Reto de la recesión

Reto de la recesión

30 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.
  Franco regocijo se expresa por el hecho de que la inflación colombiana en el curso 2009 haya llegado a escaso 2 por ciento, nivel pocas veces visto, excepto en los años de la Gran Depresión. Sin restarles mérito a las autoridades monetarias, cabría observar que el aporte principal a este resultado corrió por cuenta de la contracción económica y específicamente de la demanda, por no decir del aumento del desempleo y del subempleo, factor al cual se le presta poca atención. Hace una década se le tenía en mira, pero considerándolo despiadadamente positivo, útil y necesario.
Durante el año que hoy concluye, el peligro no fue la inflación sino la recesión, hasta el punto de haberse temido el regreso a la catástrofe de 1929, también por causa de orgías especulativas de orden financiero. A atajarla y prevenirla se aplicaron decididamente los gobiernos de Europa y a la cabeza el de Estados Unidos, país este en el cual se prendió la chispa de la crisis hipotecaria global. Emisiones monetarias masivas y créditos a cargo del fisco debieron abundar. El Estado acudió con todo su poder económico a contrarrestar las fallas abrumadoras del mercado.
La desregulación y el dejar hacer anarquizaron y debilitaron dramáticamente las economías. La de E.U. consiguió superar el embate recesivo al costo de elevar fuertemente su déficit fiscal y de minar el valor del dólar. Según publicaciones de The Wall Street Journal, habría invertido alrededor de dos billones de dólares (millones de millones) en la operación de salvamento y rescate; 245.000 millones de dólares en 700 bancos y compañías de seguros, 350.000 millones de dólares en garantía de deudas hipotecarias y préstamos. Las grandes instituciones financieras han venido pagando las enormes sumas transferidas a su favor. Pero, aún así, el gigantesco déficit presupuestario gravita sobre la cabeza de los contribuyentes.
Hay pleno consenso de que el Estado no se podrá retirar abruptamente de las tareas que ha debido asumir, sin prevenir nuevos yerros o desmanes de los mercados. En otras palabras, sin establecer reglas para impedir que el libertinaje financiero vuelva hacer de las suyas o que grandes empresas, como General Motors, otrora símbolo de la pujanza estadounidense, arriesguen el patrimonio común y su fuente de trabajo y subsistencia por obra de la rutina esterilizante o de manejos equivocados.
La quiebra del fondo soberano de Dubái ha sido sonora campanada de alerta, aunque sus congéneres de los Emiratos Árabes hayan salido en su respaldo. En Europa, con Alemania y Francia en vía de recuperación, el temor es el de que Grecia, cuna de la civilización occidental, entre en cesación de pagos. Las naciones también pueden quebrarse. A sus socios de la Unión Europea les corresponderá salir en su ayuda, siempre que se avenga a un régimen de austeridad fiscal. Pese a estos casos de dolencia grave, se insiste en que no se prive prematuramente a las economías del oxígeno o la adrenalina de los estímulos fiscales.
A Colombia, tras el retroceso económico del presente año, se le augura crecimiento positivo de dos o tres por ciento en el 2010. Aquí ha sido más bien opaco el papel del Estado en la promoción de la economía. En contraste con Estados Unidos, no ha sido el gran impulsor y, al contrario, viene prevaleciendo la tendencia a vender su participación en empresas estratégicas nacionales. A la recesión mundial se le ha añadido el bloqueo comercial de Venezuela, por ahora inmodificable, circunstancia que afecta al conjunto de la economía colombiana. Como habría de repercutir, catastróficamente, un eventual e inconcebible conflicto armado entre las dos naciones. Por fortuna y en cuanto a los colombianos atañe, el presidente Uribe le ha cerrado el paso a una desgracia de ese género y a cualquier palabra agresiva respecto de la comunidad internacional o "frente a un país hermano". Línea de conducta clara, tajante y definitoria, ojalá con receptividad allende la frontera.
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A los amables lectores, feliz y próspero año nuevo.

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