, uno de los personajes de la picaresca colombiana que más me atraen. Poco después me sedujo como torero y acabé gritando de emoción cuando triunfó como nadie había triunfado antes en Las Ventas. Ese año lo acompañé, enviado por El Tiempo, a numerosas corridas a lo ancho y largo de España. Vi faenas desde la barrera, desde la contrabarrera y desde el callejón, al lado de Luis Álvarez, su apoderado, con quien he mantenido, lo mismo que con César, una buena amistad.

Me convertí en el primer fanático de Rincón, pero no tardé en descubrir que mis tendencias de forofo del fútbol eran incompatibles con el espíritu generoso que debe reinar en los toros. Me explico. Un taurófilo de valía quiere que en cada corrida triunfe todo el cartel, que indulten a todos los toros y que salgan en hombros todos los toreros. Un hincha al fútbol escoge secta y bandera: empatar es deshonra, y no hay mejor triunfo que aquel que humilla al rival. En pocas palabras, a mí no me bastaba con que triunfara Rincón: quería que fracasaran los demás. Si Rincón cortaba cuatro orejas y sus compañeros de tarde cortaban tres, salía amargado. El resultado bueno era: Rincón cuatro, los otros dos, cero.

- Esa es una locura propia de la mentalidad miserable del hincha del fútbol - me explicaron los taurófilos de valía.

El lenguaje de plazas y galleras

Reconocí que era verdad, pero que no podía hacer nada por superarlo. Fui rinconista con el mismo espíritu con que soy del Santa Fe o del Barcelona; vale decir, con ímpetus de machacar, de aplastar, de destrozar al rival. Nada de "todos en hombros": el mío en hombros, y los otros, a almohadillazos. Conozco mis contradicciones y las asumo.

Me di cuenta de que los buenos seguidores de la fiesta brava me rehuían. Saludaban de lejos pero no estaban interesados en contactos cercanos. No volvieron a invitarme a almuerzos taurinos ni a hacerme llegar entradas de cortesía. Se negaban a contaminarse de tanta mezquindad. Entendí que no era bien recibido y opté por volver muy poco a los toros.

Un buen día Rincón se retiró de los ruedos y me di cuenta de que sin él se marchitaba mi pasión de espectador competitivo. Desde entonces no regresé nunca a una plaza.

Sigo siendo un aficionado de ley, solo que ahora habito intensamente el mundo de la literatura taurina. Con el tiempo he sabido de otros que comparten asiento en la misma tribuna, como Jorge Valdano, que solo ha visto una corrida y salió horrorizado, pero disfruta leyendo crónicas y estampas sobre el mundo de la tauromaquia. He encontrado, además, que tanto las corridas como las riñas de gallos son una prodigiosa fuente de expresiones de la vida diaria: "Cambiemos de tercio, señores magistrados... "El arzobispo salió espuelón"... "Semejante noticia fue el puntillazo de la bolsa"...

   Más cruel es la vida

¿Quién dijo que toros y gallos no forman parte de nuestra más honda cultura popular? Si están en el lenguaje, están en la cultura. Es posible que en los países escandinavos no puedan creerlo; allá prefieren matar focas a garrotazos. Pero desde hace al menos cuatro siglos la lidia de toros habita entre nosotros y hay miles de cantos, de cuentos, de cuadros, de dichos y de fiestas que lo prueban.

No parece difícil adivinar que me opongo a la prohibición de los toros. Si llegaran a desaparecer las corridas no solo se esfumaría una señal de identidad de la cultura a la que orgullosamente pertenezco, y se perdería un oficio extraño y fascinante, y se extinguiría una raza de animales que solo sirve para combatir en la plaza, sino que desaparecería también un género literario y periodístico irremplazable.

¿Sufren los toros? Sí. Sufren. Pero sufren mucho menos que la mayor parte de los animales. Más crueles y más cruentas que las corridas son las guerras... los hombres que matan hombres... los animales que matan a otros animales... los hombres que matan animales... los animales que matan hombres... los niños que cargan bultos pesados... los pescadores que destrozan con dinamita las criaturas de los ríos... los buques trasnacionales que apresan en sus redes gigantescas las criaturas de los mares ... las gallinas enloquecidas que ponen huevos bajo reflectores porque creen que el sol sale a cada segundo... los pollos a los que una máquina hierve antes de desplumarlos sin saber si ya fueron degollados por otra máquina que les corta el pescuezo con cuchillas... los ratones que agonizan largas horas bajo el brazo de una trampa... los mataderos, en general...los mataderos de las perreras públicas, en particular... las ocas enjauladas que revientan para producir el lujoso foie gras... los galgos que destrozan patos a dentelladas... los gatos que atrapan gorriones... las iguanas cuya panza rajan con una Gillette para extraerle los huevos... los venados y jabalíes abaleados por cazadores deportivos ... las cajas engomadas donde las cucarachas mueren de angustia con las patas pegadas al piso... las palomas que sirven de práctica a las aves de rapiña... los perros falderos a los que cercenan la cola y las orejas... las mascotas a las que castran... los micos que sirven para que la ciencia avance... los conejos de laboratorio... las pobres culebras que pisó y maldijo la Virgen Santísima... los cerdos que, olfateando minas de pólvora, vuelan en pedacitos, los boxeadores, los luchadores, los sicarios, los agentes con permiso para matar, los choferes borrachos: en general, la vida ...

Si liquidar el universo ancestral, misterioso y fascinante de los toros fuera un golpe de gracia contra la crueldad en el mundo, pensaría que vale la pena dar ese paso. Pero aquellos que están dispuestos a morir para que los toros no mueran se muestran yertos ante los sufrimientos de seres que resultan menos atractivos para la televisión. Las ratas agonizantes no inspiran manifestaciones callejeras; las vacas ajusticiadas a martillazos en los mataderos no están de moda; las adúlteras iraníes lapidadas por unos tipos con turbante no han suscitado protestas tan intensas como las banderillas a los toros bravos.

Conozco mis contradicciones y las asumo. Primero quiero ver que se adelanten campañas vencedoras contra la pena de muerte, la ablación de clítoris, los niños que trabajan en las minas, los que participan en las guerras... Después pensaré si vale la pena indignarse por las corridas.

Por Daniel Samper Pizano

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