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A doce pasos

A doce pasos

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de junio 2010 , 12:00 a. m.

Hay un par de fotos a la entrada de mi casa que suelen llamar la atención de los visitantes. Están impresas en blanco y negro pero cuentan una historia realmente colorida. En la primera aparecen unos cuantos hombres con la cabeza en alto que avanzan hacia el centro de un campo. Están peinados con gomina, algunos exhiben una panza de varios kilos, otros parecen entonar un cántico o repetir un estribillo. De no ser por el uniforme deportivo que llevan, podría pensarse que van a una cita con la muerte. Tal vez al paredón. Y, a juzgar por la mirada de casi todos -de resolución, de entereza, nunca de miedo- no quedaría duda de que en tal caso se trata de los verdugos.

Y verdugos fueron. Lo confirma la segunda fotografía, una suerte de pirámide humana -una pequeña y necesaria orgía- en la que se confunden en el regocijo los que antes desfilaban con el ceño fruncido.

Estas fotografías fueron tomadas, con dos horas de diferencia, el 16 de julio de 1950 en Río de Janeiro. En la primera, la selección de Uruguay desfila sobre la grama del mítico estadio Maracaná ante el mayor número de espectadores que se ha reunido en un estadio en la historia del fútbol: casi ciento setenta y cuatro mil. En la segunda, celebra un logro que parecía imposible: derrotar a los poderosos locales y quedarse con el título mundial. Ese día se registraron no pocos suicidios en Brasil. Algunos murieron con la camiseta que llevaban puesta para una fiesta que no se dio.

Así es el fútbol: impredecible y caprichoso. Y estos son sólo dos de los adjetivos que lo hacen fascinante.

Compré las fotografías hace varios años en el mercado del puerto de Montevideo. No lo dudé cuando las vi. Supe que estaba comprando mucho más que un par de imágenes en blanco y negro: un momento encantador de la historia, una lección de vida, una oda al coraje, un remedio contra el escepticismo.

En esos días en que todo parece perdido, vuelvo a estas imágenes como un antídoto para la desazón. Y descubro en la sonrisa prodigiosa del negro Varela -capitán de los uruguayos- un amuleto para este juego en el que no siempre estamos a punto de patear el balón desde el punto penal, sino que a veces parecemos condenados a permanecer bajo el arco.

Fascinante, dije, el fútbol también es un ejercicio de paciencia. Hemos esperado cuatro años para volver a presenciar ese espectáculo que es terapia, que es rito, que es celebración de vida. Ojalá se den en Sudáfrica lecciones tan sorprendentes como la de aquel juego en el Maracaná. Para justificar tanta ilusión y ponerle trabajo a la memoria.

fquiroz64@gmail.com

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