Reliquias robadas

Reliquias robadas

30 de abril 2010 , 12:00 a.m.

HONG KONG. El surgimiento de China es como un inmenso trasatlántico que aparece en medio del océano. Si uno se le atraviesa, corre el riesgo de ser atropellado. Si uno se engancha a él, puede viajar remolcado (gracias a ella, por ejemplo, Latinoamérica se está recuperando más rápido de la crisis financiera). Otra alternativa es navegar en la estela del trasatlántico, dejando que él abra camino y sortee primero los obstáculos.

Esto último es lo que está pasando con un tema que preocupa a China y que puede acabar beneficiando a otros países, incluyendo al nuestro: la propiedad de 10 millones de tesoros culturales chinos, repartidos en más de 200 museos y miles de colecciones privadas de todo el mundo.

China tiene una historia de cinco mil años de civilización, pero muchas de las huellas de esa historia no están dentro del país ni tampoco les pertenecen a chinos. Fueron saqueadas, vendidas y contrabandeadas, algunas en episodios tristemente célebres, como la destrucción a manos de tropas anglo-francesas del Antiguo Palacio de Verano de Beijing, hace exactamente 150 años.

Tras un largo y oprobioso paréntesis en el que estuvo subyugada a potencias extranjeras, China ha vuelto a ser relevante en la comunidad internacional y está empezando a usar su flamante poder para cortar cuentas con el pasado. En especial, con esa parte del pasado que se conoce como "el siglo de la humillación", que empezó con la guerra del opio y solo terminó cuando los japoneses fueron expulsados del país y los comunistas subieron al poder.

Cada cuadro, jarrón de porcelana, escultura de bronce, sello de jade o estatua de piedra que reposan en la vitrina de un museo o en la casa de un coleccionista extranjero, invocan memorias que China quiere reescribir, y para hacerlo, necesita recuperar los vestigios físicos de su antiguo esplendor.

Que esté empeñada en reclamar lo que le pertenece es excelente noticia. Otros países, como Egipto o Irán, llevan años exigiendo que les devuelvan lo que es suyo, pero los museos que tienen en su poder tesoros como la piedra de Rosetta o el busto de la faraona Nefertiti se mueren de la risa.

Lo mismo pasa con el Tesoro Quimbaya, la espectacular colección de oro que el presidente colombiano Carlos Holguín le regaló a la Reina María Cristina de Habsburgo en 1892 y que permanece archivada en el Museo de América, de Madrid, en un acto de expoliación de nuestro patrimonio histórico que a estas alturas no tiene justificación.

Los tesoros les pertenecen a los países que los produjeron, y el hecho de que muchos de ellos hayan sido robados -o regalados, como es nuestro caso- antes de que existieran leyes que prohibían su tráfico, no es excusa para que no sean devueltos a sus dueños legítimos.

Lo que tiene China, que no tienen Egipto, Irán, Grecia, Perú, Colombia y los demás países que reclaman tesoros expoliados, es no solo la razón y la energía para embarcarse en esa contienda, sino también el capital para costear litigios que pueden durar años. Y, más que los fondos para litigar, tiene y tendrá cada vez más poder e influencia para mover los hilos y usar los canales diplomáticos a su favor.

Por iniciativa de Egipto, a comienzos de este mes se reunieron en El Cairo 25 países -China y Colombia entre ellos- que quieren recuperar las reliquias perdidas. Es una alianza incipiente, pero con futuro, porque puede apelar no solo a la justicia, sino también a la fuerza.

Volviendo a la analogía del comienzo, nos conviene meternos en la estela de ese trasatlántico. Históricamente, el debate sobre la propiedad de las reliquias robadas ha estado dominado por la retórica de los saqueadores. Con un peso pesado como China en la contienda, esa dinámica puede y debe cambiar.
 

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