Trojas de Cataca, el pueblo que se muere con la Ciénaga Grande de Santa Marta

Trojas de Cataca, el pueblo que se muere con la Ciénaga Grande de Santa Marta

Es uno de los palafitos del complejo lagunar que fue despensa piscícola de la región y le tocó sufrir la catástrofe ecológica, la masacre de las AUC y el desplazamiento.

02 de julio 2010 , 12:00 a.m.

La pesca, el mangle, la sal y la ciénaga, son tres cosas que están pegadas al alma de los habitantes de este centenario pueblo de pescadores que se asienta en una esquina de la Ciénaga Grande de Santa Marta, a un lado de la desembocadura del río Aracataca.

Estos recursos desde siempre han rondado el ambiente que se respira y vive en este corregimiento de Pueblo Viejo (Magdalena), el cual está a 45 minutos cruzando en lancha el espejo lagunar. En Cataca, como también se le conoce, la mayoría de sus casas están montadas sobre estacas de mangle y el resto a orillas del río, entre el mangle.

Tuvo su época buena. De aquí salía gran parte del pescado y los mariscos que se consumía en los mercados del Caribe e interior del país.

En los tiempos remotos de abundancia de la Ciénaga Grande los pescadores cataqueros lograron convertir a esta zona en una despensa piscícola de la región en donde especies como el róbalo, el sábalo, la mojarra rayada, el macabí, el lebranche, la lisa, el mapalé, el coroncoro, además de la ostra, el caracol y el camarón salían por toneladas.

"Yo crecí comiendo sancocho de coroncoro, por eso no me enfermo y tuve fuerzas para levantar a 12 hijos", dice Manuel, un pescador de 74 años de edad, mientras aprieta entre sus labios un tabaco y deja entrever el último diente que le queda.

Las 185 casas que se levantaron sobre la ciénaga eran de colores vivos y brillantes, en las que habitaban hasta cinco familias por residencia.

El pueblo era el centro de acopio de pescadores de toda la laguna que compraban aquí desde la carne, el café, la ropa, hasta el trago que bebían después de las jubilosas faenas.

Había colegio, iglesia, puesto de salud, un centro de Telecom, tiendas, billares, inspección de policía y negocios de miscelánea. Era tan apacible que no requería la presencia permanente de las autoridades.

Era un pueblo fiestero, hasta donde llegaban personas de Santa Marta, Barranquilla, Pueblo Viejo, y diferentes partes a rumbear en las fiestas patronales de Santa Rosalía, en septiembre.

"Las parrandas duraban 4 días y la música sonaba todo el tiempo alegrando el alma de los pescadores", cuenta Antonio Guerrero, un pescador que vivió en plenitud la bonanza pesquera.

Juana Nilse Hurtado, una mujer de 54 años nacida en Cataca y hoy desplazada, no oculta su nostalgia por aquellos tiempos: "Le comprábamos el pescado a toditos los pescadores, lo vendíamos en Tasajera y luego viajábamos Ciénaga a comprar galletas, verduras y muchas cosas para venderlas de regreso".

Los malos tiempos

La prosperidad, el creciente comercio, la alegría de sus habitantes, y la abundancia que les ofrecía el complejo lagunar son historia. La buena época que evocan Manuel, Juana Nilse y Antonio se fue. En las Trojas de Cataca todo es desolación y olvido.

De las casas alegres hasta donde llegaban los botes cargados de pescados, hoy sólo quedan restos de las estacas de mangle en los que alguna vez se sostuvieron.

El manto de la miseria comenzó a arropar a este pueblo con la construcción de la carretera Barranquilla- Santa Marta (1956) que obstruyó los caños alimentadores entre la ciénaga, el mar y el río Magdalena; la contaminación de sus aguas por la agroindustria; la deforestación para la expansión agrícola, ganadera y el asentamiento humano, y la sobre explotación pesquera.

Estos factores alteraron el equilibrio ecológico generando la desaparición de muchas especies para darle paso al hambre, la tristeza y la soledad.

A esto se sumó una incursión de las autodefensas la tarde del 22 de noviembre del 2000.

Los paramilitares llegaron en lanchas, sacaron a las personas de sus casas y las reunieron en la escuela al lado de la estación de policía y de la iglesia y asesinaron a cuatro pescadores acusados de colaborar con la guerrilla. La masacre produjo el éxodo de por lo menos 250 familias.

"Sólo quedamos cinco familias, algunos permanecimos escondimos hasta que se fueron", relató Carlos Garízabalo, un hombre de 78 años de edad que se ha resistido a abandonar su pueblo.

De las 185 casas hoy sólo quedan 15, muchas están abandonadas o fueron desmontadas por los mismos propietarios que poco a poco se fueron llevando los restos de tablas y techos de zinc.

La escuela, el centro de salud, la sede de Telecom y ni la iglesia funcionan, ahora son ruinas. Los 270 estudiantes y 12 profesores desaparecieron.

El comedor del pueblo es hoy el aula en la que 32 niños reciben clases de la profesora Adelina Herrera, quien tampoco se quiso ir del pueblo. "Aquí tengo todo", dice resignada.

Después de la masacre, el Gobierno Nacional anunció un plan de atención que incluía la instalación de energía eléctrica. De eso sólo quedó una serie de postes enterrados, la energía nunca llegó.

La sede del Sena que se montó al poco tiempo fue abandonada, al igual que los programas de repoblamiento piscícolas. Los instructores no regresaron.

La presencia de los paramilitares por la zona aumentó el temor de los cataqueros desplazados, quienes decidieron no regresar y quedarse conformando cordones de miseria en Santa Marta, Pueblo Viejo, Barranquilla, y Soledad, localidades en donde permanecen refugiados.

"A este pueblo lo dejaron abandonado a su suerte", reconoce el alcalde de Pueblo Viejo, Jaime Caballero.

Las 15 familias que insisten en quedarse en el pueblo sobreviven con lo poco que sacan de la ciénaga, donde los pescados parecen haber desaparecido.

"Hace tres días que el fogón está apagado", dice con tristeza el viejo Manuel quien en la faena de la noche anterior se gastó la última libra de arroz, pero se resiste a dejar la pesca, el mangle, la sal y la ciénaga. Sólo él sabe que los lleva aferrados a su corazón.

LEONARDO HERRERA D.
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
TROJAS DE CATACA (MAGDALENA)

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