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El Ejército, hoy

El Ejército, hoy

Del ataque a Mitú, en donde fue secuestrado Mendieta, a la operación 'Camaleón' que lo rescató, hay todo un proceso de cambio en las tropas.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
19 de junio 2010 , 12:00 a. m.

Los días del Ejército de "novatos" quedaron atrás. Así definió el ex presidente Andrés Pastrana, en una entrevista con EL TIEMPO, a la tropa que recibió el 7 de agosto de 1998 y que para ese momento ya había afrontado los peores fracasos militares de su historia.

Pero, tal vez faltaba el peor: la toma a Mitú (Vaupés), el primero de noviembre, con un saldo de 61 policías secuestrados, incluido el coronel Luis Mendieta, comandante del Departamento de Policía, y 51 muertos entre uniformados y civiles.

Este descalabro estuvo precedido por la emboscada a la Brigada Móvil 3, en El Billar (Caquetá), el 3 de marzo, con un saldo de 65 militares muertos y 43 secuestrados; y por el ataque a la base militar de Miraflores (Guaviare). Para el 2 de agosto de 1998, 24 horas después de la toma, 30 uniformados habían muerto y 127 policías y militares estaban secuestrados.

Ese año nefasto para el Ejército, en el que hubo 120 ataques más a estaciones de Policía y patrullas militares, fue también el punto de partida para su reestructuración y modernización.

Los militares, en sus cursos de análisis táctico de las operaciones, concluyen que ese fue el aspecto positivo de la toma de Mitú. Si bien es cierto que políticamente las Farc mostraban ante el mundo que el Gobierno estaba en jaque, al tener controlada la capital de un departamento con más de 1.500 de sus hombres, la realidad del país demostraba que el Estado nunca se había preocupado por dotar logísticamente al Ejército para que pudiera cubrir todo el territorio nacional.

Las lejanas poblaciones selváticas del Vaupés, Guaviare, Guainía y Caquetá eran los puntos más críticos, y la guerrilla las convirtió en su fortín.

Por eso, el primer paso fue reorganizar los recursos aéreos. A finales del 98, entre la Fuerza Aérea y el Ejército no se sumaban más de 45 aviones de combate y helicópteros en vuelo, es decir, disponibles para atender una emergencia como la de Miraflores, donde había 300 hombres de la Policía Antinarcóticos y del Ejército en un pueblo enclavado en la selva. El área urbana más cercana era San José del Guaviare, ubicada a dos horas en avión y dos días por río.

Para diciembre de ese año, el gobierno de Pastrana ya tenía el plan de reestructuración y, después de desmenuzar cada una de las tomas guerrilleras, concluyó que más allá de las falencias logísticas, el Ejército tenía un grave problema de moral y confianza en la institución.

Cambiar la mentalidad del soldado, sobre su compromiso con el país, era una tarea urgente. El alcalde de Miraflores, Iván Flórez, recuerda que el día de la toma había tanta guerrilla en el caserío que muchos soldados ni siquiera combatieron.

En muchas oportunidades, los periodistas fueron testigos de cómo los soldados que patrullaban en Caquetá o Putumayo se acercaban a los montallantas de los pueblos para remendar las botas rotas, o cómo de uniformes viejos sacaban parches para tapar los huecos que tenían los que llevaban puestos. El Ejército de Bogotá era muy diferente al del resto del país.

Empezó el cambio

El primer trabajo que se hizo, desde la Escuela de Relaciones Civiles y Militares, fue analizar el estado físico, psicológico y profesional de cada uno de los integrantes del Ejército.

No fue en vano la afirmación del comandante de las Fuerzas Militares, general Freddy Padilla, la noche del pasado domingo en la Casa de Nariño, cuando dijo que el Ejército que había rescatado al general Mendieta, a los coroneles Donato y Murillo y al sargento Delgado, distaba del que operaba cuando las Farc los habían secuestrado 12 años atrás. Para ese entonces, los soldados se ganaban un sueldo mínimo, sin prestaciones sociales, primas o beneficios y sólo 22 mil se habían entrenado como profesionales. El resto del pie de fuerza era de soldados regulares, que prestaban su servicio militar durante dos años.

El timonazo se dio con el estudio a la Brigada Móvil 3, que había sido atacada en El Billar. Esta unidad fue conformada en tiempo récord de 7 meses y sus integrantes llegaron reclutados de los barrios marginales de Medellín, Pereira, Quibdó y otras ciudades del país. Un número considerable de ellos consumía marihuana y algunos habían pasado por la correccional de menores.

El fallecido ministro de Defensa Rodrigo Lloreda, y luego su sucesor, Luis Fernando Ramírez, con los comandantes de las Fuerzas Militares y el Ejército (generales Fernando Tapias y Jorge Mora, respectivamente) crearon las escuelas de Comandos y Soldados Profesionales.

Fue allí, realmente, donde se empezó a cambiar la mentalidad de los combatientes. Paralelamente, el ministro Ramírez abrió el camino para que los soldados pudieran pensionarse y su trabajo dejara de verse como el de un simple mercenario.

Pero el estímulo tenía que ir más allá. Luego, el entonces presidente Pastrana le dio un lugar relevante a la Aviación del Ejército y a la Fuerza Aérea, y empezó una transformación en la manera de operar. El apoyo aéreo es una pieza clave en el punto de quiebre del conflicto interno colombiano.

Sin embargo, la transformación real que tuvo la tropa se vivió en octubre del 2000, cuando Ramírez, con el apoyo de su cúpula militar, realizó una histórica purga, con la destitución de 388 uniformados. Por lo menos cien de ellos tenían investigaciones por violación de derechos humanos. Para ese momento ya había desaparecido la cuestionada Brigada 20 de Inteligencia, y con el remezón, salieron oficiales y suboficiales que hacían parte de dicha unidad.

"En ese momento nos dimos cuenta de que había que pensar en el soldado más como ser humano que como simple combatiente y que los mismos hombres que hacían la Inteligencia no podían ejecutar las operaciones", recuerda el general Mora.

Con Álvaro Uribe y su Política de Seguridad Democrática continuó el proceso. Los cambios y las nuevas políticas se cristalizan en el Plan Patriota, una campaña militar sin precedentes que generó la estrategia militar y la inteligencia técnica y humana que hoy se replica en todas las operaciones. 'Fénix', 'Jaque' y 'Camaleón' son el fruto de la reingeniería.

El soldado recibió un estatus laboral, pero sobre todo en reconocimiento público, que el Ejército siempre había buscado.

De las 45 aeronaves del 98, se pasó a más de 300 este año; el número de soldados profesionales llega a 80 mil y los actos de corrupción en el interior de la institución se redujeron en un 98 por ciento, según la Procuraduría.

Decir que el Ejército que había hace una década es diferente al de hoy sería errado, simplemente porque conserva los mismos preceptos, normas y objetivos que tenía el mismo que nació el 23 de julio de 1810, con las milicias de Antonio Baraya. Pero, sin lugar a dudas, la transformación que sufrió, pese a los cuestionamientos que aún hoy existen, lo ubica entre los más profesionales del hemisferio.

JINETH BEDOYA LIMA
Subeditora de Justicia

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