Así era Feliza/ 2009 visto por siete escritores

Así era Feliza/ 2009 visto por siete escritores

La exposición de la escultora es la de una mujer que le abrió la puerta a la libertad de expresión formal y estilística nunca antes vista en el país.

25 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Bastaron cuarenta esculturas para que Feliza Bursztyn volviera a vivir. Desde el año de su muerte, allá en un triste y lejano año de 1982 poco o nada se había vuelto a saber de su obra, salvo una exposición en la Alzate Avendaño en compañía de otro grande, Bernardo Salcedo. Pero a Feliza le hacía falta aire, espacio, para volver a ser lo que fue: una artista que le dio un drástico giro de timón a la escultura colombiana y una mujer moderna, liberada, inteligente, que le enseñó a su generación cómo se debería vivir cuando se tienen 30 años.

Y verla ahora en el Museo Nacional, en ese video que la recupera donde aparece subiendo las escaleras de su desquiciada casa-taller, es como si nada de lo terrible que le pasó hubiera pasado, como si estuviera de nuevo recibiendo a las visitas en esa sala rectangular y nos invitara a sentarnos en esa silla suspendida del techo que a cada giro muestra algo distinto de su casa, de su vida, de su ausencia.

Bastaron, entonces, 40 esculturas para que el nombre de Feliza se volviera a oír por estos predios, donde por consideración con los presentes ya nadie se atreve a bautizar a sus hijos con ese nombre, para que el desorden de la ese y la zeta y la i griega de su apellido, tan parecido al magma maravilloso de sus esculturas, se volviera a pronunciar. Porque si esta exposición llena un vacío en las personas que la conocieron, también lo hace en los jóvenes que se acercan un tanto intrigados a ver la insolencia de estas formas volátiles y quienes quedan absolutamente rendidos a los pies de esta bogotana nacida en 1933, que medía cerca de un metro con ochenta, incluidos los tacones y las plataformas propias de la época, que empleaba sus piernas para lo que era: mostrarlas sin recato, a las que enfundaba con unas medias rayadas como si una cebra se hubiera comido por error el arco iris.

Que una exposición sea una de las noticias de este año es algo que con seguridad extrañará a muchos, pero al saber que se trata de una exposición de una de las mujeres que le abrió las puertas a una libertad de expresión formal y estilística nunca antes vista en el país, que se inventó un lenguaje con algo tan intratable como son los más inverosímiles materiales de desperdicio mecánico, se entenderá el porqué de la necesidad absoluta de esta reivindicación. "Mientras los hombres se van de putas yo me voy de talleres", decía con su desparpajo habitual. Imagínensela decir esa frase viendo el video que se encuentra a la izquierda antes de entrar a la sala donde están las esculturas. Y precisamente es en esa sala, a la que le han dado un aspecto de taller, donde también se sienten planear los vestidos de flores de Feliza, donde se revive el furioso sonido del soplete y las chispas volando por el aire y cayendo rojas para al instante volverse negras.

Lo suyo fue una vocación y una educación. Vocación que empezó de la mano de Alejandro Obregón cuando él dirigía la Escuela de Bellas Artes: "Hacía el bachillerato en un colegio de monjas y en las tardes no asistía a clases y me volaba para la escuela". Y educación, ya que estudió en el Art Students League de Nueva York, en la época del nacimiento y coronación del expresionismo abstracto -De Kooning, Rauschemberg, Pollock. ¿Se imaginan cómo sería Feliza en Nueva York, con esa cara que nos hace en el video fumando y riendo, viendo alucinada las esculturas de Louise Nevelson, hija también como ella de judíos, y quien estudiara en la misma escuela de Feliza de 1928 a 1930 y que compartía también su fascinación por las arquitecturas abstractas, y quien dijera: "He construido una realidad para mí misma". Cuesta trabajo pensar que la Nevelson, nacida en Kiev en 1899, muriera seis años después que nuestra escultora. Pero ella dio otro paso más y continuó sus estudios en París con Zadkine, cuando vivía con el poeta Gaitán Durán, otro muerto prematuro. Él le dedicaría su serie Amantes, donde se encuentran estos versos: "Quiero que seas ante la muerte/ el único poema que se escriba en la tierra".

Viendo Las camas que vuelven a trepidar asmáticamente, o sus famosas Chatarras, el arte nacional dio un salto en diagonal para situarse en el tiempo presente de la escultura contemporánea. Y todo gracias a esta hija de una pareja de judíos polacos que llegaran por una invitación inverosímil a Barranquilla. Precisamente fue un barranquillero, Álvaro Cepeda Samudio, dejó consignada su admiración en Los cuentos de Juana: "Lo único que Feliza no convierte en flores son las llantas de los automóviles. Estas las bota, las descarta en un afán de hacer más sólidas, menos propensas al movimiento y al traslado sus girasoles de acero. Por eso Juana piensa que Feliza no es escultora sino jardinera".

Así como son reconocibles sus esculturas, cáusticas y caóticas a la vez, y así como utilizaba partes de motores, guardafangos, puertas de carros declarados en siniestro total, no resulta del nada extraño que comprara los 27 motores de tocadiscos para hacer mover las estructuras de sus Histéricas. Y de esa forma tan natural, también podía adquirir ante el asombro de sus propietarios esos hemiciclos de acero de las máquinas de escribir que le servirían como base para crear sus Miniesculturas, piezas que Marta Traba consideraba como lo mejor de su producción.

En esa floresta invasora de su taller, abierto a un patio donde, al decir de Hernando Valencia Goelkel se podía producir "el posible desastre de mezclar la curuba al vaso de ron", se sitúa uno de los puntos cruciales de la cultura colombiana. Dado su carácter ciertamente duchampiano de encontrar cosas para implantarlas en otro sitio, su lugar de trabajo tenía a la entrada la siguiente advertencia: Esta empresa prohíbe dentro de sus paredes ingerir bebidas alcohólicas, portar arma blanca y usar aquel vocabulario soez y muy usual dentro del gremio de los artesanos. Atte.,la Empresa. Así era Feliza.

Y para tenerla más viva que nunca, en el catálogo se pueden leer varias de sus opiniones, como esta que le dio a Beatriz de Viecco en EL TIEMPO en 1972:

P- ¿En qué está trabajando en este momento?

R- En tratar de responderle a usted.

P- Creo que no me está tomando en serio y esto no me parece digno de una artista tan importante.

R- Creo que usted me está tomando demasiado en serio y eso no es digno de un crítico "tan importante".

Si Feliza fue la primera en Colombia en acompañar con música sus esculturas, la primera en emplear materiales de desecho, la primera en el país en hacer una exposición de arte cinético, es algo que sin duda alguna se debe destacar. Pero ser el primero no significa mayor cosa, aparte de ser un dato estadístico, pues el arte no se puede comparar con una carrera de caballos. Feliza sería la última en querer ser la primera. Lo que en realidad importa es que casi 30 años después de su desaparición su obra sigue despertando admiración y polémica. Por lo tanto, aquí se comprueba que pasó la prueba más exigente: el paso del tiempo.

Para una mujer tan vital, morir a los 49 años es un doloroso error de cálculo. Si su último trabajo fue la serie Color, qué otras cosas hubiera podido hacer hasta que se hubiera muerto de verdad. En vez de hacer suposiciones que no conducen sino a la calle cerrada de la melancolía, pensemos más bien que hasta el 28 de febrero del 2010 estará abierta esta exposición que ha merecido ser una de las grandes noticias del 2009. A propósito, el próximo 8 de enero Feliza cumplirá de nuevo años.

RAMÓN COTE BARAIBAR
Para EL TIEMPO

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