Memorias de abril (Opinión)

Memorias de abril (Opinión)

10 de abril 2010 , 12:00 a.m.

¿Qué hace que, en su momento, un joven como yo vaya voluntariamente a una guerra?, ¿tiene acaso esta decisión algún tipo de implicación espiritual que le pueda dar, al final del recorrido, un valor no sólo político sino también profundamente humano y trascendente? En algún momento de nuestras vidas todos tomamos decisiones que definen el curso de la existencia. Yo la tomé al ingresar al M19 cuando apenas tenía 14 años.

Yo pertenezco a una generación que, en su momento (los años 80), tomó las armas con la pretensión de luchar por "un país y un mundo mejores". En ese momento nuestra decisión podía ser leída en una atmósfera de cierto "romanticismo" y justificación, pero sostener esa perspectiva ahora no es posible. Esa posibilidad murió para siempre una vez que se agotó el siglo pasado y sobrevinieron transformaciones dramáticas. El mundo ha cambiado -y de qué manera- y, no obstante la persistencia de numerosos conflictos y guerras, ya nadie les atribuye a esas opciones legitimidad ni heroísmo.

Difícilmente un joven de ahora puede entender la "locura" que me llevó a mí y a otros de mi tiempo a meternos de guerrilleros y a andar medio mundo (Libia, Nicaragua, El Salvador) dispuesto a cualquier aventura revolucionaria a costa de mi propia vida y la de otros, porque los referentes más próximos de esta generación presente son las Farc o Al Qaeda o los horrores del secuestro y de las bombas, las torturas o las ejecuciones extrajudiciales; el 11 de septiembre, Iraq o Afganistán, algo absolutamente repugnante e inaceptable para cualquier espíritu que sueñe con un mundo mejor.

Salvar esta enorme dificultad sólo es posible escribiendo con honestidad y espíritu crítico sobre lo que fuimos y de lo que no es bueno que sea olvidado, menos aún, imitado; enalteciendo siempre el repudio por la violencia.

Este es un libro sobre la experiencia -dramática y muy personal- de una travesía espiritual en medio de la guerra y la paz. La guerra, cualquier guerra, es una enorme pérdida de tiempo y de recursos y, sobre todo, de preciosas vidas humanas. La violencia, ejercida bajo distintos estandartes, incluida la pretendidamente "revolucionaria" o la que se ejerce invocando la defensa del Estado pero por fuera de la ley, no admite justificaciones y está probada su inutilidad.

La naturaleza de la vida será siempre sagrada. "Nadie sale intacto de una guerra: ni las sociedades ni sus individuos" me dijo alguna vez DeepaK Chopra. Y como él, creo también que ya es hora de dejar atrás las guerras. Pero eso requiere el compromiso -personal y colectivo- con una visión a un mismo tiempo tan humana como espiritual.

Tal vez pensemos que Jesús o Buda eran ilusos, pero la más extraordinaria revelación de este tiempo es que estamos llamados a ser santos, no por ser puros o devotos, sino santos en el sentido de, simplemente, volver a amarnos los unos a los otros.

DIEGO ARIAS
Para EL TIEMPO

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