Cómo renacer a pesar de una cuadriplejia, cuenta ex gimnasta Claudia Castillo

Cómo renacer a pesar de una cuadriplejia, cuenta ex gimnasta Claudia Castillo

Este jueves se cumplen 20 años desde aquel ejercicio de 'paloma mortal' que la dejó en una silla de ruedas, el 5 de agosto de 1990, cuando tenía 12 años. Entrevista exclusiva con EL TIEMPO.

02 de agosto 2010 , 12:00 a.m.

Han sido 20 años en los que la vida le ofreció a la ex gimnasta colombiana Claudia Castillo la posibilidad de renacer. Y así lo hizo, a pesar de su cuadriplejia.

Hoy, radicada en Estados Unidos, dedicada a enseñar psicología por Internet y a terminar su doctorado en educación especial, Claudia es la 'Gaviota' (como la bautizó el locutor Rubén Darío Arcila) que levantó el vuelo y que tiene nuevos y grandes sueños.

Al romper su prolongado silencio, sus palabras son más de alegría y esperanza que de drama. Claudia le contó a EL TIEMPO cómo pasó de ser una exitosa deportista de 12 años, a la que un accidente le cambió la vida y sus expectativas de manera radical, a convertirse en una valerosa mujer de 32 años que hoy narra su milagro, en el que han sido fundamentales el apoyo y la dedicación de su madre, Gloria Gómez.

Claudia, a usted se la llevaron a vivir a Estados Unidos a los 13 años. ¿Cómo fue ese cambio de vida?
Yo me fui para allá en muy malas condiciones. Llegamos directamente a un hospital de Filadelfia. Eso fue el 2 de diciembre de 1990. Me tocó estar en cama como 6 meses porque tenía infección de vejiga y escaras, y por eso, inmediatamente, ordenaron una cama especial, como de aire. Fue muy difícil para mi mamá y para mí haber llegado a otro país sin conocer a nadie ni hablar nada de inglés. Mi mamá se quedó hospedada en el hospital. Todo eso fue gratis. Ahí mismo empecé con terapia física y ocupacional.

¿Cuánto duró internada?
Estuve casi un año en ese hospital. Mientras tanto, empecé a aprender inglés. En tres meses aprendí a hablarlo y a defenderme. Durante mi estadía en el hospital tuve dos profesoras y gracias a una de ellas se iniciaron los trámites para que pudiera empezar en el High School una vez que saliera de ahí. Durante este período, la verdad, no me deprimí. Al contrario: conocí a otra gente que tenía lesiones cervicales y eso me ayudó a seguir adelante, con la ayuda de Dios y de mi madre, quien siempre ha estado a mi lado.

¿Qué hizo al salir del hospital?
Cuando me dieron de alta, mi mamá y yo nos fuimos a vivir a un apartamento cerca del hospital. Entré al High School en 1992. Era público y tenía buses especiales, con rampa para mi silla de ruedas. Inicialmente, tuve una silla pequeña manual y después, una eléctrica de motor, de la misma que uso ahora.

¿Cómo fue ese proceso en el 'High School'?
Para mí fue muy duro empezar el High School en otro país, sin amigos y sobre todo, en silla de ruedas. Pero mi mamá me dio mucho ánimo y me aconsejaba tener siempre una sonrisa, así que me llené de valor y enfrenté esa nueva etapa de mi vida. Allí tuve muchas amistades, aunque me di cuenta de lo distintas que son ambas culturas.

¿Cómo fue su adolescencia?
Fue como mi niñez: no muy común. Mi vida dio una vuelta tan drástica, que, la verdad, siempre estuve enfocada más en mi recuperación, en volver a estudiar y en llevar una vida tranquila.

¿Cómo fue la recuperación?
Duré como dos años más yendo a terapias al hospital. Me sometí a dos cirugías más del brazo derecho para tener un poco más de movimiento. En ese entonces tuve unos implantes de electrodos en el brazo derecho para tratar de comer por mí misma, pero eso no me funcionó mucho. Entonces, la otra opción fue la cirugía del brazo derecho para poder mover muy poco el dedo gordito y pinchar y poder comer por mí misma con un tenedor. También tuve electrodos en las piernas para hacer ejercicio y alzar pesas. Los tuve varios años, pero me los sacaron.

¿Cuántas cirugías le han hecho?
Diez. Inicialmente, en Colombia me operaron dos veces el cuello en el área de la lesión. Luego, me hicieron una cirugía plástica en los glúteos por una escara que se me hizo por mal cuidado. Por las escaras me hicieron tres intervenciones. Acá, en EE. UU., también tuve cirugías en los glúteos, porque la intervención hecha en Colombia se me infectó. Tengo tres cirugías en el brazo derecho y una en la vejiga.

¿Cómo era entonces su rutina diaria?
A mi mamá le enseñaron cómo cuidarme y ella siempre fue muy hábil y aprendió fácil. Mi mamá no sólo ha sido mi madre, sino mi amiga, mi enfermera, mi todo. En cuanto a mi alimentación, después del accidente mi apetito disminuyó bastante. Sin embargo, no tenía restricción de dietas. Seguí con mi rutina de estudiar y salir con mi mamá y con ciertas amistades.

¿Cómo fue su proceso de estudios?
Mi primer grado fue un college de 2 años, que es como una base para seguir a un grado más avanzado para elegir una carrera. Después fui a la universidad y ahí hice 4 años de psicología.

¿Cómo era su vida personal? ¿Tuvo novios mientras todo esto pasaba, por ejemplo?
He tenido noviecitos, pero nada de compromisos serios.

¿Cómo eran esas relaciones?
Normales. Salíamos al cine, a comer... Siempre he estado enfocada en mis estudios y uno conoce a ciertas personas, pero aquí, en EE. UU., cada cual va por su lado.

¿Cuándo tomó la decisión de aprender a manejar un carro?
Ya lo había hablado con mi mamá. El año pasado empecé con el proceso y ha sido un poco tedioso, pero ahí voy. Eso ha sido por medio de un centro de rehabilitación, que se enfoca en ayudar a personas con mi lesión y otras discapacidades. Tengo un instructor y ese centro tiene una camioneta especialmente adaptada para sillas de ruedas. Eso sí tiene costo, pero lo que pasa es que me contacté con otro centro de rehabilitación, que promueve la independencia y clasifiqué como beneficiaria. Por eso, ellos me están pagando las clases, gracias a Dios, porque son muy costosas.

¿Hoy en día cómo es su rutina, cómo es un día de su vida?
Mi rutina ha cambiado, porque cuando tuve otro trabajo (fui traductora en una corte de familia) estuve siempre fuera de la casa. Ahora estoy más en casa. Claro que salgo a la universidad, pero lo hago dos veces por semana. Salgo a reuniones de trabajo, o a reunirme con compañeras del doctorado que hago en educación especial. También salgo con mi mamá y dicto dos clases por Internet.

¿Por qué tantos años de ausencia y silencio?
He ido a Colombia como tres veces después del accidente. Hace como 6 ó 7 años que no voy, por cuestiones de estudio, tiempo y dinero. Y como la universidad requiere dedicación, pues nunca pensé en meterme a Facebook, por ejemplo. Apenas el año pasado lo hice y así me reencontré con varios gimnastas de mi época.

¿Cómo se han sostenido económicamente su mamá y usted?
Mi mamá trabaja cerca de donde vivimos, ha tenido varios trabajos y, pues, yo quise empezar a trabajar precisamente para colaborar, eso ya hace varios años.

¿Quisiera casarse?
Creo que sí... La verdad es que sólo Dios sabrá. No creo que me vea teniendo hijos. Sería muy duro físicamente, aunque no es imposible. Obvio que es importante tener una pareja y compañía, pero mi sueño es terminar mi carrera y poder manejar.
Tengo que pagar los préstamos que debo por mis estudios, que son bastantes. Así que ahí vamos, un día a la vez y con la mano de Dios y el apoyo y el amor incondicional de mi madre.

Recordando el accidente

¿Qué hay de cierto en que el entrenador la obligó a hacer la 'paloma mortal'?
Yo estaba dispuesta a hacer 'zucajara', otro ejercicio, y él me indicó que más bien hiciera 'paloma mortal' (un salto en el que se arranca en el piso a correr y luego se 'pica' en el trampolín. El cuerpo se eleva para pararse de manos en el caballete. Allí se impulsa y luego hace una vuelta hacia adelante).

¿Se sentía confiada de hacer el ejercicio?
No. Ese día, y en ese gimnasio (Palmira, Valle del Cauca, en un campeonato nacional), no me sentía confiada de hacer ningún ejercicio de alta dificultad por el simple hecho de que ese gimnasio estaba en malas condiciones. La pedana (tablado) tenía huecos. Nos tocó subir el tapete y unir las colchonetas. Las barras asimétricas se sentían flojas y no se podían abrir lo suficiente. La viga era un pedazo de madera forrado de cuero - no tenía ese pequeño colchón debajo del forro- y se sentía durísima. El caballete también era viejo y se movía al hacer cualquier salto y el forro era muy liso. Por esto se me resbaló la mano derecha, perdí el control en el aire y caí de cabeza.

¿Perdió el conocimiento?
No, nunca. Sí me sentí mareada y me faltaba el aire.

¿Qué pasó después?
No había camilla y nadie llamó a una ambulancia. Me sacaron en un pedazo de tabla y me llevaron en un carro, en carretera destapada, como a media hora del gimnasio, a una especie de consultorio. Allá cogieron un pedazo de cartón y me lo pusieron como cuello artificial. Ahí me quedé esperando una ambulancia que me llevara a la Clínica del Occidente, en Cali. Cuando llegué, me tocó esperar unas ocho horas para que me subieran a un cuarto, porque la luz se había ido y me tuve que quedar en un rincón de la sala de emergencias, en una camilla muy dura.
Como a los tres días de estar en esa clínica, me intoxiqué con la comida. Allí me pusieron en una tracción para mi cuello fracturado, pensando que con esa tracción el hueso volvería a su lugar.
Duré ocho días boca arriba, sin que nadie pensara en prevenir escaras en la piel, por estar en la misma posición día y noche. Cuando por fin me voltearon de medio lado, ya tenía una escara en el cóccix.

CLAUDIA JIMENA CAICEDO
PARA EL TIEMPO

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