El año del 'barrigazo'

El año del 'barrigazo'

26 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

El anuncio hecho por el Dane a comienzos de esta semana, según el cual la economía colombiana había tenido una caída de 0,2 por ciento en el tercer trimestre del año, frente a lo registrado en el mismo periodo del 2008, resume la que ha sido una época particularmente compleja para el país en este frente. Y es que los analistas coinciden en que el aumento del Producto Interno Bruto debería ser cercano a cero entre enero y diciembre, la peor cifra de la década. Dicho guarismo no solo implica una caída del ingreso por habitante, sino que es a todas luces insuficiente para avanzar en la lucha contra la pobreza, como lo comprueba el desempleo al alza. En octubre, el número de desocupados ya ascendía a 2,5 millones de personas.

Lo sucedido generará, sin duda, encendidos debates en los meses por venir. Sin embargo, cualquier evaluación que se haga debe tener en cuenta que el estancamiento de Colombia no es único en el mundo. Aunque sirva como consuelo de tontos, es indudable que la recesión -e incluso la contracción- es hoy un mal de muchos países. Según el Fondo Monetario Internacional, la economía del planeta tendrá en el 2009 una caída real superior al 1 por ciento, la primera desde el final de la Segunda Guerra, hace más de seis décadas. En todos los continentes, la constante han sido los saldos en rojo, con contadas excepciones, como China e India.

Dicho resultado es consecuencia directa de un primer semestre muy malo, caracterizado por descensos profundos en la actividad productiva, que fue seguido por un ligero repunte. Si bien este permitió el regreso del crecimiento, la economía global sigue en cuidados intensivos y le faltan meses, si no años, para que pueda ser dada de alta. La razón principal es que el alza de la tasa de desempleo ha golpeado la demanda y será necesario un buen tiempo antes de que la desocupación deje de ser el principal dolor de cabeza de la mayoría de los gobernantes.

Tal situación, sin embargo, no demerita un éxito notable. Hace doce meses, para ser precisos, el planeta se enfrentaba a una depresión profunda, que tenía a las administraciones públicas en máxima alerta. En ese entonces, el colapso del sector financiero internacional era factible, mientras que los precios de las materias primas y el comercio caían en picada. La respuesta de los gobiernos de las economías más grandes fue contundente e incluyó el giro de sumas millonarias tanto para apuntalar a los principales bancos, como para apoyar a sectores específicos mediante estímulos a la producción y el consumo. Esa política audaz, que implicó echar por la borda la ortodoxia en materia de manejo fiscal, elevó los déficits públicos, pero permitió superar la emergencia más inmediata. El castillo no se derrumbó, así haya quedado maltrecho.

En medio de la tormenta, Colombia no pudo salir indemne. Es cierto que la tasa de crecimiento de la economía nacional venía aminorándose después de haber tenido un auge notable desde mediados de la década, pero lo que se preveía como un aterrizaje suave acabó siendo un fuerte 'barrigazo'. El último trimestre del 2008 fue el peor de todos, caracterizado por una descolgada en la industria, la construcción y las exportaciones, y los que siguieron resultaron relativamente similares. No obstante, el ritmo de descenso ha venido disminuyendo con el pasar de los meses, a pesar del cierre de las compras de Venezuela de bienes colombianos. Pero más allá del injusto y deplorable bloqueo comercial del que tradicionalmente ha sido el segundo socio del país, las proyecciones para el próximo año hablan de un incremento del PIB igual o superior a 2,5 por ciento.

La relativa parálisis de la economía en el periodo que termina no pudo ser enfrentada por el Gobierno con un plan anticíclico como el que adoptaron otras naciones que habían guardado para las vacas flacas. Con excepción de un exitoso programa de subsidios para los compradores de vivienda, lo que se hizo fue acelerar la ejecución del gasto público, que incluyó a las municipalidades que se habían demorado en poner en marcha sus actividades. Eso permitió el repunte del sector de obras civiles que, junto con la actividad minera y el sistema financiero, evitó que el resultado fuera peor.

Al hacer un balance de lo ocurrido, es imposible pasar por alto lo que sucedió con la inflación, que debería cerrar el año en cercanías del 2 por ciento. Esa cifra no solo sería inferior al mínimo histórico observado en 1955, sino que permite abrigar la esperanza de mantener la carestía a raya en el futuro, en la medida en que los colombianos incorporen en sus expectativas reajustes menores de los que usualmente llegan en enero. Dicho logro ha permitido, además, que el Banco de la República recorte su tasa de interés en 6,5 puntos porcentuales, un alivio que ya han sentido los usuarios del crédito.

Ese elemento, el del menor costo del dinero, es una de las causas de que las más recientes encuestas entre consumidores muestren un comportaiento alentador. Solo falta esperar que el mayor optimismo se traduzca en que el aparato productivo recupere la dinámica perdida y que la incertidumbre -sobre todo en materia política- aminore su peso para que así el año que viene sea realmente feliz para todos los colombianos.

editorial@eltiempo.com.co

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