Germán Borda Camacho

Germán Borda Camacho

25 de marzo 2010 , 12:00 a.m.

El año pasado, la Orquesta Filarmónica de Bogotá estrenó una de las piezas más recientes de Germán Borda -  el Concierto para fagot y orquesta (2008). A punto de cumplir 75 años, uno esperaría que el músico hubiera decantado sus elementos en una obra apacible y concentrada. Pero, de nuevo, Borda nos sorprende.

El Concierto, por el contrario, emplea todo el enorme aparato sinfónico reforzado con instrumentos adicionales y de percusión.

En medio de ese erizado marco armónico, el atónito timbre del fagot -a cargo de Zbignew Zajak- navega a sobresaltos hasta llegar a puerto seguro. En este y en otros temas, el músico colombiano ha sido figura singular en la escena cultural del país.

Nació en Bogotá el 27 de enero de 1935 lo cual lo hace partícipe de una generación que ha dejado huellas de experimentación en la más reciente práctica artística. Las chatarras de Feliza (1933) y los sonidos electroacústicos de Jacqueline Nova (1935) son un buen ejemplo de esa aura. La idea de la música le vino tarde aunque, afirma: "Nunca dudé de mi vocación" (antes había estudiado literatura en la Universidad de los Andes). Tenía 22 años cuando se inscribe en la Universidad de Música de Viena.

En varios períodos que culminan en 1970 con un posdoctorado bajo la guía de Alfred Uhl, Borda elabora un sistema con el cual ha escrito más de medio millar de piezas -de seguro, mal contadas- para instrumentos solistas, y las más inesperadas combinaciones tímbricas.

Allí, las disonancias se alinean en un centro tonal buscando un punto de equilibrio que contradice la complejidad de su música.

Hay además, una ópera sobre los grabados de Antonio Roda El delirio de las monjas muertas, otra Opera abstracta en seis visiones, Cuatro poemas sobre En busca del tiempo perdido de Proust, y un enorme catálogo de piezas que pueden ser microestructuras, estáticos, meditaciones, movimientos, resonancias, espaciales o fantasiosas elucubraciones sonoras.

Los escritos acerca de Borda lo relacionan con la Escuela de Viena - la de Schôenberg, Webern y Berg. Su maestro Uhl lo saca de dudas: "Usted tiene poco qué ver con nosotros", le aclara en una de sus clases. En su música resalta "el sentido intelectual y la dimensión abstracta" (Orquestal I), las "perspectivas lineales" (Espacios), los "planos horizontales de tiempo" (Seis visiones de la sabana) o la economía de medios de Webern, según un periódico de Munich sobre Cuatro microestructuras para violín.

Lo que él busca es una estructura sonora apoyada en sí  misma, un empeño  del cual son testigos los públicos de Alemania, Austria, Italia, España, Bélgica, Corea y Grecia y en cual, la literatura y la poesía ocupan lugar primordial. Borda ha escrito cuatro novelas -tres de ellas editadas en España- piezas de teatro y dos libros de poesía.

Su novela más reciente -'El enigma de Dreida'- se modula con música, sexualidad y la presencia de un Borges de traje azul y corbata que al final asistirá al encuentro con el tiempo en un viaje insólito por las islas griegas.

En la ópera de Franz Schreker, El sonido distante (1912), el héroe se aísla para oír su propia y misteriosa resonancia. Borda hace lo propio al marginarse de un medio en donde hay "demasiadas cosas, demasiada gente, demasiado de todo". Una disciplina que debe llevarlo de manos de la música al descubrimiento del ser.

Por:  Carlos Barreiro Ortiz

Bogotá, febrero/2010

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