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Diarios de viajes /texto de Michael Jacobs

Diarios de viajes /texto de Michael Jacobs

El escritor inglés, que participa en 'Hay Festival', defiende los buenos libros de viajes porque ayudan a comprender el mundo.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de enero 2010 , 12:00 a. m.

Durante los últimos dos años he sido el único miembro del jurado del premio de literatura sobre viajes, Dolman Travel Book Award, último sobreviviente de este género literario en Gran Bretaña. He tenido que abrirme paso a través de docenas de libros mediocres y a menudo realmente espantosos, en tono principalmente jocoso, con imágenes condescendientes de "graciosos lugareños", descripciones del paisaje apropiadas para un folleto turístico y - en el caso de los trabajos más serios - grandes trozos de historia tomados directamente de Wikipedia. Puedo entender por qué las editoriales publican cada vez menos libros sobre viajes y por qué muchas personas piensan que la literatura sobre viajes, en esta época de Internet y viajes masivos, ha perdido el que muchos consideran su propósito principal - informar inteligentemente a los lectores acerca de lugares desconocidos que probablemente nunca visitarán.

A pesar de todo esto, me aferro a mi opinión de que la literatura sobre viajes puede enriquecer nuestra comprensión del mundo en una forma única. Al tener el potencial para abarcar tantas formas diferentes de escritura, de la autobiografía a la ficción, del periodismo a la historia, permite a los autores explorar ideas y disciplinas con una libertad que no sería posible dentro de un contexto más académico.

En enero del 2007 me puse en marcha para recorrer la totalidad de los Andes, desde el Caribe hacia abajo, hasta las inhóspitas islas más allá de Tierra del Fuego. Tuve suficiente tiempo para reflexionar acerca de las hazañas de los primeros viajeros que recorrieron Suramérica y valorar su importante contribución inicial al desarrollo de la literatura sobre viajes. Al enfocarme particularmente en las narraciones de aquellos pocos científicos a los cuales les fue permitido viajar en el Nuevo Mundo durante el último siglo del dominio español, me encontré con un saludable recordatorio de cómo, en su mejor expresión, los escritos sobre viajes son una mezcla única de investigación intelectual, narrativa emocionante y visión poética.

Charles Marie de la Condamine, un miembro de la expedición francesa enviada al Ecuador en 1735 para determinar la forma exacta de la tierra, fue uno de los primeros viajeros en reconocer la importancia de animar la observación científica objetiva con las anécdotas personales entretenidas. Pero, como modelo por seguir para quienes desean convertirse en escritores viajeros, pocas figuras han superado al científico alemán Alexander von Humboldt.

En contraste con La Condamine, a Humboldt le preocupaba revelar en sus escritos demasiada información personal e, incluso una vez, de hecho se disculpó con sus lectores por haberse referido al estado ulcerado de sus pies. Sin embargo, Humboldt expresaba emociones rara vez descritas antes por algún viajero, por ejemplo, la intensa soledad que se experimentaba al iniciar un viaje largo y la comprensión, en medio de la selva, de cuán indispensable es el hombre para el orden natural.

Aún más notable es el hecho de que Humboldt utilizara la narración de sus viajes para promover la obsesión de toda su vida de hacer que la educación estuviera al alcance de todos y para expresar conceptos tan innovadores como los peligros de la deforestación en el largo plazo y la importancia de un enfoque interdisciplinario de las ciencias. Y tal vez el más significativo de sus logros fue el que con seguridad es el objetivo principal de un escritor viajero: infundir en el lector un sentimiento dominante de asombro ante la naturaleza.

Uno de los innumerables europeos y norteamericanos que se animaron a visitar Suramérica por las descripciones de Humboldt fue Charles Darwin, quien se deleitó con la respuesta extática del alemán a todos los fenómenos naturales y con su habilidad para fusionar la ciencia con la poesía. Los libros sobre viajes a Suramérica aumentaron debido a Humboldt, aunque por esa época también incidieron otros factores, especialmente la cambiada situación política y las inmensas oportunidades comerciales que repentinamente se abrieron para los extranjeros. El fallecido intelectual palestino Edward Said, en un célebre estudio sobre el fenómeno del orientalismo en el siglo 19, sostuvo que la fascinación romántica que provocó el Medio Oriente y la proliferación de libros británicos y franceses sobre viajes a esa región, iban de la mano con las ambiciones colonialistas. De manera similar, el desarrollo promovido por Norteamérica para sus vecinos del sur y la explotación occidental de lo que Eduardo Galeano definió como Las venas abiertas de América Latina, aseguró que la demanda de libros sobre este continente fuera continua. Y dicha demanda persistiría hasta cuando Suramérica siguiera siendo percibida de manera optimista por los occidentales como "la tierra del futuro".

Sin embargo, al considerar algunas de las narraciones más recientes de viajes a este continente, cada vez más claramente me doy cuenta de cuán poco satisfactorias fueron en general las descripciones sobre esta tierra. De niño soñaba con la idea de emprender algún día un ambicioso viaje para cruzar Suramérica inspirado por el que hizo el suizo-argentino Aimée Tschiffely y que narra en su éxito internacional de librería La cabalgata de Tschiffely (Tschiffely's Ride), "una narración de 16.000 kilómetros cabalgando desde Buenos Aires a Washington D.C.". Al volver a leer esta obra casi 40 años después, seguía percibiéndola como una historia muy emocionante de amor por los animales, pero también llegó a parecerme falta de gracia, profundamente racista y con poca perspicacia hacia algo distinto a los caballos del autor.

Mucho más ingeniosa como narración de una travesía transcontinental, fue El cóndor y las vacas (The Condor and the Cows), una aguda y perspicaz descripción maravillosamente escrita por Christopher Isherwood en 1948, sobre un viaje desde Buenos Aires a Cartagena de Indias. Pero Isherwood, aterrorizado de antemano por Sur América, y padeciendo allí frecuentes ataques de aburrimiento y melancolía, fue pionero de una escritura sobre viajes diametralmente opuesta a la del perpetuamente extasiado Humboldt -un tono moderado y hastiado del mundo-. Su gran discípulo en cuanto a irritabilidad y cinismo fue el escritor estadounidense Paul Theroux, cuyo libro El viejo Expreso Patagónico (The Old Patagonian Express), de 1979, fue un ejemplo de cómo la buena escritura y el ruidoso ingenio pueden esconder la falta intrínseca de algo interesante qué decir sobre un lugar. En Cali, por ejemplo, Theroux encontró tan poco para distraerse, que pasó el tiempo limpiando sus dientes con seda dental; y descartó al Perú casi por completo debido a que padecía constantemente del mal de altura.

Otro triunfo del estilo sobre el contenido fue el del tan reverenciado En Patagonia (In Patagonia) de 1977, cuyo autor, Bruce Chatwin, logró convencer a la gente de que la Patagonia era un rincón del mundo completamente olvidado, en lugar de ser una de las regiones de Suramérica sobre la que más se ha escrito. Pero su estilo lacónico y su gusto por lo extraño provocaron un breve florecimiento de la escritura británica sobre viajes.

Suramérica no se benefició con esto. Cuando en la década de 1980 por primera vez me interesé en escribir sobre este continente, constantemente se me advirtió sobre un bien conocido adagio de las editoriales británicas cuyo origen nunca he podido averiguar. Escribir sobre Sur América, me decían, era una iniciativa destinada a fracasar. Los escritores de viajes después de Theroux y Chatwin, en general dan la impresión de haber tomado en cuenta esta advertencia y las pocas narraciones recientes de viajes por Suramérica que se han publicado parecen estar dirigidas principalmente a un mercado de mochileros que ven el continente casi como un campo de juegos de aventura.

La literatura seria sobre viajes, que conocemos hoy en día, está en gran parte dedicada al mundo islámico, mientras Suramérica ha sido extrañamente marginalizada, apodada incluso "el continente olvidado". Pude percibir la triste realidad de todo esto al final de mi largo viaje por los Andes en medio del invierno, en la comunidad más meridional del mundo, la población chilena de Puerto Williams. Había llegado aquí en una época de grandes cambios políticos y ambientales y había terminado reflexionando sobre la descripción que García Márquez hace de Sur América como "el laboratorio de ilusiones frustradas". Mi espíritu se había mantenido en alto por una interminable sucesión de maravillas naturales y por repetidos ejemplos de bondad humana y solidaridad, en respuesta a adversidades extremas. Las complejidades de este continente en un período tan crucial de su historia parecían ofrecer al escritor viajero un reto inmenso y muy necesario.

MICHAEL JACOBS*
Para EL TIEMPO
*Traducción: Diego Echeverri Garrido.

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