La polémica por la venta de tapices que fueron hechos para recordar a las víctimas de masacres

La polémica por la venta de tapices que fueron hechos para recordar a las víctimas de masacres

Los tapices que varias mujeres de los Montes de María cosieron para exorcizar el duelo de las masacres terminaron en manos de un particular.

24 de abril 2010 , 12:00 a.m.

Dicen que los salvó Dios. Al llegar a sus oídos el rumor de la masacre de El Salado, ocurrida entre el 16 y el 21 de febrero de 2000, que aterrorizó a los Montes de María, la comunidad vecina de Mampuján inició un ayuno diario por su salvación. Por eso, cuando un miembro de las autodefensas recibió la orden de frenar la matanza, mientras el pueblo entero cantaba y oraba, la decisión fue interpretada como un milagro y celebrada con aleluyas. Luego huyeron, pues les dieron 24 horas de plazo para salir.

Ahora, diez años después del horror que significó su desplazamiento, una de las casas abandonadas del pueblo de Mampuján, derruida por el abandono, se convirtió en galería de recuerdos. Allí, quince mujeres del pueblo decidieron mostrar su testimonio a través de doce tapices que hicieron para plasmar la tragedia de su tierra.

Bordadas delicadamente con encajes y telas traídas de Sincelejo, las figuras narran minuciosamente episodios de la vida cotidiana así como el paso de su pueblo esclavizado de África a América y las rebeliones de los cimarrones. También retratan la violencia reciente con lujo de detalle, el secuestro, el desplazamiento, la masacre en los Montes de María, el hacinamiento padecido en la actualidad.

"Es una estrategia para sacar los duelos, pues tenemos escondido el dolor", explica Juana Alicia Ruiz, una de las mujeres. A través de tejidos de sí mismos, varias de estas comunidades están exorcizando el dolor vivido.

Las mujeres volcaron su terapia en esos tapices. Fue un ejercicio que empezó en 2006, cuando la pastora norteamericana Teresa Geiser les dictó un taller de costura, que tenía como fin la sanidad del trauma. Basado en la técnica del quilt (colcha), la unión de los retazos reconstruye un todo. Y está funcionando, pues su filosofía es "no olvidar, sino recordar sin dolor".

Lo agridulce de esta historia es que estos tapices ya no le pertenecen a la comunidad de Mampuján, porque el artista Juan Manuel Echavarría, que al ver el tapiz del desplazamiento quedó fascinado y les preguntó en cuánto le harían otros más.

"Nunca los habíamos hecho con fines comerciales -explica Alexandra Valdez, otra de las mujeres-. Nos quedamos con la boca abierta y no supimos qué decirle. "¿Qué les parecen 500.000?", nos preguntó Juan Manuel y como no sabíamos ni éramos muy expertas nos pareció increíble". Hoy, las quince telas le pertenecen a la Fundación Puntos de Encuentro, que "busca a través del arte educar contra la guerra"; Echavarría es su representante legal.

Los tapices de Juan Manuel

Así los llaman. Ya no son los tapices con la memoria de Mampuján. Hoy, le pertenecen a un hombre que, aunque les asegura que se los presta a la comunidad cuando los necesiten, no deja de ser su propietario. Las mismas tejedoras, aunque agradecidas, se refieren a ellos como 'los tapices de Juan Manuel'.
No obstante, él quiso que firmaran un contrato de cesión de derechos de sus obras, algo que objetaron todos los miembros de la comunidad.

Echavarria se defiende."Si se hacen reproducciones siempre va a ser con autorización de ellas, pero mientras este trabajo esté en las manos de la Fundación no es para la venta".

El artista ofreció devolvérselos, pero ellas rechazaron la oferta "porque el objetivo de hacer esos tapices era que los exhibiera en un museo de arte y memoria. Y en ese museo los queremos ver", asegura Juana Alicia Ruiz. Para ellas, deben convertirse en un bien público.

Pero ese museo aún no existe. Y al parecer, según dijo el propio Echavarría, no está en sus planes inmediatos: "Vamos a hacer un pequeño museo de memoria histórica. Es un proyecto que se está empezando a pensar, pero estos son procesos lentos". Hasta ahora, los tapices han sido exhibidos privadamente en Bogotá y en la Semana de la Memoria Histórica el año pasado en Cartagena.
Sin embargo, las preguntas que surgen son: ¿dónde deben reposar los testimonios y la memoria del dolor de las comunidades?, ¿quién debe salvaguardarlos?

Para Gonzalo Sánchez, coordinador del Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, el tema sobrepasa a las mujeres de Mampuján, razón por la cual ya tiene documentadas más de 150 experiencias comunitarias en el país. Para él, a quien le corresponde resguardar la memoria del conflicto es a las instituciones, a las organizaciones de derechos humanos y de las propias víctimas.

También considera que, aunque hay instituciones naturales, como el Museo Nacional o el Archivo General de la Nación para que reposen dichos testimonios, es válido que un particular pretenda salvaguardar la memoria de una comunidad vulnerable, sobre todo "mientras no haya la institucionalidad pública capaz de asumirla", como ha sucedido en tantas guerras y dictaduras.

Pero también advierte que resulta complejo vincular necesidades de las comunidades a la generación de recursos a partir de sus propios objetos culturales.

"Hay que crear límites éticos y legales -asegura-. Eso debería pasar por una negociación, un reconocimiento y un arreglo concertado con las comunidades, pero aún así no deja de ser problemático. ¿Un objeto cultural de una comunidad es propiedad solamente de la comunidad o lo es también de la nación?".

Cornelia Frisbee, del Museo del estado de Nueva York, que alberga colecciones del 11 de septiembre con objetos de las víctimas, resalta lo necesario que resulta que haya proyectos que tengan la capacidad de sanar y crear memoria, pero se pregunta si podrían existir "acuerdos en los que los propietarios de este tipo de objetos accedan a devolvérselos a las comunidades luego de un tiempo acordado. Y si no existe aún un museo, ¿ayudaría si se exhibieran en un museo comunitario?".

Para el abogado Gustavo Palacio, especialista en derecho de autor, es claro que las tejedoras de Mampuján son dueñas de los tapices como creación (derecho moral), pero que al venderlas perdieron todo el derecho sobre sus obras y ahora le pertenecen a Juan Manuel Echavarría.

"Uno de los principales problemas que tenemos con los creadores es que no conocen sus derechos y entonces, frente al primer contrato u oferta que les hacen, firman lo que sea", explica. Es un tema que tendría que poner a pensar a los que están reconstruyendo la memoria histórica desde las víctimas. Las mujeres lo saben: "Nos dimos cuenta de que la memoria no se vende", dicen, aunque tarde.

DOMINIQUE RODRÍGUEZ D.
Redacción EL TIEMPO

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