Pakistán, hambre bajo la lluvia

Pakistán, hambre bajo la lluvia

Más de catorce millones de damnificados por el invierno que claman por agua, comida y techo, siguen a la espera de la ayuda que no llega por falta de carreteras. Se sienten abandonados.

14 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

En Nowshera Kalam, Pakistán, miles de personas hambrientas y desesperadas se atropellan, se empujan, se gritan las unas a las otras para recoger su ración de comida: una bolsa de arroz basmiti cocinado y una botella de agua.

Allí, sus habitantes lo han perdido todo. La localidad quedó literalmente bajo las aguas por el desbordamiento del río Kabul. Los lugareños cuentan que las inundaciones han alcanzado niveles de hasta 1,80 metros de altura y lo peor es que la ira del monzón sigue sin dar tregua, las lluvias persisten y amenazan con agravar la tragedia.

Las organizaciones humanitarias están preocupadas porque no pueden hacer llegar la asistencia a los damnificados por la falta de carreteras. Además, creen que las condiciones de insalubridad en las que viven los millones familias afectadas por las inundaciones en Pakistán van a agravar la crisis.

Muhammed Sayyad, de 34 años, trata de sacar el agua con un pequeño balde en lo que quedó de su casa, gravemente dañada por las lluvias torrenciales. La vivienda, situada al lado del río, se inundó por la crecida de las aguas. Un nuevo aguacero cae sobre esta localidad.

"Esto es lo único que no he perdido. No voy a dejar que el agua arruine mis únicas pertenencias", manifiesta desconsolado, mientras muestra el patio de la vivienda donde ha puesto un cobertizo de paja para resguardar unos viejos electrodomésticos, algunos utensilios de cocina y varios charpais (camastros de madera típicos de Pakistán).

Sayyad envió a su mujer y a sus nueve hijos a vivir con unos familiares de Peshawar. "Yo me he quedado a cuidar la casa", explica. Este hombre, al igual que muchos vecinos, se resiste a abandonar su hogar porque desconfía de que las autoridades vayan a compensar económicamente a los afectados por la pérdida de sus tierras, negocios y viviendas. Según los lugareños, el Ejército sólo prestó asistencia el primer día de las inundaciones con el reparto de un lote de comida a los afectados y la instalación de un depósito de agua potable.

"Nos han abandonado", se queja Taslim Sabagul, quien perdió su almacén de maquinaria agrícola. "Estoy arruinado, invertí todo lo que tenía en este negocio", dice el comerciante, mientras explica que las pérdidas en el almacén ascienden a más de 35.000 dólares. "No necesitamos comida, necesitamos recuperar nuestra vida", insiste Sabagul, al tiempo que exhorta: "La ayuda humanitaria se acabará en unos meses, y ¿quién nos sacará después de la miseria?".

Las calles, la mayoría sin asfaltar, se han convertido en grandes lodazales salpicados con charcos, lo que hace muy difícil poderlas transitar. Una mujer de unos 60 años se dirige con paso torpe, intentando esquivar los charcos para no hundir los pies en el barro, hacia un puesto de verduras. "No queda nada", le dice el dueño del establecimiento, mientras arroja en la calle cajas enteras de cebollas podridas.

Shiraz Ahmadi, viuda de 50 años, ya no tiene nada que perder, porque lo ha perdido todo. Su marido falleció hace menos de un mes y ahora las aguas han destruido su hogar y arrasado sus cosechas. "Somos gente sencilla, nuestro único medio de vida es trabajar la tierra", se lamenta la viuda. Su nuera está a punto de dar a luz y teme que, si se marchan a vivir a los campos de refugiados el bebé pueda enfermarse. "Allí, no hay condiciones para criar un hijo. No sé qué vamos a hacer cuando nazca el bebé".

Si bien algunos habitantes de Nowshera han mostrado una férrea voluntad de quedarse en este lugar entre las terribles dificultades, otros, los más desfavorecidos, se han marchado a los refugios habilitados por asociaciones de caridad y ONG, tanto locales como internacionales, para cubrir el vacío por la mala gestión de las autoridades ante la crisis humanitaria.

¿Y el Estado?

A unos tres kilómetros de Nowshera, la organización Ummah Welfare Trust, fundada por un piadoso musulmán afincado en el Reino Unido, atiende a 10.000 afectados por las inundaciones, repartiendo alimentos y suministrando medicinas.

La ONU pidió con urgencia a la comunidad internacional 459 millones de dólares para atender a las víctimas, ante el riesgo de que la hambruna y las enfermedades causen una nueva ola de muertos.

La ineficacia del Gobierno para afrontar la crisis humanitaria es un síntoma de la enfermedad crónica que arrastra el sistema político en Pakistán, heredado de los regímenes militares. Mientras las autoridades esperan sentadas a recibir las millonarias ayudas prometidas por la comunidad internacional, y a que lleguen los equipos de emergencia de Naciones Unidas, los grupos religiosos radicales se ponen al servicio de los afectados, alimentando la animadversión hacia el presidente, Asif Alí Zardari, y su impopular Gobierno.

Con total indiferencia, el mandatario paquistaní, en lugar de cancelar su visita oficial a Europa, se marchó nueve días de gira internacional. Tras su regreso, el pasado martes, Zardari recibió un aluvión de aceradas críticas por su ausencia ante la peor catástrofe natural de la historia del país, que ya ha causado al menos 1.600 muertos y más de 14 millones de damnificados.

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