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Inquisición a la criolla

Inquisición a la criolla

Hace 400 años Felipe III fundó el Santo Oficio de Cartagena, un tribunal decadente, que en dos siglos quemó a cinco herejes y cuyos secretos apenas comienzan a ser revelados.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
20 de marzo 2010 , 12:00 a. m.

Frente a los funcionarios del Santo Oficio de Cartagena, María Cacheo, nacida en Guinea (África) hacía unos 40 años, confesó que era bruja, que adoraba al demonio como a su dios y que en las noches de miércoles, durante los aquelarres que se celebraban en los bohíos cercanos a Pácora (Panamá), había comido carne humana. Incluso la de sus hijos Juanillo y Antonia, de cuatro y tres años.

Dijo que tenía 16 víctimas en su haber y contó que preparaba un ungüento para volar transformada en gato, pato, cabra, caimán, paloma o ratón. También relató que había enseñado sus artes a una pareja y que con ellos voló en busca de un mulato de dos años, a quien le chuparon la sangre por la nariz, las orejas y el ombligo. Luego fueron a una junta de brujos y bebieron la sangre mezclada con chicha.

La relación del auto de fe -ceremonia en la que se leían las sentencias- celebrado el 25 de junio de 1628 en la catedral señala que se arrepintió de sus actos. Fue condenada a cien azotes, a portar insignias de bruja, a vestir el sambenito -un hábito que revelaba su condición de hereje reconciliada- y a pagar dos años de cárcel en el hospital de San Sebastián.

María no terminó en la hoguera. Ni siquiera fue necesario torturarla para exprimir su declaración. En el siglo XVII la Inquisición, la institución creada por la Iglesia de Roma para perseguir a los herejes, no era ni la sombra de lo que había sido en sus orígenes en el XIII.

La llama se apaga

Desde el 25 de febrero de 1610, cuando el rey Felipe III expidió la cédula de fundación del Santo Oficio de Cartagena, hasta 1821, cuando cerró como resultado de la Independencia, la Inquisición en territorio colombiano quemó vivas a cinco personas. Cifra baja si se compara con los 183 herejes que Robert le Bougre, inquisidor general de Francia, envió a la pira en un solo auto de fe en 1239, o si se tiene en cuenta que los tribunales de México y Lima, fundados en 1570, quemaron durante toda su existencia a 39 y 34 personas, respectivamente.

Aun así, el secreto, el comején y las polillas dieron al traste con la memoria del tribunal cartagenero, y esa ausencia terminó convertida en pasto para la negación o, en el extremo opuesto, para la construcción de una leyenda negra de la Inquisición criolla.

La Historia de Colombia de Henao y Arrubla -texto oficial conmemorativo del Centenario- dice que el Santo Oficio se limitaba "a velar por la no introducción de libros prohibidos". En contraste, novelas como La pezuña del diablo (1970), de Alfonso Bonilla-Naar, o La tejedora de coronas (1982), de Germán Espinosa, alimentaron la idea de un tribunal controlado por inquisidores crueles que se refocilaban con grandes holocaustos.

Del amor y otros demonios (1994), novela de García Márquez cuya adaptación cinematográfica se estrena esta semana, fue más moderada, pero también cedió a la tentación hiperbólica cuando anotó que en el tiempo del relato (siglo XVIII) la Inquisición en Cartagena había "condenado a mil trescientos a distintas penas en los últimos cincuenta años, y ejecutado a siete en la hoguera". Considerando que en sus primeras nueve décadas el tribunal procesó a unos 850 reos, no es descabellado sospechar que los números de 'Gabo', más que datos históricos, son licencias poéticas.

La obtención de cifras más próximas a la realidad ha sido posible gracias al hallazgo de las relaciones de causas de fe del Santo Oficio de Cartagena que reposan en el Archivo Histórico Nacional de Madrid (España). Desde los años 90, esos papeles vienen desmitificando el periodo y revelando la pobreza del tribunal, la buena fe con que en general obraron los inquisidores, y la existencia de una sociedad permeada hasta los tuétanos de religiosidad y superstición.

La apertura de los tres tribunales de la Inquisición en América tuvo como fin evitar el ingreso a las colonias de credos distintos al cristianismo y frenar las desviaciones religiosas traídas por los conquistadores. Su propósito no fue la evangelización y conversión de los indígenas. De hecho, ellos no estuvieron bajo la jurisdicción del Santo Oficio porque la Iglesia consideraba que no podían entender el significado del pecado cristiano. Por eso la vigilancia recayó en especial sobre blancos, negros y mulatos.

El tribunal de Cartagena fue creado para aliviar la carga del de Lima, y su territorio comprendió el Nuevo Reino de Granada y varias de las Antillas. Los primeros inquisidores desembarcaron el 21 de septiembre de 1610, arrendaron tres casas en la misma plaza donde actualmente se levanta el Palacio de la Inquisición y el 30 de noviembre leyeron el edicto de fe en la catedral. El texto, de siete capítulos, obligaba a denunciar a judaizantes -personas bautizadas que practicaban la ley judaica-, a seguidores de "la secta de Mahoma", a luteranos, a alumbrados,las diversas herejías -blasfemias, brujería, diabolismo, adivinación-, la solicitación -propuestas sexuales de miembros del clero- y los libros prohibidos.

Pero pronto el tribunal se estrelló contra la realidad. Aparte de la precariedad de las instalaciones, no contaba con delatores preparados, de modo que el mismo pueblo terminó jugando el papel de espía. La oportunidad se prestó no solo para la salvar almas, sino para cobrar venganzas mediante falsas denuncias.

Los reos y los delitos que los inquisidores tuvieron frente a sus ojos fueron muy diversos en esos dos siglos. No obstante, un rasgo común de las herejías de esa sociedad marginada es la aversión hacia las clases dominantes, según Anna María Splendiani, José Enrique Sánchez y Emma Cecilia Luque, autores de la investigación Cincuenta años de inquisición en el Tribunal de Cartagena de Indias (1997), un riguroso trabajo que rescató los archivos del periodo 1610-1660.

Ese desprecio se manifestaba en el esclavo que, mientras era azotado, renegaba de Dios y amenazaba con seguir renegando para que el amo no soportara más las ofensas contra su religión. O en la esposa traicionada que preparaba pócimas para vengarse de su marido. O en la mujer que acusó a un cura de pedirle favores sexuales de forma reiterada pero, paradójicamente, seguía confesándose con él. O en el negro que se hacía miembro de una secta diabólica para canalizar su rabia.

Para no olvidar

Aunque generalmente los inquisidores tuvieron un trato benevolente con estos herejes y el elevado número de autoinculpaciones demuestra que la sociedad aprobaba la existencia del tribunal, no se puede desconocer que el Santo Oficio de Cartagena también tiene manchas que no lo salvan del juicio de algunos historiadores.

El caso de Ana Beltrán es una de tantas. Acusada de hechicería, la negra fue sometida a tormento. El verdugo le dio tres vueltas de mancuerda -instrumento de lazos que se apretaban al girar una rueda- y le rompió los huesos de la muñeca izquierda. Los médicos del tribunal tuvieron que amputarle la mano por gangrena y su estado se agravó por complicaciones intestinales. Ana murió, como muchos, en las cárceles del Santo Oficio.

Y tampoco se podrán olvidar los nombres de Adán Edón, Joseph Ximénez, Juan Vicente, Juan de Frías y Francisco del Valle, los cinco que el tribunal hizo quemar vivos.

En el Palacio de la Inquisición, Moisés Álvarez Marín, director del Archivo Histórico de Cartagena, evoca ese pasado y reflexiona: "Algunos historiadores dicen que los hechos hay que verlos en su contexto, pero definitivamente hay cosas que no se justifican en ningún momento, como la esclavitud o la Inquisición. Creo que tenemos que buscar mejores explicaciones para construir una visión que destierre las prácticas que nos llevan al desastre".

Parte de esa visión contra el desastre probablemente está contenida en los documentos inquisitoriales que se extraviaron o siguen inéditos. Son las relaciones que revelan cómo la sociedad colonial asumió la Ilustración y cómo esas ideas libertarias hicieron de la Inquisición una institución obsoleta, encendieron la chispa de la Independencia y en 1818 permitieron a Rafael Barragán, santafereño acusado de proposiciones heréticas, pasar a la historia como el último reo juzgado por el tribunal del Santo Oficio de Cartagena.

CARLOS DÁGUER
Redacción EL TIEMPO

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