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Moneda dura, economía blanda

Moneda dura, economía blanda

Las monedas duras son propias de las economías duras; no de las economías blandas, con altísimo desempleo y con muchos problemas para los sectores exportadores.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de junio 2010 , 12:00 a. m.

Las perspectivas de la tasa de cambio del peso no parecen muy halagüeñas para el empleo y el crecimiento. Es inevitable que Colombia en los próximos años sea, con fuerza creciente, una economía exportadora de hidrocarburos y minerales. El impacto directo de estos negocios en la demanda privada interna y en el nivel de empleo es sumamente reducido.

Sin embargo, la visión programática de Santos considera este proceso primario-exportador como una de las cinco 'locomotoras' de la generación de empleo; puede que ésta no tenga mayor potencia, pero algo hace. El problema es que la oferta de divisas en el mercado cambiario por cuenta de estas exportaciones será bien abundante; encima de ello, los operadores en ese mercado ya tienen expectativas consolidadas sobre el 'fortalecimiento' del peso que se cierne sobre la economía colombiana.

Hay que tener en cuenta, además, que en los próximos cinco años vamos a poseer varias decenas de miles de millones de dólares en la cuenta de capital de la balanza de pagos por la vía de la inversión extranjera directa en hidrocarburos y minería. El impacto sobre la oferta neta de divisas de este flujo de inversiones no es muy grande tampoco, pero sí produce la sensación de que el balance externo de Colombia será bien robusto, con sus implicaciones sobre la tasa de cambio.

En fin, esta historia de subsuelo es y será una bendición mixta: aporta recursos fiscales, produce un poco de empleo directo e indirecto, puede dinamizar algunas economías regionales que lo necesitan; pero a la vez puede producir serios perjuicios ambientales, podría exacerbar la corrupción y el desperdicio de recursos fiscales regionales y locales y genera una sensación de riqueza monetaria en divisas extranjeras que, por la vía de la tasa de cambio, se vuelve contra las actividades productivas más dinámicas en las ciudades y en el territorio rural.

Es evidentemente loable el propósito de Santos de crear mecanismos de ahorro público para manejar allí parte de los recursos fiscales recaudados de esas actividades extractivas. En realidad, en un gobierno responsable es un propósito sobreentendido, al que se le debe añadir la formulación legal de una regla fiscal que obligue a manejar con sabiduría el Tesoro público en circunstancias de bonanza minera. El de la regla fiscal también es un objetivo de la próxima Administración.

Empero, para ser realistas, el efecto de percepción de riqueza cambiaria podría ser determinante en el mercado de divisas. A la opulencia de la economía extractiva habrá que añadirle el problema del endeudamiento público externo; un inconveniente que ya está pintado en la pared para los próximos años, en virtud de la actual posición fiscal: más fuego al candil de la valorización dañina del peso.

Las monedas duras son propias de las economías duras; no de las economías blandas, con altísimo desempleo y con muchos problemas para los sectores exportadores. Los buenos propósitos de Santos en materia laboral pueden echarse a perder si el combate a la sobrevaluación no tiene éxito. Es una lucha a cargo del Estado colombiano. El próximo Gobierno, seguramente buscará cumplir con sus propósitos de ahorro fiscal, pero esto no va a alcanzar: el Banco de la República debe entrar en escena como actor protagónico.

Ni Santos ni Echeverry han dicho qué piensan sobre el papel del Emisor en este campo. La próxima Administración debería declarar si cree, o no, que el marco de política monetaria que se aplica actualmente es el adecuado. Esta cooperación armónica es tan importante como la que debe existir entre los poderes públicos. Reina el silencio hasta ahora.

cgonzalm@cgm.com.co

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