El Polo a tierra

Lo que muestra la actual crisis de la izquierda es que ni tiene flexibilidad para acompañar a su líder en la conquista de la opinión pública ni está atendiendo sus demandas.

07 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

Algo serio pasa en la relación entre la izquierda y sus líderes: los candidatos presidenciales de lujo que ha tenido esta corriente política en lo que va corrido del siglo XXI han terminado en graves líos dentro de sus filas. Quizás allí encontremos la explicación de su incapacidad para convertirse en alternativa de poder.

Lucho Garzón, quien hizo una brillante campaña en el 2002 y ganó al año siguiente la Alcaldía de Bogotá, se retiró del Polo Democrático en el 2008, después de una aguda controversia con la dirección de este agrupamiento. Venía de abajo, de la más pura estirpe popular.

Había estado toda su vida en el ámbito de la izquierda como dirigente sindical y activista de causas sociales. Conocía a los dirigentes del Polo y estos lo conocían. No había la menor duda sobre su sensibilidad social y su compromiso con la renovación de la vida colombiana. Era dueño de un gran carisma y una enorme capacidad para comunicar ideas de cambio.

Carlos Gaviria, intelectual con una exitosa trayectoria académica y una destacada actuación en la Corte Constitucional, resolvió meterse al barro de la política, enarbolando las banderas de la izquierda y pasó por el Congreso de la República para luego, como candidato presidencial en el 2006, conquistar la más alta votación de toda la historia de esta orilla política. Nadie podía cuestionar sus calidades éticas y su talante transformador en un momento de grandes escándalos nacionales de corrupción y de cuestionamientos profundos a la clase política.

Pero las discusiones y las tensiones al interior del Polo lo fueron desgastando poco a poco ante la opinión pública y ante una parte de los militantes. No pudo liberarse de estas confrontaciones. Se metió en ellas tomando partido por alguno de los bandos y, en esos avatares, terminó derrotado por Gustavo Petro en la consulta interna que designó al candidato para las elecciones de 2010.

Petro asumió la candidatura presidencial en un momento de grandes dificultades del Polo Democrático: las divisiones internas, los precarios resultados de las elecciones locales en el 2007 y la pérdida de varias curules en las parlamentarias del 2010 no auguraban un gran desempeño en las presidenciales. En efecto, al iniciar la campaña, las encuestas lo situaban en el margen de error.

Pero, con el paso del tiempo, el candidato se fue creciendo en los debates de televisión y en sus intervenciones en la plaza pública, mostrando un gran conocimiento de los temas del país y encarando con solvencia la defensa de tesis muy duras de la izquierda, como la oposición a la instalación de bases militares norteamericanas en nuestro territorio, las críticas a los tratados de libre comercio, la reivindicación de una gran reforma agraria, el derecho al agua y la reparación de las víctimas.

Logró un gran respeto para estas ideas en los debates, alcanzó a convocar a una franja importante del electorado en la costa Atlántica y puso un volumen de votos cercano al 10 por ciento en la primera vuelta presidencial. A pesar de todas estas conquistas, ahora Petro está con un pie afuera del Polo Democrático.

Lo que muestra este drama de expulsión o quema de los liderazgos de la izquierda es que ni el aparato partidario tiene la flexibilidad y la generosidad para acompañar al líder en la búsqueda de la conquista de la opinión pública ni los dirigentes han encontrado una forma de consultar y atender las demandas de las estructuras partidarias en su acción como candidatos o como gobernantes.

Hay una desesperante rigidez ideológica de la militancia de la izquierda, que sanciona a los dirigentes que intentan construir un discurso y unas acciones para hablarle al conjunto de la sociedad colombiana, que se preocupan por conquistar el electorado colombiano que está mayoritariamente en el centro del espectro político, que buscan un diálogo con otras corrientes de la vida nacional. De ahí que las diferencias se agrandan rápidamente y se convierten en disputas irreconciliables.

También se dan unas estructuras organizativas y unas reglas de juego internas del viejo centralismo democrático de los partidos comunistas que se esgrimen en cada momento de controversia para establecer mayorías en el aparato político, así estas mayorías estén en abierta contradicción con la percepción y las consultas abiertas a la ciudadanía.

LEÓN VALENCIA
Para EL TIEMPO
lvalencia@nuevoarcoiris.org.co

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