El 'Juli' fue grande en la corrida que coincidió con el cumpleaños de Cañaveralejo

El 'Juli' fue grande en la corrida que coincidió con el cumpleaños de Cañaveralejo

La poca transmisión de los animales fue superada por su decisión y oficio.

28 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

La de ayer, en el cumpleaños 53 de la feria, fue una tarde soleada, con más de tres cuartos de entrada. Se lidió un encierro de Ernesto González Caicedo, disparejo de presencia, con gran nobleza y calidad. Desgraciadamente llegó muy corto de raza.

El caleño Diego González saludó con variedad de capa al más pesado del encierro. El picador Torres apenas le rompió la piel al toro. Diego desgranó toreo en redondo por la derecha y por la izquierda. Con temple, lentitud y geometría, ante un toro falto de codicia. Merecía trofeo, pero tres pinchazos, un aviso y una estocada desprendida emborronaron la plana. El cuarto, con defectos visuales y cojo, pasaba manso frente a los engaños. Poco valió la porfía del torero, que mató de estocada delantera desprendida.

Lo grande vino con 'El Juli', desde que se abrió de capa hasta que salió a hombros por la puerta Señor de los Cristales. Qué variedad y torería con el capote. Con la muleta, un toreo mandón y sabio. Largo, con arte, alegre y emocionante. Sembrado, se pasó sus toros junto a la piel sin el menor asomo de ansiedad.

La poca transmisión de los animales fue superada por su decisión y oficio. Al segundo de la corrida le entró al bolapie, atracándose tanto que la estocada quedó trasera. El público pedía la segunda oreja.

Con el quinto estuvo supremo, luego de un lujoso lanceo clavó las dos rodillas en la arena y se pasó los pitones por la cara en cuatro pases por alto y un forzado de pecho. En los medios dio un recital de naturales plantígrados y poderosos. Una faena completa y bella. Como un novillero hambriento se tiró a por todas, clavando en lo alto la espada y yéndose tras ella hasta chocar contra el morrillo su rostro, que salió pinto en sangre. Las dos orejas cayeron en sus manos, porque bordó el toreo.

El extremeño Miguel Ángel Perera apostó en ambos turnos por la que ha sido columna central de su tauromaquia: la quietud y el riesgo, pero sus desaciertos con la espada y la poca bravura de su lote le impidieron redondear el triunfo.

JORGE ARTURO DÍAZ
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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