Número uno por mérito propio

Número uno por mérito propio

26 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Dos goles, en este mismo 2009, definen el talento excepcional de Lionel Messi. Goles atípicos en él, si los tiene. El 27 de mayo, en la final de la Champions, le marcó al Manchester un tanto de cabeza en el cual el centro venía muy alto y parecía irse por línea de fondo; hizo un esfuerzo supremo por llegar y, como no le daba la autonomía de vuelo para conferirle potencia con el cuello y el parietal, cabeceó la pelota hacia arriba, como de emboquillada, para alejarla de las larguísimas manos de Van der Sar. Y le cambió totalmente el palo. La bola salió suave, pero muy bombeada y el excelente arquero holandés quedó a mitad de camino, sin chance.

El sábado 19, en la definición del Mundial de Clubes, igual que ante el United, le tocó marcar otra vez aprovechando un balón de aire. Venía desde muy atrás siguiendo la jugada y apareció por sorpresa para ganarles a los centrales estudiantiles. Como estaba casi pisando la raya del área chica (lo atestigua la foto), o sea muy próximo a la línea de gol, buscó asegurar la conquista y en lugar de cabecear la metió de pechito, girando el cuerpo en el aire para imprimirle la dirección adecuada. Sabía que un golpe de cabeza hubiese sido acaso más espectacular, aunque también corría el riesgo de desviarla. Y esa era la oportunidad, no iba a haber otra. Unos minutos antes, Ibrahimovic tuvo un chance semejante, quiso fusilar con la cabeza y la mandó al tablero electrónico. Messi, en el aire, evaluó y tomó la mejor decisión. Inusual, pero segura.

Fueron dos gestos técnicos fantásticos en un jugador de apenas 22 años, de baja estatura y que no es especialista en el juego aéreo; sin embargo, resolvió magistralmente. Y en ambos, cuando partió el centro estaba lejos del lugar donde finalmente conectó la pelota. Esto revela que está atento a la jugada y tiene el olfato preciso de tiempo y distancia.

¿Por qué se le dan a él estos goles decisivos? Justamente por estar concentrado, agazapado, esperando el instante en que se presente la ocasión para dar el zarpazo. Y porque, cuando la tiene, no perdona.

Aun en sus silencios y en su modestia, Messi es un gran contestatario del fútbol, un anticonvencionalismos. Es un zurdo cerrado y juega de 'wing' derecho; un petizo que hace goles de cabeza; un preparador que define; un habilidoso que juega en equipo; un mediapunta que está siempre cerca de la red; un genio que no es caprichoso; una estrella humilde. Una de las grandes maravillas del fútbol es que, como las huellas dactilares, nunca hay dos jugadores iguales. Posee ciertas semejanzas con Maradona, pero es diferente de Diego y de todos sus antecesores zurdos y hábiles.

Los 16 galardones que recibió Lionel este año y los 6 títulos que ganó confirman lo que su juego anunció en el 2004, cuando apareció en la Primera del Barsa con 17 años. Lo edificante es que no fue una ráfaga de talento mareada rápidamente por la fama y el dinero. Messi viene escalando peldaños con serenidad y profesionalidad. No ha dado un paso atrás en cinco años. Y por su monástico comportamiento hace prever que cosechará más. Ahora se ha propuesto revertir las absurdas críticas que recibe en la Argentina por su rendimiento en la Selección. Pero ahí no estamos tan seguros de que lo logre: el fútbol es un juego colectivo y Argentina, hoy, no es un equipo, son once con igual camiseta.

Vaya un revisionismo: Messi, virtualmente solo, sacó campeón mundial juvenil a Argentina. Por supuesto, siendo el goleador y la figura del torneo. También fue campeón olímpico descollando; hizo una bellísima Copa América en Venezuela, con varios goles, uno antológico frente a México. Y en la reciente Eliminatoria tuvo partidos espléndidos, además de ser el artillero del equipo. Muchos argentinos pretenden que Messi tape, solo, las frustraciones de la selección. Es Messi, no Supermán.

Una nueva corriente intenta adjudicar todos los méritos de Lionel a Xavi e Iniesta, colosales compañeros que lo ayudan muchísimo, como Dani Alves y el mismo juego del Barcelona. Pero resulta supino decir: "Messi juega bien por Xavi e Iniesta". Iniesta y Xavi son trascendentes hasta que el balón llega a los pies de Leo. De ahí en adelante el mérito es de la naturaleza, que lo dotó.

Dos meses atrás se difundió un video (convertido hoy en pieza de colección) de un torneo organizado por la Academia Cantolao, de Perú, que Messi disputó a los 8 años. ¡El asombro que despierta ver a un niño superdotado! Era una auténtica pulguita metido entre físicos mayores haciendo proezas con la pelota, eludiendo rivales, haciendo goles, durmiendo el esférico con el empeine zurdo, todo con una velocidad, una viveza y una naturalidad fascinantes. Ya se advertía el número uno. Y no estaban Iniesta y Xavi, por si acaso.

Lionel ha llegado a Número Uno por sí mismo y esto nos recuerda una anécdota deliciosa de Roberto Recalt, presidente de Nacional de Montevideo en 1990. Cayó en sus manos una revista, 'Sólo Fútbol', de Buenos Aires, y advirtió que un tal Julio César Dely Valdés llevaba anotados 36 goles en Deportivo Paraguayo, clubcito de la Primera D del fútbol argentino. Lo comentó con otros dirigentes: "¿Por qué no lo traemos...?". Alguien le respondió: "Hizo 36 goles, pero en Primera D...". Recalt respondió con una lógica devastadora: "Y si fuera tan fácil, ¿por qué no los hicieron los otros...?".

A Recalt se lo acusó de comprar un jugador "por catálogo". Pero el panameño tuvo un paso sensacional por Nacional, que lo adquirió en 10.000 dólares y lo vendió en cien veces más. Luego triunfó en Europa.

Messi podría parafrasear a Recalt: "Si lo mío es tan fácil, ¿por qué no lo hacen los otros...?".

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